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Sunday, September 13, 2026

Los pilotos de Fórmula 1 corren con el calor de Madrid: esto es lo que le ocurre a su cuerpo dentro del coche

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Publicado por César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

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Madrid recibe este fin de semana a la Fórmula 1 con temperaturas altas. Para quien contempla la carrera desde fuera, el piloto parece pasar buena parte de la tarde sentado. Sin embargo, basta imaginar el mono ignífugo, el casco, el habitáculo estrecho y una máquina sometida a aceleraciones brutales para que surja una pregunta bastante más humana que mecánica: ¿cómo consigue su cuerpo seguir funcionando con precisión en semejante escenario?

El desafío tampoco consiste únicamente en aguantar una sensación desagradable. Durante cerca de dos horas, quien conduce debe frenar, girar, estabilizar la cabeza y el tronco frente a las fuerzas G, reaccionar en fracciones de segundo y sostener una concentración extraordinaria. Al mismo tiempo, su organismo genera calor metabólico y trata de desprenderse del excedente mientras permanece envuelto en varias capas protectoras.

Una revisión publicada este año en British Journal of Sports Medicine reunió los datos disponibles sobre las exigencias fisiológicas de los pilotos de automovilismo y añadió la experiencia de preparadores de Fórmula 1. Otros experimentos recientes han puesto a prueba métodos para refrigerarlos. Juntos permiten entrar, al menos parcialmente, bajo el mono y observar una competición invisible.

Antes de hablar de Fórmula 1 hay que entender cómo se refrigera una persona

Nuestro interior funciona bien dentro de un margen térmico relativamente estrecho. Aunque solemos hablar de 37 grados centígrados como si fuese una cifra fija, la temperatura central fluctúa según la hora, la actividad y otras circunstancias. La dificultad aparece cuando generamos o recibimos energía térmica más deprisa de lo que podemos liberarla.

El organismo dilata vasos sanguíneos próximos a la piel para transportar hasta la superficie parte de ese excedente de calor y activa las glándulas sudoríparas, cuya agua secretada puede evaporarse y llevarse consigo calor también.

El organismo dispone de su propio sistema de refrigeración. Cuando necesita evacuar calor, dilata vasos sanguíneos próximos a la piel para transportar hasta la superficie parte de ese excedente. También activa las glándulas sudoríparas. El agua secretada puede evaporarse y, al hacerlo, llevarse consigo calor. Es una solución biológica formidable, pero depende del entorno.

Sudar, de hecho, no equivale automáticamente a enfriarse. Si las gotas resbalan sin evaporarse, esa pérdida de líquido apenas cumple su misión refrigerante. Una humedad elevada dificulta la evaporación porque el aire ya contiene mucho vapor de agua. La ropa añade otra barrera y una ventilación escasa complica todavía más el intercambio.

Podemos imaginar el cuerpo como un motor equipado con un radiador peculiar: en vez de metal, ventilador y refrigerante industrial, utiliza circulación sanguínea, piel y sudor.

Si las gotas resbalan sin evaporarse, esa pérdida de líquido apenas cumple su misión refrigerante; una humedad elevada dificulta la evaporación, la ropa añade otra barrera y una ventilación escasa la complica todavía más.

Dentro de un monoplaza, ese mecanismo trabaja mientras el piloto lleva ropa interior y mono resistentes al fuego, guantes, calzado y casco. Entenderlo cambia la pregunta. Ya no importa solamente cuánto marca el termómetro exterior, sino cuánto calor puede eliminar realmente esa persona.

Dentro de un Fórmula 1, el cuerpo tiene dos trabajos a la vez

Pilotar tampoco se parece a conducir tranquilamente por una autopista.

Las aceleraciones longitudinales y laterales obligan a la musculatura a sostener el cuerpo; el cuello, en particular, debe estabilizar una cabeza cuyo peso aparente aumenta bajo fuerzas G, una medida de cuántas veces la aceleración supera la que produce normalmente la gravedad terrestre.

Las aceleraciones longitudinales y laterales obligan a la musculatura a sostener el cuerpo; el cuello, en particular, debe estabilizar una cabeza cuyo peso aparente aumenta bajo fuerzas G.

La revisión de Christopher Tyler y sus colaboradores identifica precisamente una fuerza cervical elevada como una de las adaptaciones más características de estos deportistas. El trabajo recopiló 6 artículos sobre características neuromusculares y de fuerza, y 19 acerca de respuestas metabólicas, cardiovasculares y termorreguladoras.

La cantidad parece considerable, pero los autores lanzan una advertencia importante: el respaldo científico sigue siendo escaso, heterogéneo y, en numerosos aspectos, inferior al conocimiento práctico acumulado dentro de las escuderías. De ahí que convenga desconfiar de algunas cifras espectaculares repetidas sobre la F1 como si sirvieran para cualquier carrera y cualquier corredor.

Lo que sí conocemos permite entender el conflicto. Los músculos activos necesitan oxígeno y nutrientes; simultáneamente, la piel reclama mayor circulación para disipar calor. Es como una red de abastecimiento a la que dos barrios empiezan a exigir más caudal a la vez. El corazón debe atender ambas demandas mientras el deportista continúa tomando decisiones a enorme velocidad.

El calor ambiental no crea por sí solo todo ese esfuerzo: se añade a una exigencia física, cardiovascular y mental que ya estaba presente.

Cuando sube la temperatura comienza una batalla por mantener el equilibrio

Un experimento reciente permite aislar mejor esa tensión. Los participantes realizaron una hora de ejercicio en un ambiente de 32 grados y 80 por ciento de humedad vestidos con equipamiento de competición. No era un Gran Premio real y, por tanto, sus resultados no pueden trasladarse directamente a los pilotos que corren en Madrid. Esa diferencia resulta útil: permite observar qué cambia cuando se controlan las condiciones.

Sin refrigeración, la temperatura de la piel llegó aproximadamente a 39,7 grados y la central alcanzó unos 38,3. El dato importante no es que exista un número mágico a partir del cual el organismo deje de funcionar, sino la dirección del proceso.

Recreación artística de un piloto de Fórmula 1 afectado por el calor tras competir. ChatGPT, César Noragueda.

A medida que aumenta la carga térmica, los vasos cutáneos se ensanchan y la sudoración crece para favorecer, como decimos, la pérdida de calor. Ese mecanismo tiene un coste: enviar más sangre hacia la superficie mientras otros tejidos también la necesitan obliga al sistema cardiovascular a reajustarse continuamente.

Si además se pierde agua mediante el sudor, disminuye progresivamente el volumen de líquido disponible en la circulación. Para sostener el gasto cardíaco —la cantidad de sangre bombeada por minuto— el corazón puede necesitar latir más deprisa.

El cerebro tampoco está fuera de esa ecuación. La hipertermia, es decir, una elevación excesiva de la temperatura corporal, y la deshidratación pueden aumentar la percepción del esfuerzo y, cuando son importantes, perjudicar funciones cognitivas y motoras. Eso adquiere otra dimensión en un deporte donde una corrección minúscula del volante o una decisión tardía pueden costar una posición.

Una elevación excesiva de la temperatura corporal y la deshidratación pueden aumentar la percepción del esfuerzo y perjudicar funciones cognitivas y motoras, cuando una corrección minúscula del volante o una decisión tardía pueden costar una posición.

Pero sería incorrecto convertir esa posibilidad en “el calor hace que los pilotos cometan errores”. La literatura disponible es demasiado limitada para establecer una relación tan sencilla. Lo científicamente interesante es otra cosa: el mismo organismo que debe conservar una precisión extrema dedica recursos de forma simultánea a impedir que su medio interno se caliente demasiado.

El sudor es la solución, pero también crea otro problema

Ya hemos comentado que cada pequeña cantidad de sudor que consigue evaporarse funciona como refrigerante. Sin embargo, el agua utilizada para ese propósito procede del propio organismo. Cuanto mayor sea la pérdida y menos pueda reponerse, más difícil se vuelve preservar el volumen sanguíneo y el equilibrio de sales minerales.

La paradoja resulta fácil de visualizar: el cuerpo gasta parte de su reserva de agua para no sobrecalentarse y después tiene que afrontar las consecuencias de haber consumido ese recurso. La preparación, por tanto, empieza antes de que se apaguen los semáforos.

Los preparadores entrevistados por Tyler y sus colegas describen estrategias como la aclimatación, que expone de forma planificada al deportista a ambientes calurosos para favorecer adaptaciones, el preenfriamiento antes de competir y la refrigeración durante el esfuerzo.

Aun así, la propia revisión subraya que muchas prácticas de la Fórmula 1 se apoyan todavía más en experiencia y observaciones acumuladas que en estudios sólidos.

Conviene mantener esa cautela. No existe una cantidad universal de líquido que pierda todo piloto en cualquier Gran Premio. Circuito, duración, meteorología, equipamiento y características individuales modifican el resultado. La fisiología no ofrece una cifra espectacular válida para todos; explica por qué surge esta dificultad.

Los preparadores describen estrategias como la aclimatación, que expone de forma planificada al deportista a ambientes calurosos para favorecer adaptaciones, el preenfriamiento antes de competir y la refrigeración durante el esfuerzo.

La Fórmula 1 ha terminado refrigerando también al piloto

La preocupación dejó de ser solo una cuestión de preparación personal. Tras las condiciones especialmente duras del Gran Premio de Catar de 2023, Federación Internacional del Automóvil (FIA) desarrolló medidas específicas frente a episodios térmicos extremos. El reglamento de 2026 contempla formalmente la declaración de Heat Hazard o peligro por calor.

Puede activarse si el servicio meteorológico oficial prevé que el índice de calor supere 31 grados durante una carrera o sprint o por decisión del director de carrera. Ese indicador combina temperatura y humedad para aproximar cómo ambas variables determinan conjuntamente el estrés térmico. Cuando se declara la situación, los coches deben llevar los componentes reglamentarios del Driver Cooling System o sistema de refrigeración del piloto.

Recreación artística de un piloto de Fórmula 1 con un sistema de refrigeración corporal. ChatGPT, César Noragueda.

La normativa técnica va más lejos. Si el dispositivo trabaja continuamente, debe ser capaz de extraer al menos 200 vatios de calor del piloto con una temperatura ambiente de 40 grados. También admite soluciones basadas en energía térmica almacenada, con requisitos específicos. Los medios permitidos incluyen aire, agua y determinadas disoluciones.

La idea recuerda al radiador biológico del comienzo. Sangre, piel y sudor constituyen la primera defensa, y la ingeniería puede añadir una segunda capa cuando el ambiente se vuelve especialmente exigente. Los ensayos de refrigeración indican que intervenir sobre ese intercambio puede aliviar la carga térmica.

No es simplemente “poner el aire acondicionado”. Hay que integrar componentes en un monoplaza donde masa, espacio, seguridad y fiabilidad importan. La existencia de estas reglas revela hasta qué punto el ser humano forma parte del desafío de diseño.

Si el dispositivo trabaja continuamente, debe ser capaz de extraer al menos 200 vatios de calor del piloto con una temperatura ambiente de 40 grados, y se admiten soluciones basadas en energía térmica almacenada con aire, agua y determinadas disoluciones.

El calor no importa solamente porque resulte incómodo

Sentirse acalorado es la parte consciente de un proceso mucho mayor. Por debajo, ocurren redistribuciones del flujo sanguíneo, secreción de sudor, cambios cardiovasculares y ajustes destinados a estabilizar el medio interno. Todo eso coincide con una tarea que exige atención sostenida y coordinación muy fina.

La ciencia del ejercicio ha documentado que una carga térmica elevada puede empeorar el rendimiento físico y, en determinadas circunstancias, algunas capacidades cognitivas. En automovilismo, sin embargo, faltan datos suficientes para calcular cuánto cambia una decisión, una frenada o un tiempo por vuelta debido exclusivamente a ese factor.

Esa ausencia también resulta reveladora. La revisión de 2026 insiste en la distancia entre lo que las escuderías conocen por experiencia y lo que ha podido comprobarse mediante investigación publicada. La Fórmula 1 produce cantidades gigantescas de datos sobre sus máquinas, pero todavía sabemos sorprendentemente poco sobre ciertos límites del organismo que las conduce.

La Fórmula 1 produce cantidades gigantescas de datos sobre sus máquinas, pero todavía sabemos sorprendentemente poco sobre ciertos límites del organismo que las conduce.

La pregunta correcta, entonces, no es si una tarde calurosa hará necesariamente más lento a alguien. Es cómo sostener una precisión extraordinaria cuando una parte creciente de la fisiología está ocupada en conservar el equilibrio interno.

Lo que ocurre dentro del coche explica algo mucho mayor

Volvamos al piloto que parecía estar sentado. Ahora la escena es distinta. Sus músculos resisten aceleraciones, el corazón sostiene demandas simultáneas, los vasos próximos a la superficie se dilatan y las glándulas sudoríparas intentan evacuar calor. Mientras tanto, el cerebro debe interpretar información y escoger respuestas a velocidades que apenas toleran equivocaciones.

La Fórmula 1 se convierte así en un laboratorio extremo de interacción entre biología e ingeniería. Podemos fabricar coches más rápidos, modificar aerodinámica, recuperar energía o diseñar materiales capaces de soportar condiciones extraordinarias. Sin embargo, en el centro continúa una persona cuya maquinaria fisiológica responde a principios muchísimo más antiguos.

Eso explica por qué una competición obsesionada con décimas, gramos y eficiencia ha terminado regulando también cómo enfriar a quien conduce. El conjunto no acaba en los neumáticos ni en el motor: incluye un organismo que necesita preservar un entorno interno compatible con el rendimiento y la seguridad.

El calor de Madrid permite verlo con especial claridad. La velocidad máxima puede depender de una obra de ingeniería formidable, pero una parte de los límites del conjunto sigue marcada por sangre, agua, piel y sudor. Mucho antes de que existiera la Fórmula 1, la evolución ya había diseñado el mecanismo de refrigeración que hoy debe mantener funcionando a quien pilota uno de los coches más rápidos del mundo.

Referencias

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