Operar el cerebro con el paciente despierto: cómo se protege el lenguaje durante la intervención
En algunos tumores cerebrales, el paciente colabora durante una parte de la operación para que el equipo localice las áreas del lenguaje. El neurocirujano Gerardo Conesa, Director del Instituto de Neurociencias Qurónsalud Teknon del Centro Médico Teknon, explica cómo funciona esta técnica.
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La idea de una operación cerebral con el paciente despierto puede resultar difícil de imaginar. Sin embargo, no significa que la persona permanezca consciente durante toda la intervención ni que se opere sin anestesia. En algunos casos, se la despierta durante una fase concreta para que realice tareas mientras el equipo identifica las funciones que conviene preservar.
El objetivo es especialmente relevante cuando una lesión, como un tumor, está cerca de las áreas relacionadas con el lenguaje. La cirugía con paciente despierto, explica el doctor Gerardo Conesa, permite conocer cómo está organizada esa función en cada persona y adaptar la intervención a ese mapa. En el equipo del Centro Médico Teknon llaman coloquialmente a este procedimiento mapping.

Un mapa cerebral hecho a medida
Cada cerebro distribuye de forma distinta las áreas esenciales para el lenguaje. Además, una lesión puede comprimir o invadir el tejido y alterar su funcionamiento. Por eso, las imágenes previas orientan la planificación, pero durante la operación el equipo comprueba cómo responde el cerebro de ese paciente.
El neurocirujano estimula eléctricamente distintas zonas mientras el paciente realiza tareas. Si alguna interfiere con el habla, esa respuesta ayuda a identificar las áreas que conviene preservar. La evaluación también puede alcanzar las conexiones situadas bajo la superficie del córtex, mediante la estimulación subcortical.
El neuropsicólogo elige los ejercicios según cada caso: nombrar objetos, generar verbos, repetir frases, leer o describir una imagen. No todas las funciones se monitorizan con el paciente despierto: según el doctor Conesa, la memoria y las funciones sensitivas y motoras pueden evaluarse con el paciente dormido mediante otras técnicas.
Despierto solo cuando hace falta
La operación se organiza en fases. La técnica más empleada, explica el Dr. Conesa, consiste en dormir al paciente al principio, mientras se prepara el abordaje quirúrgico. Se utiliza anestesia local para mantener dormida la zona de la intervención. Cuando llega el momento de realizar el mapa funcional y monitorizar el lenguaje, el equipo lo despierta para que pueda colaborar.
Una vez que esa colaboración deja de ser necesaria, vuelve a dormirlo. La anestesia local también ayuda a que se utilicen las dosis de anestesia necesarias para cada fase. El neuroanestesista coordina estos cambios y vela por la seguridad del paciente durante todo el proceso.
La colaboración no consiste en responder preguntas al azar: el paciente sigue las instrucciones que le va dando el equipo y realiza las tareas preparadas para su caso. En algunas intervenciones pueden emplearse actividades muy personales, como tocar un instrumento.
De ahí las imágenes conocidas de pacientes que continúan tocando la guitarra o el saxofón mientras los especialistas monitorizan su cerebro

La importancia del trabajo en equipo
La planificación empieza antes de entrar en quirófano. El neurocirujano selecciona el caso y valora la relación entre la lesión y las funciones que se quieren preservar. La neuropsicología evalúa las capacidades cognitivas y elige las tareas; la neurorradiología estudia las conexiones cerebrales mediante técnicas como la tractografía y, en ocasiones, resonancias funcionales.
Durante la operación, el neuropsicólogo guía las pruebas y la monitorización, mientras el neurofisiólogo o el neurólogo supervisa la actividad cerebral y otras funciones. El neurocirujano lleva a cabo la resección y el neuroanestesista se ocupa de las transiciones entre el sueño y la vigilia.
La finalidad es ajustar el alcance de la cirugía a la información que se obtiene en tiempo real. El Dr. Conesa compara el procedimiento con “hacer un traje a medida”: observar que el paciente mantiene una función mientras se extirpa la lesión ayuda al equipo a decidir hasta dónde avanzar con seguridad.
De la epilepsia a la neurocirugía actual
La estimulación cerebral para localizar funciones se utilizaba ya en los años treinta, sobre todo en operaciones de epilepsia. Décadas después, la mejora de la anestesia y de las técnicas de registro y estimulación permitió recuperar y ampliar el procedimiento. En España, el doctor Conesa realizó una de las primeras cirugías de este tipo en 1989, en el hospital de Bellvitge; hoy afirma haber participado en más de 700.
La técnica puede considerarse en determinadas lesiones próximas a funciones que requieren la colaboración del paciente, como el lenguaje, la orientación visoespacial, el cálculo o la música. No se aplica a todos los tumores ni sustituye a otras formas de monitorización: la decisión depende de la localización de la lesión y de las funciones que podrían verse afectadas.
En los casos adecuados, mantener despierto al paciente durante una parte de la operación aporta una información individualizada que las imágenes, por sí solas, no ofrecen: cómo responde su cerebro mientras el equipo trabaja.
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