Un matemático desmonta una teoría de 2.000 años sobre el Partenón: sus famosas “ilusiones ópticas” podrían no haber existido
El Partenón lleva siglos presentado como una obra tan sofisticada que sus constructores habrían manipulado deliberadamente líneas, columnas y proporciones para engañar al ojo humano. Una nueva investigación plantea algo mucho más incómodo: quizá hemos estado explicándolo al revés.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Cuando Ictino y Calícrates levantaron el Partenón de Atenas entre 447 y 432 a. C., no construyeron un edificio geométricamente perfecto. Bajo la aparente regularidad del templo existen pequeñas curvaturas, inclinaciones y variaciones que llevan desconcertando a arquitectos e historiadores desde hace generaciones. El estilóbato sobre el que descansan las columnas se eleva ligeramente hacia su zona central; los fustes presentan un sutil ensanchamiento y las columnas de las esquinas no tienen exactamente las mismas dimensiones que las demás.
Estas anomalías son reales. Lo discutible es la explicación que hemos dado tradicionalmente a su existencia.
Durante mucho tiempo se ha repetido que los arquitectos griegos conocían determinados defectos de nuestra percepción y modificaron el edificio para neutralizarlos. De acuerdo con esta interpretación, por ejemplo, una plataforma completamente horizontal parecería hundirse por el centro. Los constructores habrían introducido entonces una curvatura ascendente para conseguir que nuestros ojos contemplasen una línea aparentemente recta.
El problema es que el matemático Alain Goriely, de la Universidad de Oxford, ha buscado pruebas científicas de semejante fenómeno y no las ha encontrado. Su investigación, publicada esta semana en Royal Society Open Science, pone en cuestión no las extraordinarias características arquitectónicas del Partenón, sino la interpretación que las convirtió en “correcciones ópticas”.
Una explicación nacida siglos después del Partenón
Existe un detalle histórico especialmente revelador: la explicación no procede de los arquitectos que construyeron el templo. El Partenón llevaba aproximadamente cuatro siglos en pie cuando Vitruvio escribió De architectura en el siglo I a. C.
El autor romano relacionó determinados refinamientos arquitectónicos con la necesidad de contrarrestar efectos visuales. Sus escritos terminaron adquiriendo una enorme autoridad y, tras su recuperación durante el Renacimiento, aquella interpretación volvió a circular entre arquitectos europeos.
El gran impulso llegaría en el siglo XIX. Las mediciones de Francis Cranmer Penrose demostraron con una precisión extraordinaria que algunas de aquellas desviaciones eran deliberadas. El descubrimiento era importante: las irregularidades no podían descartarse simplemente como errores de construcción.
Pero demostrar que una curva fue intencionada no equivale a demostrar por qué fue construida.
Ese salto interpretativo terminó consolidándose en manuales de arquitectura y estudios posteriores. La idea resultaba, además, irresistible: los antiguos griegos habrían comprendido las debilidades del ojo humano hasta el punto de modificar toneladas de mármol para corregirlas. Goriely sostiene que precisamente ahí se encuentra el problema. Hemos convertido una explicación propuesta muchos siglos después de la construcción en la intención original de sus arquitectos.

El Partenón fue construido entre 447 y 432 a. C., pero la explicación de sus supuestas correcciones ópticas apareció aproximadamente cuatro siglos después.
Las matemáticas ponen a prueba el supuesto engaño visual
Uno de los casos más conocidos es la curvatura del estilóbato. Las mediciones muestran una elevación de aproximadamente seis centímetros en el perfil estudiado de la fachada. Goriely reconstruyó matemáticamente la superficie utilizando mediciones modernas y datos históricos para estudiar qué sucede realmente cuando contemplamos esas líneas.
La conclusión resulta paradójica. En condiciones adecuadas, el ojo humano puede detectar curvaturas extremadamente pequeñas. Es decir, desde determinados lugares del propio Partenón la curvatura puede llegar a apreciarse. Si hubiese sido introducida para resultar invisible y producir una apariencia perfectamente recta, este comportamiento plantea una dificultad evidente.
El estudio también analiza ilusiones visuales conocidas experimentalmente, como la de Hering, en la que líneas rectas pueden parecer arqueadas debido a otras líneas que las atraviesan. Sin embargo, la geometría del Partenón no reproduce de manera convincente las condiciones necesarias para generar ese efecto. La inclinación de las columnas es demasiado pequeña y cambia además según la posición del observador.
Hay otro inconveniente fundamental: un edificio se contempla desde multitud de lugares. Una supuesta corrección calculada para una posición determinada difícilmente podría funcionar igual para una persona situada a cinco, veinte o cincuenta metros.

Las irregularidades del Partenón son reales: lo que cuestiona la nueva investigación es que fueran diseñadas específicamente para corregir ilusiones de la visión humana.
El misterio de las columnas tampoco queda resuelto
La célebre entasis constituye otro de los pilares de la teoría. Las columnas del Partenón no siguen una línea completamente recta, sino que presentan un ligero abombamiento. Tradicionalmente se ha explicado afirmando que una columna perfectamente recta parecería cóncava.
Goriely señala que no existe evidencia experimental sólida que demuestre semejante ilusión en las condiciones propuestas. Además, la variación es diminuta: el abombamiento analizado ronda los 18 milímetros y, a las distancias habituales desde las que se contempla el edificio, resulta extremadamente difícil percibirlo.
Algo semejante sucede con las columnas de las esquinas, ligeramente más gruesas. Otra explicación histórica sostiene que, al aparecer recortadas contra un fondo luminoso, parecerían más delgadas y necesitaban ser ensanchadas. El nuevo trabajo analiza también este argumento mediante fenómenos conocidos de percepción visual y concluye que las pruebas disponibles no permiten sostener que esa fuera su función.
Incluso las proporciones de las figuras escultóricas entran en la discusión. Algunas interpretaciones habían atribuido determinadas dimensiones de las cabezas a una compensación por la altura desde la que serían observadas. El estudio vuelve a advertir contra la tentación de convertir cualquier irregularidad en una sofisticada corrección óptica.

Las mediciones del siglo XIX demostraron que muchas desviaciones respecto a las líneas rectas fueron deliberadas; demostrar su intención, sin embargo, no explica automáticamente cuál era su finalidad.
Si no engañaban al ojo, ¿por qué construyeron así el Partenón?
Aquí aparece la parte más fascinante del problema: desmontar una explicación no significa haber encontrado automáticamente otra.
Goriely contempla posibilidades relacionadas con la estética, la ejecución arquitectónica y otros factores prácticos, pero no presenta una causa única demostrada para todos los refinamientos. Incluso la curvatura podría haber tenido ventajas funcionales, aunque el paper no establece esa posibilidad como explicación definitiva.
Quizá precisamente ahí reside la importancia histórica de la investigación. El Partenón no pierde sofisticación porque sus constructores no estuvieran corrigiendo ilusiones visuales. Al contrario: recupera un misterio que dos milenios de explicaciones aparentemente convincentes habían dado por solucionado.
Las curvas continúan allí. Las columnas siguen inclinándose y ensanchándose con una precisión extraordinaria. Lo que ha dejado de parecer tan seguro es que sepamos por qué.
Referencias
- Alain Goriely, The illusion of illusions: there are no optical corrections in the Parthenon, Royal Society Open Science (2026). DOI: 10.1098/rsos.260999
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