La psicología dice que abrazarse seguido ayuda a proteger contra el estrés y las infecciones: un estudio de Carnegie Mellon siguió a 404 adultos durante 14 noches y halló un factor protector clave

Un abrazo puede durar apenas unos segundos, pero un famoso experimento de la Universidad Carnegie Mellon encontró que este tipo de contacto estaba relacionado con algo más que una sensación momentánea de afecto.
El psicólogo Sheldon Cohen y su equipo estudiaron si los abrazos podían funcionar como una expresión tangible de apoyo social y, a través de ese mecanismo, amortiguar los efectos del estrés sobre la susceptibilidad a una infección respiratoria.
Los investigadores trabajaron con 404 adultos sanos. Primero midieron mediante un cuestionario cuánto apoyo social creía tener cada participante. Luego, durante 14 noches consecutivas, realizaron entrevistas telefónicas para registrar si ese día las personas habían tenido conflictos interpersonales y si habían recibido uno o más abrazos.
Los científicos los expusieron a un virus
La parte más llamativa ocurrió después: los voluntarios fueron expuestos de forma controlada a un virus capaz de provocar resfriado común y permanecieron en cuarentena mientras los investigadores determinaban quién desarrollaba infección y qué intensidad tenían los síntomas.

Los resultados mostraron que los conflictos frecuentes estaban relacionados con mayor susceptibilidad a la infección, pero ese efecto se reducía entre quienes percibían que disponían de un mayor apoyo social.
Algo parecido ocurría con los abrazos. Una mayor frecuencia de abrazos se asoció con una amortiguación del incremento del riesgo de infección vinculado al estrés interpersonal. Según el análisis estadístico, los investigadores calcularon que la frecuencia de los abrazos explicaba alrededor del 32% de la relación observada entre el apoyo social y una menor susceptibilidad a las infecciones.
Además, entre los participantes que terminaron infectándose, quienes reportaban mayor apoyo y quienes habían recibido abrazos con más frecuencia desarrollaron síntomas menos graves.

Cohen explicó que el equipo eligió los abrazos porque suelen funcionar como una señal de proximidad y apoyo dentro de una relación. La hipótesis no era que el contacto físico tenga una capacidad mágica para destruir virus, sino que puede comunicar algo psicológicamente importante: “hay alguien disponible para apoyarme”.
La distinción es fundamental. El estudio no asignó al azar a unas personas a recibir abrazos y a otras a evitarlos. La frecuencia fue observada durante su vida cotidiana. Por eso, no demuestra que abrazar directamente cause una mayor resistencia inmunitaria. Las personas que reciben más abrazos también pueden tener relaciones más cercanas, menor aislamiento u otras características protectoras.
Sí existe, en cambio, una sólida línea de investigación del mismo equipo que relaciona el estrés psicológico con una mayor susceptibilidad al resfriado después de una exposición viral controlada. El valor del estudio sobre abrazos está en mostrar que el apoyo interpersonal parece modificar esa relación.
Un abrazo no reemplaza vacunas, higiene ni atención médica. Pero puede representar algo que también importa para la salud: sentir que el estrés no tiene que enfrentarse completamente solo.
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