Elecciones en Brasil: El rol de Donald Trump y el fantasma de João Goulart

“Trump 2.0 está siendo mucho mejor que Trump 1.0, ¿verdad? Bueno, Bolsonaro 2.0 también será mucho mejor”. Así lo declaró Flávio Bolsonaro a fines de marzo pasado, durante un discurso en la reunión anual de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), en Texas.
El senador por Río de Janeiro, hijo del expresidente caído en desgracia Jair Bolsonaro y principal rival de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de octubre, ha intentado unir a Brasil y Estados Unidos en un proyecto político compartido. El inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, ha estado más que dispuesto a complacerlo. Desde su regreso al cargo, el mandatario republicano ha mostrado un interés activo en la política brasileña. En junio, compartió un artículo en su red Truth Social que describía la inminente contienda por el Palacio de Planalto como la “próxima gran prueba” en el proyecto trumpista de “hacer a las Américas grandiosas de nuevo”.
Las encuestas apuntan a una contienda muy reñida, y Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, han sido acusados de intentar inclinar la balanza a favor de Bolsonaro mediante una campaña abierta de presión económica y diplomática contra Lula, apunta el diario británico The Guardian.

Las medidas estadounidenses incluyen la imposición de aranceles del 25% a la mayoría de las importaciones brasileñas y la designación de los principales grupos criminales de Brasil -el Comando Vermelho de Río de Janeiro y el Primeiro Comando da Capital de Sao Paulo- como organizaciones terroristas extranjeras. Funcionarios brasileños, señala el periódico, sospechan que esto está diseñado, en parte, para impulsar a Bolsonaro, haciendo que Lula parezca indulgente con el crimen.
Según expertos, las tácticas de Trump recuerdan el intento de Washington, durante la Guerra Fría, de manipular la política brasileña en el período previo al golpe de Estado de 1964 contra el presidente João Goulart, que dio paso a dos décadas de gobierno autoritario en las que cientos de personas fueron asesinadas o desaparecieron. Coincidencia o no, a Goulart se le consideraba el último presidente de izquierda de Brasil hasta que Lula asumió el cargo por primera vez en 2003.
“Creo que hay algunos paralelos evidentes, sobre todo en el sentido de que Estados Unidos vuelve a involucrarse en un momento político brasileño conflictivo y profundamente polarizado”, comenta a La Tercera Andre Pagliarini, experto en política brasileña de la Universidad Estatal de Louisiana y autor de Lula: A People’s President and the Fight for Brazil’s Future y del libro de próxima publicación Claiming the Nation: The Politics of Nationalism in Modern Brazil.
James N. Green, profesor emérito de Historia y Cultura Brasileña en la Universidad de Brown, también ve paralelos entre el uso de aranceles por parte de Trump para sabotear la campaña de Lula y cómo a principios de los años 60 Washington intentó debilitar al gobierno de Goulart financiando a sus oponentes y cortando los préstamos.

“En 1962, la CIA gastó al menos cinco millones de dólares estadounidenses para financiar clandestinamente las campañas a gobernador de candidatos opuestos al gobierno de João Goulart. Esto incluyó el pago de propaganda para apoyar a candidatos de derecha. Hoy en día, esa cifra equivaldría a entre 30 y 35 millones de dólares. Paralelamente, se suspendió el financiamiento de proyectos de desarrollo respaldados por la USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) y solo se apoyaron programas en estados cuyos gobernadores se oponían a Goulart”, comentó a La Tercera.
“La imposición de aranceles del 50% a Brasil el año pasado -país que mantiene un superávit comercial con Estados Unidos- estuvo vinculada inicialmente a la exigencia de que el presidente Lula interfiriera en el juicio contra Jair Bolsonaro por organizar un intento de golpe de Estado y le concediera un indulto. También incluía medidas para sancionar a los miembros del Supremo Tribunal Federal de Brasil que apoyaron la condena de Bolsonaro, tales como la cancelación de sus visados para Estados Unidos y la acusación contra el magistrado Alexandre de Moraes por violar la Ley Magnitsky por presuntas violaciones de los derechos humanos en Brasil. Cuando la Corte Suprema de EE.UU. declaró ilegales dichos aranceles, Estados Unidos impuso a Brasil aranceles del 37%, diseñados para debilitar la economía y generar un sentimiento contrario a Lula entre la población”, asegura Green.
Y agrega: “Otro paralelo entre el período 1962-1964 y la actualidad es que si la segunda vuelta de las elecciones brasileñas resulta reñida y Lula gana por un margen estrecho, es probable que Trump no reconozca los resultados o insista en que el ganador fue Flávio Bolsonaro. Cuando los militares tomaron el poder en 1964, el gobierno estadounidense reconoció de inmediato al nuevo gobierno al día siguiente del golpe de Estado”.

“Pero las diferencias también son importantes”, advierte Pagliarini. “El contexto de la Guerra Fría de comienzos de los años 60 era muy distinto, al igual que la naturaleza de la intervención estadounidense. Aun así, los aranceles de Trump y su relación con la familia Bolsonaro han colocado a Washington nuevamente en el centro de la política brasileña, de una manera sin precedentes recientes y que podría tener consecuencias imprevistas. La presión extranjera ha fortalecido históricamente el sentimiento nacionalista en Brasil, y Lula sabe muy bien cómo hablar ese lenguaje”, sostiene.
El Departamento de Estado ha rechazado las acusaciones de que Estados Unidos intentara interferir en las elecciones brasileñas. “Cualquier insinuación de una ‘maniobra’ para socavar las elecciones de una nación democrática es una mentira sin fundamento”, declaró un funcionario en un comunicado citado por The Guardian. “Respetamos al pueblo brasileño y al gobierno que elija libremente mediante elecciones libres y justas. Hemos respetado y colaborado con gobiernos de ambos lados del espectro político en Brasil, y hemos mantenido relaciones muy fructíferas con ellos”.

Con todo, Green cree que “parte de la presión estadounidense contra el gobierno de Lula busca crear la narrativa de que Lula provocó los aranceles de EE.UU. debido a su mala relación con Trump. El entorno de Bolsonaro sostiene que ellos son los únicos capaces de negociar con éxito una reducción de los aranceles impuestos, gracias a los vínculos que Flávio y su hermano Eduardo Bolsonaro mantienen con el actual ocupante de la Casa Blanca”. “Es evidente que Trump no desea alcanzar un acuerdo que pudiera suponer una victoria para el presidente Lula. Por ello, insiste en mantener elevados los aranceles para generar problemas a la economía brasileña”, afirma.
Frente a este escenario, el académico de la Universidad de Brown destaca que “una de las respuestas de Lula ha sido movilizar el apoyo popular en torno a la no injerencia en los asuntos internos de Brasil, dado que muchas personas aún indecisas sobre a quién votar en las elecciones brasileñas rechazan a Trump. La alineación de Flávio con Trump ante este pequeño segmento de la población no beneficia su campaña entre estos votantes”.

Y Green ya visualiza eventuales escenarios en octubre. “Si los resultados definitivos de la segunda vuelta otorgan a Lula una victoria ajustada, es probable que Trump no reconozca el resultado y movilice a los presidentes de derecha de la región para que se unan a Estados Unidos en sus esfuerzos por deslegitimar los comicios. El gobierno actual tendría que movilizar a sus partidarios en las calles si esa fuera la dinámica en octubre”, detalla.
En cambio, Pagliarini reconoce tener “menos certeza sobre el efecto que todo esto tendrá en las elecciones”. De hecho, Lula parece haber logrado desactivar, al menos por ahora, la cuestión del intervencionismo de Trump y quizás incluso sacar el nacionalismo del centro del debate electoral. Los asuntos internos han vuelto a imponerse en la agenda, especialmente a raíz del escándalo de Banco Master, y es posible que sigan dominando la campaña hasta las elecciones. Probablemente eso sea más importante para la mayoría de los votantes que las cuestiones geopolíticas. En ese sentido, la intervención estadounidense podría terminar teniendo mucho menos peso político del que parecía tener hace apenas unos meses”, concluye.
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