Cuentos chinos
Kylian Mbappé se ha metido en un jardín, un laberinto, digamos que diplomático, en el que se han visto atrapados él, el Madrid y LaLiga. Tres de sus patrocinadores chinos le han abandonado; Tebas está haciendo un curso acelerado de diplomacia para que los más de cien millones de aficionados al futbol de aquel país sigan viendo sus partidos, ahora cancelados; Florentino trata de buscar una salida para que los intereses del club no se vean afectados. Mbappé ha pedido perdón porque le hizo gracia un meme en el que aparecía superpuesta su cara en la de un “dictador” que él no mencionó.
Mao, por cierto. Los chinos esperan algo más que un comunicado, quizá el harakiri –aunque sea costumbre japonesa– del jugador en la plaza de Tiananmén, donde en 1989 se produjeron entre cientos y miles de fallecidos cuando el Ejército del Pueblo decidió disolver las manifestaciones contra el régimen. Precisamente en esa plaza se exhibe el retrato de Mao, justo encima de la puerta que da acceso a la Ciudad Prohibida. El cuadro en cuestión pesa dos toneladas. Otra penitencia de Mbappé, puesto que las excusas públicas no bastan, consistiría en un selfie bajo el Gran Timonel y, ya puestos, restaurar la imagen como hacen cada año. Las represalias chinas se antojan descabelladas; Kylian ni siquiera se refirió a las hambrunas, la represión y las purgas de Mao, que dejaron una estela de millones y millones de muertos. La cuestión resultaría un cuento chino si no fuera por el dinero que mueve el comentario sobre el meme; pero los mandatarios, en nombre suyo, del partido y de sus ciudadanos, han dicho que naranjas de la China. Lo dramático es que haya que ocuparse de ese orgullo herido mientras en España continúan buscando cadáveres tras otra catástrofe ferroviaria.
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