Elisa, la joven de 26 años que renunció a una multinacional para hacerse cargo del restaurante japonés de sus padres: "Me han cuestionado que terminé en el negocio familiar, pero a mí me llena mucho tratar con los clientes y escuchar sus historias"

Un año antes de que Elisa naciera, en 1999, sus padres abrieron uno de los primeros restaurantes japoneses de Madrid. Ahora, a sus 26 años, ella lleva las riendas del legado gastronómico, después de renunciar a la multinacional donde trabajaba.
En febrero de 2025 publicó un video en la cuenta de Instagram del negocio -Nagoya- donde mostraba el momento en que su madre le dijo que quería jubilarse y le preguntaba si ella querría hacerse cargo de la casa de comidas.
El título de la publicación resumía sus sentimiento: "El mayor desafío de mi vida". "Me encantaba la idea, pero tenía miedo de no estar a la altura", confesó en una reciente entrevista con el diario español El Mundo.
Elisa vio disfrutar a madrileños y turistas de las comidas familiares -arroces, tallarines, mariscos, carnes y sushi- con sello japonés desde que aprendió a hablar. Aunque podría haber seguido la tradición culinaria de inmediato, primero decidió estudiar administración de empresas y trabajar en una multinacional.
"Algunas personas me cuestionaron porque finalmente terminé en el negocio familiar después de haber hecho una carrera; pero estuve muchas horas frente a la computadora en una empresa multinacional y me di cuenta de que eso no encajaba conmigo, que me gustaba más el restaurante, aunque también fuese exigente", relató.

"Me llena mucho tratar con los clientes y escuchar sus historias", aseguró. Además, descubrió que muchos de sus conocimientos son útiles para el negocio de sus padres: crear equipos, tratar con proveedores y trazar planes de comunicación y marketing.
"El negocio familiar aporta una cosa que es bastante difícil de sustituir, que es la implicación personal con los clientes y con el funcionamiento. Si estás aquí, detectas los detalles, los problemas los puedes solucionar al momento y no se alargan en el tiempo", indicó.
"Algo tuyo lo vas a cuidar con esmero, y cuando trabajas para otro no es el mismo cuidado", reflexionó. "Las franquicias no tienen esa misma atención, y no quiero decir que sean algo malo, pero no hay esa cercanía", sostuvo.
Casi todos los días los comensales la ven en el comedor, acercándose a sus mesas, charlando y llevándole los platos insignia. Entre sus favoritos de la carta destacó el yakiudon, un plato de verduras y pollo con fideos; el okonomiyaki, conocida como "la tortilla japonesa"; y el nasu dengaku, elaborado con berenjena tierna y crema de miso.
En las redes sociales también muestra algunas costumbres tradicionales japonesas. Antes de que la joven empresaria tomara las riendas del restaurante, la clientela de Nagoya eran principalmente vecinos del barrio de Chamberí, pero con su estrategia digital amplió el público.
"Cuando tienes buen producto y buen servicio, la gente vuelve. Han venido personas de otras partes de España, incluso de Tenerife, porque han visto nuestros vídeos y han sentido curiosidad. Lo han probado y les ha encantado", celebró.
Elisa se niega a dejar llevarse por modas pasajeras de fusiones y quiere mantener lo tradicional y la esencia familiar del trato personalizado como bandera. "Si algo está funcionando bien, no creo que haya que darle una vuelta entera por seguir modas, solo hay que adaptarse a cada etapa", explicó.
"Recordamos los gustos de los clientes, los platos que suelen pedir, eso es algo que a ellos les sorprende mucho, que los conozcas", comentó. El último año sumó algunos cócteles o colaboraciones con otros profesionales como novedades de la carta, todas charladas previamente con sus padres.
"Los horarios van a contracorriente del entorno social y se pueden perder relaciones personales. A los jóvenes emprendedores les diría que este es un sector muy sacrificado, pero la parte gratificante es ver que tu esfuerzo se traduce en que los clientes tengan un mejor día y se vayan contentos", concluyó.
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