Una IA que nadie puede apagar

Las mismas compañías que desarrollan IA advierten que su producto puede amenazar la seguridad internacional. Es como tener un auto capaz de atropellar a alguien y no poder apagarlo. Piden regulación, sí, pero piden regularse a sí mismas. Ahí está el problema: ¿quién regula y quién se hace responsable?
La regulación llega tarde. Legislamos una versión mientras se generan nuevas actualizaciones de las IA a diario. Europa apostó por restringir y la velocidad la dejó atrás; Estados Unidos eligió hacer primero y reparar después. Mientras, estas empresas ya pesan como Estados, y el clásico orden internacional nacido de la Segunda Guerra Mundial no está dando el ancho.
El riesgo no es solo geopolítico: es cognitivo. Llevamos veinte años conviviendo con pantallas o teléfonos inteligentes, los resultados PISA bajan y la disputa por la verdad o apreciación de un dato, se pone en tela de juicio en sociedades polarizadas.
Quedarse en el miedo sería un error. La IA es una oportunidad maravillosa, y por eso hay que exigirle más. Si estas máquinas son tan capaces, ¿por qué no vemos la misma velocidad en medicamentos contra el cáncer o en ser eficaces en reducir el hambre en el mundo? La traba no está en el algoritmo, sino en patentes, política y decisiones humanas.
Chile tiene buena conectividad. Lo que falta es acordar qué enseñar. A mi juicio, la apuesta es recurrir a los clásicos y a sus artes liberales. Un modelo hace lo que le pedimos, y quien no sabe preguntar queda a merced de la respuesta. Sin preguntas no hay democracia: sólo nichos que se dan la razón. La pregunta siempre vale más.
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