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Thursday, October 15, 2026

Javier Bardem: "Lo que es terrible es que muchos pensábamos que a estas alturas ya estábamos en otra y, sin embargo, estamos volviendo atrás de una manera tremenda"

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Os juro que no os voy a hacer un Harvey Weinstein!". Esa fue la presentación de Javier Bardem frente a Rodrigo Sorogoyen y a la guionista Isabel Peña cuando los recibió en albornoz en su habitación del hotel de Cannes hace algunos años para hablar por primera vez de 'El ser querido'. El actor nos lo cuenta divertido desde Los Ángeles, un día antes del triunfo en el Mundial de fútbol de la selección española, a la que siguió en primera línea y con la que celebró la inolvidable victoria luciendo la ya emblemática camiseta oficial personalizada con el nombre y el dorsal 26 de Borja Iglesias.

La conversación, generosa y desenfadada, como suele tener siempre la estrella internacional con FOTOGRAMAS, da para hablar mucho de la película, pero, sobre todo, de temas que salen a la luz gracias a ella. Reflexiones como el paso del tiempo y el sentido de pérdida. Alguna enorme para él, como la muerte de su madre, Pilar Bardem, a la que aún siente próxima. "A medida que maduras reconoces que tus mayores, si has tenido la suerte de haber vivido con ellos una relación de cariño, están todavía más presentes en su ausencia. Y todo aquello que dejaron como semilla florece de una manera mágica. Yo hablo con mi madre mucho y la oigo. Me da consejos y lo que me dice, lo hago. La tengo cerca y eso me hace sentir menos solo. Sé que soy ella".

javier bardem

Gareth Cattermole//Getty Images

De la madurez y otras trampas vitales

Independientemente del guion, ¿qué referencias tenía de Rodrigo Sorogoyen para hacerle regresar al cine español con alguien que no fuera Fernando León de Aranoa?

La primera película que vi de él fue 'Que Dios nos perdone'. Me pareció muy visceral en el mejor sentido, con un guion muy bien trabajado y una dirección de actores espléndida. A partir de ahí vi 'Antidisturbios' y el resto de sus trabajos y nos pusimos en contacto. Ninguno recordamos muy bien cómo fue exactamente ese principio. Pero sí sé que le envié un WhatsApp presentándome y diciéndole que me encantaría trabajar con él. Y, de hecho, hablamos de 'As bestas' porque me propuso un personaje que no pude hacer. Cuando luego vi la película, me encantó. Es muy redonda, basada en una historia muy sencilla, pero que habla mucho del género humano. Tiempo después fue cuando nos vimos en Cannes y él trajo la propuesta de 'El ser querido’.

¿Hacer de director de cine lo ha llevado a un proceso de volcar en el personaje lo aprendido en su trayectoria?

En mi trayectoria profesional, pero, sobre todo, en la personal. A medida que me hago mayor voy entendiendo más la complejidad, la vulnerabilidad y la fortaleza que tenemos como seres humanos. Y lo fácil que es caer en los mismos errores de siempre y cómo de atentos tenemos que estar al daño que provocamos de manera involuntaria. Cuando me vino este personaje conecté enseguida: un tipo maduro que cree que se conoce, que cree que ha superado y resuelto su pasado y que se ha dicho: 'Ahora hablo con mi hija y lo arreglo. Ella me va a perdonar, le voy a dar un abrazo y todo solucionado'. Y luego se da cuenta de que en la vida hay muchas personas con necesidades muy distintas. Ser consciente de eso y aceptarlo es muy difícil, y cuanto mayor te haces, más difícil aún, porque el ego está más asentado en lo que uno cree que son sus valores fundamentales. Este personaje me fascinó por todos estos temas que, aunque ya los trabajo en mi terapia, me provocaron una reflexión aún más profunda. Al darle forma aparecieron cosas de mí que me hicieron darme cuenta de que me creía más avanzado, más curtido en ese aspecto.

el ser querido

Manolo Pavón

¿También le ayudó a cuestionar cómo vivió la paternidad su generación?

Por descontado. Mi generación —tengo 57 años— ha crecido en una sociedad paternal y, sobre todo, patriarcal y definitivamente machista. La mujer está acotada en muchos sentidos emocionales y sociales y todo eso ha configurado a cabezas de familia que anteponen criterios de poder que ahora deben ser criticados y anulados. Pero lo que es terrible es que muchos pensábamos que a estas alturas ya estábamos en otra y, sin embargo, estamos volviendo atrás de una manera tremenda. Y hasta en cosas tan básicas como el lenguaje de calle… ¿Cuáles son sus referentes? Es terrible.

Su personaje desarrolla unos arcos emocionales enormes, desde la contención a la expresividad más radical. Al mismo tiempo, lo vemos desaforado en otro registro en la serie 'Cape Fear'… A estas alturas, ¿hay algo que le resulte difícil?

Si yo te hago esta pregunta a ti, ¿tú qué dirías? ¿No te resulta cada vez más difícil casi todo? (Risas). Eso es porque eres más consciente de las enormes posibilidades que existen de cometer un error. O de que se produzca un accidente por falta de atención a algo que dabas por supuesto. Cada vez me siento menos capacitado, inseguro, no sé cómo definirlo… más consciente de lo necesario que es prepararse. Porque la falta de atención que están padeciendo las generaciones posteriores a la nuestra está haciendo mella en nosotros también. Cuesta más leer o ver una película sin la intromisión de pensamientos que desvían la atención a otra cosa por culpa de los aparatos que manejamos todo el día. Y cuando te dedicas a la interpretación tienes que estar muy presente y atento. Así que ahora soy más consciente de esas dificultades externas… que se añaden a las internas de la edad, claro (risas). Los años te dan inseguridad, miedo y bastante susto.

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¿La preparación pasa por estudiar el método del "contrincante" y, en el caso de 'El ser querido', de "saberse" a Victoria Luengo?

Ya tenía claro que haríamos la película juntos y fui al teatro a ver su monólogo 'Prima Facie'. Ahí me di cuenta de su dimensión como actriz. Me quedé pegado a la butaca, emocionado y profundamente agradecido por el coraje y el talento descomunal que esa mujer desplegaba en el escenario. Pensé: '¿Y yo voy a trabajar con esa bestia? Mira qué compañera me ha puesto Rodrigo'. Después de la obra fuimos a cenar con ella mi hermano y yo y la conexión fue inmediata. Es divertida, graciosa, inteligente y creativa. Me dije: 'Cuidado, que esta mujer tiene una capacidad de manejar la improvisación y la técnica vocal monumental'. Después, como sabes, estuvimos ocho meses sin vernos antes de rodar la escena inicial, esa comida construida a base de una improvisación y para la que trabajé con Rodrigo la historia pasada y la memoria de mi personaje. De modo que llegué al set con la sorpresa, sin ninguna información de lo que, a su vez, había trabajado Sorogoyen con ella. Y cuando apareció me dejó muy noqueado. Fue un ejercicio hermosísimo. De ella y de Rodrigo, que tiene una calidad artística increíble para crear la atmósfera de esa escena y de todas las demás.

De los tiempos pasados y presentes

En su larga trayectoria, ¿ha vivido comportamientos de directores autoritarios en el set que generasen ambientes incómodos y hasta crueles como el que su personaje desarrolla en un momento del filme?

No tan exagerado… No… Bueno… En los años 90 participé en una película, 'Huidos', que empezó a dirigir Manolo Matji, al que luego sustituyó Sancho Gracia. Y en ese rodaje se desarrolló una especie de visceralidad, de energía de macho alfa que en algunos momentos rozaba lo que ocurre en la película. Yo tenía 22 años, lo veía y lo normalizaba de alguna manera. Decía: 'Bueno, son dos tíos que se llevan mal, se gritan, casi llegan a las manos… Así es la vida'. Estábamos acostumbrados a que eso fuese… normal… También he estado en rodajes en los que los directores creaban situaciones de tensión emocional y psicológica porque creían que eso iba en beneficio del resultado final. Contra eso me revolvía, claro, pero como yo mismo era una víctima del maltrato psicológico, que iba cayendo gota a gota creando un agujero, me resultaba difícil salir. Si esto me pasase hoy, me daría cuenta antes y pondría filtros. Eso no hace bien a nadie.

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Gareth Cattermole//Getty Images

En estos comportamientos y en otros para nada violentos, pero que tienen que ver con la autoestima y que van de la mano de la fama, entra en juego el ego… Imagino que tenerlo es inevitable, pero ¿cómo se mantiene a raya?

El actor tiene que tener un ego tremendo para ponerse delante de una cámara o subirse a un escenario y sentir que es lo suficientemente interesante como para que lo miren y lo escuchen. Eso tiene que estar. Pero también la disciplina de saber quitarte de en medio para que la gente no te vea a ti, sino al personaje. Y eso, que es un trabajo que lleva mucho tiempo, es una de las enseñanzas de mi maestro Juan Carlos Corazza. En cuanto al ruido de la fama y de la gente que te regala el oído y te coloca en otro lugar, siempre tienes que tener claro lo que es importante para ti, eso que llamamos valores, y aferrarte a ellos sabiendo que darás bandazos ante gente que quiere debilitarlos manipulándote o sumándose a ellos por razones equivocadas. Hay que prestar atención siempre a aquello que hace que te puedas mirar al espejo sin sentirte avergonzado.

Defender esos valores y hacerlo abierta y públicamente le ha traído algún disgusto…

Eso es la vida… O, al menos, como yo la entiendo. Hay que tomar posiciones. Esta cosa de la neutralidad a mí no me vale. La neutralidad está muy bien para Suiza, que tiene muchas cuentas bancarias, un montón de vacas y unos chocolates maravillosos, pero la vida es otra cosa. De lo que se trata es de que tus valores no te hagan daño ni duelan a los demás, sino que sumen, tiendan puentes y sirvan para denunciar aquello que consideras injusto. Lo que ocurre es que, en estos tiempos del dominio de las redes sociales, cada vez es más complicado. En ellas se desvirtúa todo y es muy difícil que no te convenzan de que lo estás haciendo mal, de que estás equivocado. Tienes que desarrollar un ejercicio constante de reflexión y de descontaminación. Para mí, la red social no es ni más ni menos que la discusión acalorada en la barra de un bar. Lo que hay que hacer es salir de ese bar, darse un paseo y mantenerse en las cosas en las que crees, aunque sepas que por ello te van a partir la cara.

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¿Qué trascendencia tiene para usted el cine en particular y la cultura en general?

Mucha. Toda. Sin buenas historias el mundo sería peor. Películas, series, libros, canciones, pinturas… Esa realidad paralela nos cuenta, nos dice, nos avisa, nos acompaña, nos retrata y nos da también alegría, felicidad y esperanza. No podemos vivir sin todo eso. Y tenemos una responsabilidad enorme con lo que hacemos porque llegamos a mucha gente. Es muy bonito ver una película, como ocurrió con 'El ser querido' cuando se presentó en el Festival de Cannes. Más allá de esas movidas de los aplausos, lo maravilloso de verdad fue sentir a un patio de butacas lleno vibrar con la misma emoción ante lo que surgía de la pantalla. El efecto que tiene una buena historia en la gente y cuánto hace sentir… es muy fuerte. Porque en mi Esteban Martínez, el director y el padre, hay un poquito de todos. Todos perdemos la cabeza y el control por querer que las cosas se hagan a nuestra manera. Queremos tener razón por encima de todo, sea justo o no.

¿Se suele ver en las películas?

No me gusta hacerlo, pero creo que es importante verse. No es que esté obsesionado, pero sí que, pasado un tiempo, me resulta bueno mirarlo para saber dónde estaba a nivel personal y profesional por aquel entonces, para analizar qué pretendía, qué conseguí y cómo influyó mi labor en el resultado final. Es bueno para aprender.

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Gareth Cattermole//Getty Images

¿Y con algún trabajo ha tenido la sensación de no haber encontrado el registro adecuado y darse cuenta mucho después de oír el "corten"?

¡Pero vamos! Desde luego que sí. Me ha pasado como a los futbolistas cuando analizan las jugadas a posteriori y dicen: '¡Tenía que haber hecho el pase por la derecha en vez de por la izquierda!' (Risas).

De ahora en adelante

Es una estrella de cine internacional que este otoño debutará en escena en Madrid con la obra '¡Chéjov, Chéjov!'. Cualquiera hubiese esperado que un estreno así lo hiciera en alguno de los grandes teatros de la capital. Pero será en uno pequeño, de barrio…

Es un poco por miedo, no te lo niego (risas). Pero es el espacio adecuado para el trabajo que me apetece probar y con las personas que quiero. Hay que empezar por el principio y eso pasa por realizarlo de una manera más íntima, en un lugar donde apenas hay 100 butacas y con un elenco pequeño. No queremos hacer nada grandilocuente ni ser protagonistas del gran estreno teatral de la temporada. Va a ser la primera vez que me voy a poner delante de un público de manera continuada. Y claro que me provoca inseguridad. Pero la supera el deseo de regalarme esa experiencia. Porque en los seminarios de Corazza —que dirige el montaje— ya he hecho algo parecido con público. Pero nunca nada oficial.

Imagino que habrá recibido propuestas…

Sí. Pero a veces me parecían demasiado grandes para tan poca experiencia y en otras ocasiones no me apetecían. Esto es una intención de trabajo grupal que queremos compartir. O sea, no va a ser 'Una noche sin luna', de Juan Diego Botto, que, por otra parte, es de lo mejor que he visto en mi vida…

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Y, siguiendo con los nuevos horizontes… El hecho de haberse convertido en director de cine en la ficción, ¿le ha abierto los ojos a esa posibilidad en la vida real?

¡Uy, no! Me ha hecho todavía más consciente de que no es algo que me interese en absoluto. Me parece muy difícil. Hay un trabajo de unir, de crear equipo, de confiar en el talento que te rodea que me gusta mucho. Pero mantener el placer de lo que estás haciendo cuando tanta gente depende de tus decisiones, cuando cada medida tomada sea vista con lupa y se lleve a la práctica con más o menos discusión… me parece imposible. La responsabilidad es enorme… En estos años de carrera he visto a directores que se han quedado perdidos en eso y algunos de ellos, grandísimos actores, finalmente enterrados ante tanta presión económica y de tiempo. Ahora bien, el placer de juntarme con cuatro actores y hacer algo juntos y poner una cámara a rodar… eso me haría ilusión… algún día. Pero, como diría Al Pacino, yo quiero ser el que está dentro, no el que lo mira desde fuera.

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