Patricio Guzmán: el legado y los herederos artísticos del maestro del documental chileno

Patricio Guzmán (1941-2026) realizó algunos documentales en México y España. Su única ficción, La rosa de los vientos (1983), se filmó entre Venezuela y Cuba. Pero su principal interés y sus mejores obras siempre estuvieron ligadas a Chile, en particular aquellas abocadas a la memoria y la historia política del país.
Esa fue su gran obsesión desde El primer año (1972) y La batalla de Chile (1975-1979), sus gigantescas películas sobre la Unidad Popular y el país durante el gobierno de Salvador Allende. Esa misma pulsión lo acompañó hasta sus últimos años, cuando ya era un octogenario director que se mantenía en plena actividad.

“Me han ofrecido desde América Latina, Europa y Estados Unidos filmar determinados temas, pero yo no quiero apartarme del tema chileno”, declaró en entrevista con Culto en 2021, mientras trabajaba en Mi país imaginario (2022), el que sería su último largometraje.
Con su fallecimiento, este martes, a los 85 años en París, Chile pierde a uno de los últimos integrantes de la oleada de cineastas surgidos entre fines de los 60 y principios de los 70. También pierde al autor de uno de los mejores documentales políticos de todos los tiempos. Y pierde a uno de los cronistas más persistentes del alma del país.
Ese trabajo, profundamente chileno, fue el que lo transformó en una figura de alcance mundial. Así lo grafican las muestras de afecto de directores, cinetecas, festivales y academias de cine de diferentes puntos del planeta. Y están anécdotas como las que relata a este medio la productora y programadora de cine Isabel Orellana.
La realizadora recuerda que participó en la misma edición del Festival de Mar del Plata (2013) en la que Bong Joon-ho fue invitado a presentar una retrospectiva y a ejercer como jurado. Unos años antes de que el realizador surcoreano triunfara en el Festival de Cannes y en los Oscar gracias a Parasite (2019), ya era una personalidad de renombre.
“Cuando supo que yo era chilena me empezó a hablar de La batalla de Chile y cuánto lo marcó. En su cine se nota esa huella, donde es la lucha de clases el motor del conflicto dramático”, señala Orellana en relación a la filmografía del director de Memorias de un asesino (2003) y Mickey 17 (2025).

La batalla de Chile impactó en Corea del Sur y también en Chile, primero de manera informal –gracias a las copias que circularon a espaldas de la dictadura– y luego de manera oficial. El director y guionista René Ballesteros recuerda haberla visto en una función en Temuco en los 90.
“Fue un remezón, como mirar las capas geológicas bajo las ruinas de esos años. Mirar hacia un país tan distinto de aquel en el que crecí. La fuerza de ese documental era tanto registrar como mostrar, a través de ese mismo registro, que otras formas de vivir y crear en Chile eran posibles, pues lo habían sido en el pasado. Fue como ver un cometa en medio de la noche de Temuco. Y si uno ve un cometa una vez en su vida, eso no se olvida nunca”, indica el director de Los sueños del castillo (2018) desde Nantes (Francia), donde reside actualmente.
Cristóbal Valenzuela rescata otra dimensión de Guzmán: la de formador de realizadores más jóvenes, un rol que desempeñó a través de los seminarios y charlas que dictaba en universidades y en diferentes espacios consagrados al cine. En Chile la desarrolló principalmente a través de Fidocs (Festival Internacional de Documentales de Santiago), el certamen que fundó en 1997 y que le permitió mostrar por primera vez La batalla de Chile en pantalla grande a nivel local. En esas instancias conectó con nuevas generaciones de diversas sensibilidades artísticas.
“Sus seminarios de cine documental de cuatro días resultaron muy inspiradores cuando estaba haciendo Robar a Rodin (2017), porque también nos hablaba de lo cinematográfico en el documental, los ‘dispositivos’, los diferentes recursos audiovisuales”, explica Valenzuela. “Fue muy generoso con sus conocimientos y experiencias. Marcó sin duda a varias generaciones de documentalistas, en los que me sumo”.

La Batalla y la trilogía
Sebastián Moreno provenía de la fotografía y no tenía más de 24 años cuando se unió al equipo que filmó Chile, la memoria obstinada (1997), documental que marcó el regreso de Patricio Guzmán a nuestro país después de la restauración de la democracia.
“Fue la primera vez que vi de cerca a un autor haciendo una película sobre su propia historia y, al mismo tiempo, sobre algo que también era fundamental para mí: la historia reciente de Chile. Pero lo que más me impresionó fue que Patricio no intentaba simplemente reconstruir esa historia. La abordaba desde un punto de vista personal, la recreaba, jugaba con ella, la reinventaba cinematográficamente para poder contarla y, sobre todo, para compartir una emoción”.
Luego, con el nacimiento de Fidocs, esa relación se profundizó. “Gracias al festival, cuando yo tenía 22 o 23 años, pude ver películas documentales que probablemente jamás habría podido conocer de otra manera. Para quienes éramos jóvenes realizadores en ese momento fue un aire fresco enorme, en un Chile donde había poco espacio para una exploración cinematográfica no convencional y donde todavía existía cierta desconfianza frente a la subjetividad”, plantea el director de La ciudad de los fotógrafos (2006) y Habeas Corpus (2015).
“Creo que uno de sus grandes aportes fue precisamente instalar la subjetividad como un argumento mayor del documental. Nos dio confianza para pensar: este también es un camino posible”, apunta Moreno.

Esa misma subjetividad se desplegó de manera brillante en la trilogía que inició Nostalgia de la luz (2010), el documental en que propuso una conexión entre los astrónomos que se reúnen en el Desierto de Atacama y las mujeres que buscan a sus familiares detenidos desaparecidos por la dictadura militar.
“Nostalgia de la luz me marcó mucho. Es un Guzmán a la vez íntimo pero abierto y expansivo, como la misma película, que conecta pasado, presente y futuro, muertos y vivos, el Desierto de Atacama con el resto del universo. Para mí es como un documental que nació trascendental”, enfatiza Cristóbal Valenzuela.
A ojos de Moreno, la trilogía completa –que integran El botón de nácar (2015) y La cordillera de los sueños (2019)– es “poderosísima”. “Poéticamente muy poderosa, pero también iluminadora respecto de las posibilidades de una narración profundamente personal. Creo que en esas tres películas podemos ver a Patricio en toda su magnitud como autor. Después de una trayectoria enorme, sigue buscando y encuentra una nueva forma cinematográfica. Alcanza una madurez en la que la historia, la memoria, el paisaje, la política, la experiencia personal y la poesía terminan formando parte de una misma mirada”, resalta.
Como confirman anécdotas como la de Bong Joon-ho en Mar del Plata, La batalla de Chile con el paso de los años ha continuado encumbrada como su cinta más universal. “Es una película situada en el corazón de una revolución, testigo en primera fila, y por eso no se puede comparar con nada. Es única y enorme”, subraya la periodista y realizadora audiovisual Pachi Bustos.
“Definitivamente La batalla de Chile es una de las mayores películas realizadas en nuestro país y uno de los grandes documentales políticos de todos los tiempos”, piensa Iván Pinto.

El mismo investigador y crítico de cine agrega: “Hay muchísimos casos de películas que heredaron gran parte de la narrativa de La batalla de Chile, así como la influencia verité en clave militante. Me atrevería a decir que la propia El fondo del aire es rojo (1977), de Chris Marker, está bastante impactada por la situación de Chile y una narrativa coral en clave lucha de clases”.
Isabel Orellana advierte que “la cámara de Jorge Müller y el montaje de Pedro Chaskel marcaron el cine de ficción y experimental. El uso de la voz en off de Guzmán se convirtió en un estilo que muchos imitaron”.
Con una nota de humor, la documentalista Lorena Giachino cuenta que “a algunas amigas o amigos que usan la voz en off les he dicho ‘te patoguzmaneaste con la narración’”. Reconoce, eso sí, que el recurso demanda algo singular. “Él lo convierte en un sello personal. Está en su voz, en cómo narra, en las pausas, los silencios, la precisión de sus palabras, las relaciones que establece, la incorporación de lo íntimo. No es llegar y meterse a un estudio a leer, es algo dificilísimo, e incluso más convertirlo en un sello”, anota, junto con concluir que es una virtud “irrepetible”.
Karin Cuyul, directora que en La vida que vendrá (2025) reunió archivos inéditos a color sobre las movilizaciones sociales de los últimos 50 años de Chile, asegura que “más que la narración en off como recurso, su mayor influencia en mí está en hablar de Chile, pensar en Chile, imaginar a Chile”.
“Está también en la relación del paisaje con la historia, en ubicar las imágenes que hablan de nosotros, de nuestra intimidad y de quienes somos y fuimos. Y cómo todo eso, mediante el recurso oral, en un país que ha vivido un silenciamiento largo, se le da un lugar mediante la palabra”, reflexiona.

Película final y el canon
Al momento de su muerte, Patricio Guzmán estaba trabajando en un nuevo largometraje. De acuerdo a lo que especificó su productora, trataría “sobre el espacio, los viajes en el tiempo y la exploración entre universos”, un tema al que ya se había acercado en Nostalgia de la luz.
Hubo avances significativos: un equipo se trasladó a un observatorio astronómico chileno para registrar imágenes y el plan era que en el corto plazo Guzmán viniera al país para realizar las entrevistas. Alexandra Galvis, su productora en Chile, reveló a Culto que mantuvieron una reunión de trabajo apenas una semana antes de su fallecimiento. En tanto, su hija mayor, Alejandra Guzmán Urzúa, expresó a este medio que estaba “lúcido”, aunque con un estado de salud “muy frágil, muy delicado” que –ella pensaba– volvería difícil su viaje.
Con ese proyecto ahora en un estado completamente incierto, la última cinta de su carrera es Mi país imaginario, su documental sobre el estallido social y la formación y desarrollo de la Convención Constitucional. Su optimismo en torno al proceso –liderado por la izquierda– contrastó con un devenir de acontecimientos que no alcanzó a capturar: se estrenó en Chile unas semanas antes de que la propuesta constitucional fuera rechazada en las urnas.
“Guzmán solo nos mostró a los convencidos del proceso constitucional y no incluyó a su contraparte, como sí hizo en La batalla de Chile y que fue su gran fuerza dramática. Como muchos, no supo estudiar esta nueva insurgencia conservadora, ahora digital y de bots. Pero una película puede equivocarse en el pronóstico y seguir sembrando futuro”, analiza Isabel Orellana.
Para Iván Pinto, “es una película que estaba cifrada en el optimismo del estallido de octubre y su cristalización en un proceso político. Está anclada a las preguntas situadas desde una izquierda que siente que después de mucho tiempo tiene una oportunidad para transformar un estado de situación con la cual no ha estado de acuerdo al menos en los términos en que se estableció durante la transición”.

“En ese sentido, no me extraña que sea una película abiertamente propagandística del estallido y el proceso. Para mí su error tiene que ver más con ese optimismo en el cual era necesario hacer un análisis político más complejo (...) Una vez que falla el proceso, queda inmediatamente presa de la épica propia del estallido. Y prontamente caduca esta mirada y me parece que son otras las películas que hay que mirar sobre el estallido y el proceso, como son El que baila pasa (2023) y Oasis (2024), que están al interior de sus entrañas. Películas que instalan un punto de vista más agudo sobre lo que vivimos”, agrega el también docente.
“Aunque es de las películas menos logradas de su valiosa filmografía, su entusiasmo debe entenderse desde la figura de un hombre octogenario que vio su identidad fragmentada con el quiebre democrático y arrastró con el trauma toda su vida”, estima la crítica y programadora Marisol Águila.
Por su parte, Karin Cuyul entiende ese título como una prolongación de las interrogantes que acecharon a Guzmán durante años. “Esas preguntas no encuentran respuestas aún. Y con Mi país imaginario nos deja abierta la posibilidad de inventar ese país, de no dejar de soñarlo”.
Aunque entre los consultados prevalece cierta cautela en torno al lugar exacto que ocupa el autor de Madrid (2002) en el universo de cineastas locales, su estatura no está en duda.
“Para mí es clarísimo, desde antes de su fallecimiento y hace mucho tiempo, que sus películas son relevantísimas tanto para el cine como para la historia de Chile”, manifiesta Pinto. “A su vez como generador de escuela a través de sus películas pero también de su activismo cultural a través de Fidocs, pienso que es innegable su influencia y impacto”.
Águila comparte su apreciación. “Su legado está inscrito en el canon del cine chileno, porque traspasa épocas y supera períodos históricos pendulares”.
Raúl Ruiz e Ignacio Agüero son otros nombres que surgen al proponer la conversación. Este último, también documentalista de dilatada trayectoria, es destacado por Isabel Orellana “porque desde lo micro ha filmado una poética conmovedora que habla de las heridas actuales de nuestro país”.
“Por el grosor en la manera de contar historias y por un arrojo que me encanta y me emociona siempre. Y por supuesto su humor, que es algo que lo aleja del cine de Patricio. Es un cine solo de Nacho Agüero”, asevera Lorena Giachino, quien menciona en primer lugar a Ruiz y repara en que es un ejercicio que resulta “difícil, porque también tendríamos que honrar a nuestros pioneros y pioneras”.
“Creo que eso lo dirá el tiempo”, dice Cristóbal Valenzuela. “Ruiz y Guzmán fueron directores muy integrales, que vivían por el cine y ahora brillan en el altar de cine chileno”.
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