Los grandes incendios prehistóricos pudieron dar a los neolíticos una idea revolucionaria: fabricar cerámica
Un estudio publicado en "Geomorphology" sugiere que los primeros alfareros del valle del Jordán aprendieron a fabricar cerámica observando cómo grandes incendios cocían de forma natural la arcilla local.
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Para inventar la cerámica, es probable que los humanos tuvieran que haber presenciado algo asombroso: comprobar cómo el fuego logra transformar el barro en una material dura y resistente. Durante décadas, una parte de la arqueología explicó ese salto apelando a necesidades sociales y económicas, como el deseo de prestigio o el imperativo de almacenar alimentos. También se habló de una lenta experimentación con hogueras y cestos recubiertos de arcilla. Ahora, un estudio publicado en la revista Geomorphology propone una explicación distinta. Su autor, el geógrafo Amos Frumkin, sugiere que los primeros alfareros quizá aprendieran a cocer arcilla observando incendios naturales colosales.
La propuesta, que se conoce como la hipótesis del horno natural, conecta dos fenómenos: los grandes incendios del pasado y el nacimiento de la cerámica. Esta última se atestigua en el valle del Jordán hace unos 8.000 años. Frumkin reconstruye, a partir de los sedimentos de cuevas y lagos, cómo el fuego arrasó dos veces las laderas del actual Israel en momentos de clima extremo. ¿Fue casualidad que la cerámica naciera justo cuando el paisaje ardía y se erosionaba a gran escala?
Un estudio de 2026 sugiere que los primeros alfareros quizá aprendieran a cocer arcilla observando incendios naturales colosales.

¿Qué es la "hipótesis del horno natural"?
Para entender la propuesta de Frumkin, conviene aclarar antes un concepto: la terra rossa o tierra roja. Se trata del suelo rojizo característico de las colinas mediterráneas de Israel. Se compone de arcilla, óxidos de hierro y polvo sahariano, acumulados durante milenios. Cuando un incendio intenso arrasa la vegetación que lo protege, el suelo queda desnudo; en consecuencia, las tormentas posteriores lo arrastran ladera abajo con enorme facilidad.
Frumkin rastrea ese proceso mediante el microcarbón: diminutas partículas de ceniza atrapadas en sedimentos de lagos y cuevas. Su abundancia permite fechar con notable precisión los grandes incendios del pasado. El estudio combina estos datos con el análisis de isótopos de carbono y estroncio de estalagmitas de las cuevas de Soreq y Har Nof, cerca de Jerusalén. Esos registros muestran, respectivamente, la pérdida de vegetación y de suelo en superficie.
La hipótesis sostiene que un fuego incendarioa con una temperatura entre 500 y 700 grados puede endurecer la arcilla de forma irreversible. Es el mismo principio que opera dentro de un horno de alfarero. Si ese barro cocido de manera natural quedaba expuesto en los valles habitados, alguien pudo reparar en el fenómeno. Y decidir, más tarde, reproducirlo a voluntad.
A. Frumkin propone que un incendio de hace 9.500 años en el valle del Jordán pudo enseñar a los humanos a fabricar cerámica.
El valle del Jordán, el escenario perfecto
Hace unos 9.500 años, el valle del Jordán vivió un episodio de incendios especialmente intenso. Según el estudio, la concentración de microcarbón se triplicó de golpe en esa época. Coincidió, además, con una fuerte pérdida de vegetación, registrada en las estalagmitas cercanas. El fuego arrasó las colinas circundantes y las lluvias posteriores empujaron enormes volúmenes de arcilla roja hacia el fondo del valle. Así nacieron las formaciones de Fazael y Ze'elim.
Sobre esos depósitos se asentaron algunos de los poblados neolíticos más relevantes del Próximo Oriente, entre ellos, Jericó, Guilgal y Netiv Hagdud. Más tarde llegó Sha'ar Hagolan, donde apareció una cerámica antigua y muy elaborada, la de la cultura yarmukiense. Un análisis petrográfico anterior, citado en el propio estudio, ya había señalado algo revelador: esa cerámica se fabricó con arcilla local, la misma terra rossa redepositada por la erosión.
En ese momento histórico, las comunidades del valle ya eran sedentarias y cultivaban plantas domesticadas. Dominaban el fuego desde hacía generaciones y tenían agua, arcilla y combustible al alcance de la mano. Según Frumkin, esas condiciones convirtieron el valle en un laboratorio involuntario. Habría bastado con observar con atención lo que el fuego hacía con el barro para intentar reproducirlo de manera controlada.
Hace 116.000 años, durante el último interglacial, ocurrieron incendios tan intensos como los del Neolítico, pero ninguna especie humana desarrolló entonces la alfarería.

Un experimento natural: cuando el fuego no bastó
Lo más revelador del estudio es su comparación con un episodio mucho más antiguo. Se trata del último interglacial, conocido como MIS 5e, ocurrido entre 129.000 y 116.000 años AP. En aquella época, el sur de Levante sufrió una inestabilidad climática extrema. Hubo tormentas violentas, sequías severas y rayos que provocaron incendios aún más intensos que los del Neolítico.
Los mismos indicadores científicos (el microcarbón, los isótopos de carbono y las esporas de hongos) cuentan una historia parecida. En ese periodo, también ardieron las laderas, se perdió el suelo vegetal y se depositó arcilla en los valles. Sin embargo, aunque convivían allí al menos tres especies humanas distintas, ninguna de ellas desarrolló la cerámica.
Para Frumkin, esa diferencia resulta muy reveladora. El fenómeno físico, la cocción del barro mediante el fuego, pudo repetirse casi de forma idéntica, pero faltaba algo esencial: las comunidades sedentarias y la agricultura. Faltaba, sobre todo, la capacidad de reconocer aquel hallazgo casual como una oportunidad.
La diferencia clave no fue el fuego en sí, sino la existencia de comunidades sedentarias con tiempo y conocimiento suficientes para reconocer el fenómeno y repetirlo a voluntad.

Una hipótesis aún por comprobar
El propio autor del estudio insiste en que la hipótesis del horno natural es, por ahora, una propuesta razonada, pero no un hecho probado. Su propuesta se basa en coincidencias temporales y espaciales. Frumkin reconoce que la resolución cronológica actual tiene límites claros, pues no permite establecer con precisión el orden exacto en el que se produjeron los incendios, la deposición de arcilla y la fabricación de las primeras vasijas.
Para confirmarla, Frumkin propone excavar yacimientos como Sha'ar Hagolan con el objetivo de buscar restos de arcilla cocida de forma natural, anteriores a las producciones cerámicas humanas, o, por el contrario, hallar cerámica más antigua (como los ejemplos hallados recientemente en Çemka Höyük) que permitiese descartar la idea. Mientras tanto, la hipótesis convive con otras explicaciones clásicas, entre ellas, la experimentación progresiva con hogueras domésticas o la llegada de la técnica desde Asia.
Referencias
- Frumkin, A. 2026. "Late Quaternary fire-induced erosion, impacts and innovations in the southern Levant". Geomorphology, 514, 110514. DOI: https://doi.org/10.1016/j.geomorph.2026.110514
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