Guillermo Lorca: “Mis pinturas remiten a los cuentos de hadas; no llevan a un lugar perverso, porque no nacen desde ahí”
El tigre mira al espectador con gesto amenazante. Muestra los colmillos, y la ferocidad de su gesto contrasta con el cuerpo dormido o desvanecido de una niña a su lado. Un perro aúlla, un gato se mueve sigilosamente. En el otro costado de la habitación, una ninfa vestida de blanco levanta la cabeza de un cordero degollado. Desde el piso, un felino la observa y, hacia el fondo, se abre otro cuarto, donde dos perros descansan sobre una cama. Rico en detalles y referencias, y realizado con gran virtuosismo técnico, el cuadro podría ser la imagen de un sueño donde conviven poderosas energías y se tocan la belleza, la inocencia y la violencia.
El cuadro se titula La casa de arena y recibe a los visitantes de la muestra homónima de Guillermo Lorca en el Museo Europeo de Arte Moderno de Barcelona. Abierta hasta fines de septiembre, la exposición reúne 18 obras distribuidas en siete salones del Palacio Gomis, un edificio del siglo XVIII. Las pinturas recorren 15 años de trayectoria del artista y forman una suerte de muestra antológica.
-La casa de arena reúne muchos de los elementos que aparecen a lo largo de la muestra. Los personajes están en un espacio que conduce tanto hacia la luz como hacia la sombra. Está la idea de una casa construida con algo frágil, que puede derrumbarse, pero que al mismo tiempo sigue siendo un hogar -dice el pintor.
Admirador de los artistas del Barroco español y de los simbolistas del siglo XIX, en ese cuadro de grandes dimensiones (2,5 por 3,8 metros) Lorca compone una caja de resonancias donde se esconden numerosas referencias, desde Perseo con la cabeza de Medusa, de Cellini, hasta el arte japonés y los cuentos infantiles.
-No es literalmente una casa de arena, aunque la arena parece salir de las paredes y da la sensación de que todo se está desmoronando. Me interesaba esa idea de fragilidad, de cambio.

Artista de gran dominio técnico, Lorca es autor de un universo de intenso poder visual, sugerente y a menudo inquietante: mundos oníricos habitados por niñas, bestias y figuras míticas.
Tras exponer en el Museo de Bellas Artes en 2014 y en el GAM en 2018, Lorca ha llevado su pintura al Museo Moco de Barcelona y a la Galería Nacional de Sofía, en Bulgaria.
En su nueva muestra incorpora dos pinturas que representan el inicio de un tránsito en su obra: una colorida sirena, envuelta en los brazos de un pulpo, y una bella centauro.
-Son figuras que quería hacer hace tiempo. En algunos cuadros había puesto detalles, pero no figuras principales. Los referentes de las figuras mitológicas están muy ligados al cine o a las ilustraciones de libros de fantasía y tienen una estética que no era lo que yo buscaba. Me costó algunos años encontrar la forma de integrarlas. Son imágenes arquetípicas: un caballo, un pez, un gran felino mezclado con un humano. Es una nueva etapa simbólica, donde los personajes humanos no están escindidos del animal.

El cuadro de la sirena cuelga del techo y, en su parte posterior, el artista exhibe fotografías, dibujos y diseños de su proceso creativo. Allí se ven referencias a Francis Bacon, Chaïm Soutine y antiguas ilustraciones.
—Quería mostrar parte de lo que hay detrás de una pintura: no es simplemente que llega una idea mágica y después estoy pintando como si nada. Hay mucho trabajo previo.
Mundo espiritual
Hijo de la escritora y editora Beatriz García-Huidobro, Guillermo Lorca se formó entre libros de arte, cuentos ilustrados por Doré y animé japonés. Exalumno del pintor noruego Odd Nerdrum, en su panteón se cuentan Velázquez, Rembrandt y Caravaggio.
—De Velázquez, ante todo, aprendí la técnica. De Rembrandt, la intimidad y algo misterioso que tienen sus cuadros. De Caravaggio, las composiciones; de Tiepolo, las composiciones y la belleza. Rubens me encanta: la temática, todo.
Los símbolos están cargados de sentimientos, de cosas fuertes e interesantes. Me interesa jugar con esa magia.
A ellos suma la imaginería de El Bosco y los simbolistas. “Soy bastante racional en mi vida”, dice. “Filosóficamente, me siento más cerca de alguien como Bertrand Russell, pero vivimos en mundos donde ocupamos símbolos que tocan nuestras fibras sensibles. Los símbolos están cargados de sentimientos, de cosas fuertes e interesantes. Me interesa jugar con esa magia”.
¿Qué lo mueve a pintar?
Me mueve ese mundo simbólico. Es como un mundo espiritual, o lo que me queda de “espiritual”, entre comillas. Lo tengo asociado al arte y también, por supuesto, a mi trabajo. El arte es un lugar donde puedo sacar cosas que no podría sacar de otra forma. No sé si llega a ser terapéutico; no creo que sea una cura para la ansiedad o la depresión, pero tal vez puede servir en el proceso. Conectas con algo y también con la gente. Hay algo muy lindo del arte que creo que es lo que me mueve.
Ese mundo simbólico apareció gradualmente en su pintura. Las primeras obras públicas del artista fueron una serie de pinturas de gran formato que se expusieron en la Estación Baquedano. En ellas no había ninfas ni bestias: eran rostros de pasajeros del Metro.
-Quería pintar de forma parecida a las pinturas del Renacimiento, pero en versión gigante. Y quería que los retratados pudieran representar fácilmente la cara de algún chileno o santiaguino.
¿Cómo aparecieron las niñas en su pintura?
Estaba tratando de descubrir qué necesitaba comunicar. Con la técnica podría haber pintado un paisaje o lo que fuera, pero vinieron a mí mis tótems; no los elegí tanto. La niña estaba muy asociada a esta especie de ánima que yo andaba buscando, que quería que me acompañara. Su figura se transformó en una suerte de espíritu que acompaña a los otros espíritus. Es una suerte de animismo, como en las religiones más antiguas: la época de los espíritus del bosque. Los míos vienen de aquello con lo que me crié, de lo que vi de niño.
¿Sus cuadros se pueden leer como los viejos cuentos infantiles, donde la infancia parece rodeada por un mundo salvaje que puede ser amenazante o protector?
Totalmente. En Hansel y Gretel pasan cosas sobre las cuales uno no se hace preguntas. Ocurren en un mundo coherente dentro de su extrañeza y después dejan sensaciones difíciles de dilucidar. Hay un libro buenísimo de Bruno Bettelheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Hace un desglose de lo que podrían significar desde un psicoanálisis medio mágico o esotérico. El análisis que hace de Hansel y Gretel es oro puro.
Los cuadros hablan de muchas cosas; en ningún punto intentan ser eróticos. Algunos pueden tener algún cruce, pero ante todo citando la historia del arte.
Ha dicho que en las fantasías infantiles está la idea de ser comido o devorado y que eso se conecta con la sexualidad.
Hay un cruce entre los impulsos más fuertes que tenemos como humanos y como especie animal. La muerte —rehuirla o tener que matar para alimentarse— es uno de los impulsos más fuertes, junto con la reproducción. Ahí están la sexualidad y el erotismo. También pondría la crianza entre los impulsos fundamentales. Recuerdo que el acto de que algo te devorara, o de que devoraran a un personaje de dibujos animados con el que uno se identificaba, era distinto de que simplemente lo mataran. Producía una incomodidad que después asocié a lo sensual, a lo erótico. Creo que ahí hay un punto de inflexión. El organismo humano tiene esa complejidad, porque puede hacer mezclas creativas.
Guillermo Lorca agrega que “los cuadros hablan de muchas cosas; en ningún punto intentan ser eróticos. Algunos pueden tener algún cruce, pero ante todo citando la historia del arte. De adulto uno tiene la mente más ordenada: sabe lo que le gusta y lo que no; conoce sus miedos específicos. Pero en la infancia no: todo es una especie de desorden gigante y de ahí uno puede sacar cosas interesantes para la imaginación. Yo saco mucho de esos recuerdos”.
En La cama inglesa no sabemos si el animal protege a la chica o se la va a comer.
No se sabe. Los felinos lamen a sus presas, pero también a sus crías. Su actitud es prácticamente igual. En el cuadro, su postura de acecho está más asociada al espectador. Esta chica —que en realidad tenía 24 años— posee cierta fragilidad. Los dos miran al espectador; hay complicidad, porque están dentro de ese mundo. Pero esa tensión no se va a resolver, porque yo tampoco sé cómo se resuelve.
También se suele conectar su pintura con Balthus. ¿Reconoce esa relación?
No tanto como podría parecer. Me gusta mucho más Paula Rego, que sí es un referente principal. Creo que entro a lo simbólico más desde lo femenino. Mi inspiración principal viene de Pubertad, de Edvard Munch, un cuadro precioso, muy fuerte y triste, que veía desde niño en un libro de mi mamá.
En Balthus hay una sensualidad de las figuras adolescentes. ¿Reconoce algo de eso en su pintura?
En algunos cuadros puede haber algo. Balthus es mucho más directo: hay una tensión erótica muy explícita, una especie de iniciación erótica. Lo interesante es que parece ponerse en el lugar de sus personajes, que su erotismo nace también de imaginar cómo sería él mismo siendo esa adolescente. Por eso su obra resulta poderosa.

Hace algunos años hubo intentos de cancelarlo.
Sí, pero en esa época intentaban cancelar todo lo que se moviera. Muchas personas tienen un impulso destructivo muy fuerte, producto de distintas frustraciones personales. Cuando aparece la oportunidad de castigar públicamente a alguien porque supuestamente hizo algo malo, la aprovechan. Disfrutan esa destrucción. Eso no tiene nada de nuevo: es parte de la condición humana.
La cultura de la cancelación me parece una bajeza incivilizada, un retroceso.
¿Qué piensa de la cultura de la cancelación?
La cultura de la cancelación me parece una bajeza incivilizada, un retroceso. Puede haber existido una buena intención inicial. Había conductas que era necesario cuestionar, como ciertos abusos de poder en Hollywood. Pero después las funas se pasaron de rosca. Es volver al linchamiento antiguo: no hay proceso racional ni reflexión; simplemente se juzga movido por el odio. Creo que ya estamos saliendo de eso, porque la gente terminó cansándose. Al final no se puede hacer humor, no se puede hacer nada.
¿Estamos ante un neopuritanismo en el arte?
Ese puritanismo apareció desde varios lugares. Está el puritanismo tradicional de derecha, el de toda la vida, aunque ahora venga con un discurso distinto, menos religioso y mezclado con una especie de falso estoicismo. Hoy la palabra “estoicismo” se usa muchas veces como un significante vacío, mezclada con discursos sobre el éxito y sobre recuperar antiguos roles. Al final es el conservadurismo de siempre, expresado con otro lenguaje. Y, por otro lado, apareció un puritanismo muy fuerte desde ciertos sectores de la izquierda: lo que se ha llamado el wokismo. Esa lógica funadora me parece una forma muy fea de ejercer poder y controlar a los demás. Me carga.
Para el artista, “esa forma de censurar no tiene nada que ver con el liberalismo de derecha, como tampoco el wokismo tiene mucho que ver con la tradición liberal de la izquierda. El fenómeno comenzó en algunos sectores de la izquierda estadounidense y después generó una reacción de la derecha alt-right, que también empezó a pasarse de la raya”.

¿Ha enfrentado comentarios censuradores o intentos de cancelación?
Un poco, pero sobre todo son trolls. No son tantos, pero aparecen cuentas falsas en Instagram. La mayoría de los intentos de funa vienen de cuentas falsas. Pero me siento tranquilo con mi trabajo. Le he puesto cariño y honestidad. Aunque algunos temas puedan generar tensión, la mayoría entiende desde dónde vienen las pinturas. Creo que se percibe que remiten a la infancia, a los cuentos de hadas, a ese mundo simbólico. No llevan a un lugar perverso, porque no nacen desde ahí. Por eso tampoco les tengo miedo a los funadores.
No busco perturbar. Lo que sí me interesa es que haya emoción en mi pintura.
Además de la belleza y el virtuosismo técnico, suele decirse que su obra es inquietante o perturbadora. ¿Es un efecto que busca?
No busco perturbar. Lo que sí me interesa es que haya emoción en mi pintura, que exista una conexión. Ojalá también un ejercicio intelectual, si el espectador logra reconocer algunas referencias. Quien conoce más historia del arte probablemente encontrará más capas y verá cómo dialogan distintas imágenes entre sí. Pero, sobre todo, me interesa que sea un desafío emocional e intelectual.
¿Está viviendo un momento de consagración?
En cierto sentido podría decir que sí, pero al mismo tiempo me siento completamente en la lucha. Tengo la sensación de estar en medio de la tormenta. Ahora que volvió a ponerse de moda La Odisea, diría que todavía no veo Ítaca tan cerca. Más bien siento que sigo navegando en plena tormenta, perdiendo a gran parte de mis hombres. Siento que todavía lo estoy peleando. Y todavía tengo energía para hacerlo. Vamos a seguir peleándolo un buen rato.
¿Y coincide con una nueva etapa de su obra?
Tengo varias ideas nuevas, mucho más asociadas a ese mundo mítico. He ido pasando un poco desde los cuentos hacia los mitos. No de una manera completamente radical, pero quiero trabajar más con criaturas, personajes y lugares que vienen de ese universo. Tampoco voy a dejar de ser yo mismo. Pero siento que voy a explorar territorios que antes no exploraba, siempre dentro de una línea que sigue siendo la mía. Y eso me tiene muy entusiasmado.
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