La tierra no es redonda

Ahora resulta que la tierra no es un globo. La opinión autorizada de la NASA advierte que sería más preciso hablar de geoide, porque atendiendo a las estrictas leyes físicas, se parece a una papa que cambia de forma según las fuerzas gravitatorias. Después de esta noticia, un terrarredondista es tan contrario a la ciencia como un terraplanista.
Aquello que se postulaba como verdad un día puede dejar de serlo, porque eso es justamente lo que distingue la ciencia del dogma. Pero no es tan fácil aceptar que la tierra no se parece al círculo que primorosamente dibujaba en cartulina la maestra de quinto grado. Como es difícil aceptar que el universo no funciona de la manera en que describieron los sabios de los manuales que aún se enseñan en las escuelas.
No pasa una semana sin que las mejores previsiones de las cabezas más lúcidas sean desmentidas por los hechos
La física clásica describió el universo como una maquinaria que responde a fórmulas sencillas. De ahí surgió el entusiasmo moderno de que, conociendo las condiciones iniciales, es posible predecir el futuro y reconstruir el pasado. Pero no pasa una semana sin que las mejores previsiones de las cabezas más lúcidas sean desmentidas por los hechos.
Elecciones que no responden a las encuestas demoscópicas. Catástrofes naturales que no pudieron ser anticipadas. Líderes mundiales en bandas delictivas que superan con creces a las del hampa. Países que invaden, atacan y destruyen a sus vecinos mientras los organismos que debían evitarlo se reconocen impotentes.
Si el periodismo cuenta las novedades en tono de sorpresa es porque es de la generación educada con la física ordenada y previsible de Galileo y Newton, que todavía defiende que hay una realidad independiente de quien la observa. Y que la misión de la prensa es relatarla. Sin embargo, hace un siglo que la física no responde a las reglas de lo observable.
Se atribuye apócrifamente a Albert Einstein la idea de que “la locura consiste en hacer lo mismo esperando resultados diferentes”. Lo que sí dijo es que “Dios no juega a los dados”, defendiendo la mirada clásica del mundo previsible
El modelo cuántico vino a plantear que la materia no se comportaba de manera previsible. Antes bien, “aparecieron fenómenos desconcertantes. Partículas que pueden estar en varios lugares a la vez; comportamientos probabilísticos en lugar de certezas; conexiones entre partículas separadas por grandes distancias…”. Así lo presenta la exposición “Revolución cuántica” que culmina hoy en la Fundación Telefónica de Madrid.
Se atribuye apócrifamente a Albert Einstein la idea de que “la locura consiste en hacer lo mismo esperando resultados diferentes”. Lo que sí dijo es que “Dios no juega a los dados”, defendiendo la mirada clásica del mundo previsible. En uno de los debates científicos más famosos, Niels Bohr le contestó “Einstein, deja de decirle a Dios lo que tiene que hacer”.
Einstein defendía que existe una realidad objetiva, y que las cosas existen, independiente del observador. Bohr sostenía que en el mundo cuántico la realidad no se define hasta que se observa. Y que la incertidumbre no era una imperfección de nuestro conocimiento, sino una condición de la naturaleza.
Aunque el segundo es menos famoso que el primero, los dos recibieron el premio Nobel por sus aportes a la nueva física al mismo tiempo. Einstein en 1921 y Bohr, en 1922. Pero a Einstein, como a Max Planck y Erwin Schrödinger, les llevó años aceptar las consecuencias filosóficas de sus propios descubrimientos.
Las ciencias sociales todavía se resisten. Politólogos, sociólogos, periodistas, historiadores siguen explicando lo inesperado como excepción. Siguen proponiéndose como observadores privilegiados de una realidad que puede describirse o pronosticarse.
Einstein perdió el debate de que la realidad existe independientemente de que la observemos. La ciencia aceptó la posición de Bohr, de que la observación no revela una realidad previa, sino que participa en su definición.
La física cuántica aceptó que la realidad no existe en forma absoluta. El debate público insiste en definirla como si existiera. Lo raro no es que el mundo se comporte de forma sorprendente, sino suponer que va a hacerlo de acuerdo con nuestras expectativas.
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