Reseña de libros: de Patrick Modiano a Francisco Mouat

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La bailarina, de Patrick Modiano (Anagrama)
La ciudad hoy le resultaba extraña. El narrador camina por las calles como un extranjero, pero un encuentro fortuito trae a su memoria imágenes de París de su juventud. “Era la temporada más insegura de mi vida. Yo no era nada”, recuerda. Fue a inicios de los 60 cuando conoció a una joven bailarina, quien practicaba el ballet clásico, “un arte muy difícil”, bajo la guía de un maestro ruso. Madre de un niño de ocho años, ella había dejado atrás una historia triste y complicada, de la que solía no hablar, gracias al ballet. Para ella la danza era un disciplina que le permitía sobrevivir en medio de las incertidumbres. Y de algún modo, se volvió un modelo para el propio narrador en sus inicios en la escritura. Junto a ella, descubrió un mundo vibrante, donde convivían artistas, hombres oscuros y bien vestidos, y personajes de cabaret. Cincuenta años después, caminando entre los bulevares que le resultan ajenos, el narrador se deja llevar por esos recuerdos, como en un sueño y en un punto se da cuenta de que ni la bailarina ni el niño pertenecían al pasado, “sino a un presente eterno”. Con maestría literaria, Modiano (Premio Nobel 2014) compone una novela minimalista, leve y delicada que reflexiona en torno al pasado, la memoria y la literatura.

101 poemas, de Constantino Kavafis (UDP)
Griego nacido en Alejandría, Kavafis (1863-1933) fue un funcionario del gobierno británico y un poeta atrapado por su ciudad natal, donde se atrevió a ser “poeta entre mercaderes, homosexual entre hipócritas puritanos, delicado artista entre simplones”, como dice Leonardo Sanhueza en la presentación de esta antología. “Esa relación tensa con Alejandría -y a través de ella con la historia griega y sus tupidos ramajes en la cultura de Occidente- determinó una poética, una forma de ser poeta y hacer poemas”, agrega. Kavafis no publicó su obra convencionalmente: solía difundirla en hojas sueltas, y fueron sus editores quienes le dieron forma a sus libros en forma póstuma. El deseo, el tiempo, la belleza y la decadencia son temas que se reiteran en su obra, donde pasado y presente se cruzan atravesados por la melancolía. “Nuevos lugares no hallarás, no hallarás otros mares”, escribe en La ciudad, uno de sus poemas más célebres. “La ciudad te seguirá. Vagarás/ por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo/ y en estas mismas casas encanecerás./ Siempre llegarás a esta ciudad”. Una antología oportuna, iluminadora y valiosa de uno de los poetas fundamentales del siglo XX.

El empampado Riquelme, de Francisco Mouat (Overol)
El 2 de febrero de 1956, Julio Riquelme tomó el tren de La Calera a Iquique, el Longino. Se dirigía al bautizo de uno de sus nietos, del que además sería el padrino. Hace 20 años estaba distanciado de su familia del norte y el bautizo era una forma de retomar las relaciones. Tenía previsto llegar el domingo 5 de febrero, al mediodía, y pidió que lo esperaran en la estación. Pero nunca llegó: en el vagón solo se encontró una maleta suya de mimbre. Cuarenta años después, en el aeropuerto de Antofagasta, un policía encontró un sobre con objetos personales, entre ellos un reloj, una chequera, un carnet de identidad y un carnet del Partido Radical, tarjetas de bautizo y una nota escrita e inglés que decía que todo había sido hallado junto a un esqueleto en el desierto de Atacama. La nota incluía la ubicación. Todos los documentos correspondían a Julio Riquelme. A 17 kilómetros de la estación Los Vientos, en pleno desierto, la policía encontró los restos. ¿Qué hacía ahí? ¿Se bajó del tren? ¿Por qué? ¿El tren lo dejó? ¿Por qué no siguió la línea del tren? ¿Por qué se internó en el desierto? Con vocación detectivesca y sensibilidad narrativa, Francisco Mouat recrea la historia de Riquelme y construye una crónica familiar fascinante, sorprendente y profundamente conmovedora.
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