Ayotzinapa: una historia que doce años después aún no concluye
Familia de médico forense detenido este año cuestiona cómo su labor en esos días es ahora un elemento para responsabilizarlo de la desaparición de los estudiantes

▲ Los cuerpos de los normalistas Daniel Solís Gallardo y Julio César Ramírez quedaron en un camino de Iguala, Guerrero, el 27 de septiembre de 2014.Foto La Jornada

▲ El normalista de Ayotzinapa Édgar Andrés Vargas (derecha), quien sobrevivió a los ataques la noche del 26 de septiembre y la madrugada del 27 del mismo mes de 2014.Foto La Jornada
Sergio Ocampo Arista
Corresponsal
Periódico La Jornada
Lunes 28 de septiembre de 2026, p. 25
Iguala, Gro., Un sobreviviente reconstruye las horas de aquella noche en Iguala. En otra parte de la misma historia, la familia del médico forense Julio César Valladares Baranda, detenido este año, cuestiona la acusación en su contra y pide que se esclarezca qué ocurrió con su trabajo y con los cuerpos que llegaron al Servicio Médico Forense (Semefo). Dos relatos distintos que vuelven sobre una historia que, 12 años después, no ha terminado.
Ulises Martínez Juárez tenía previsto regresar a su casa en Tixtla el 26 de septiembre de 2014 en la noche. Había terminado sus gafetes y preparado los materiales que utilizaría para sus prácticas docentes. Era estudiante de tercer grado de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, integrante de la generación 2012-2016, y no tenía contemplado viajar a Iguala.
Una llamada telefónica hizo que permaneciera unos minutos más en la normal. Aquella decisión lo convirtió en uno de los sobrevivientes de la noche en que seis personas fueron asesinadas y 43 estudiantes desaparecieron.
Días antes del 26 de septiembre, la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México había realizado una reunión para preparar la participación de las normales rurales en la marcha del 2 de octubre. Ayotzinapa recibiría a alumnos de 17 normales rurales y era necesario conseguir autobuses. Algunos jóvenes habían advertido que retirar a buena parte de la base estudiantil implicaba un riesgo, pues conseguir alrededor de 30 autobuses no sería sencillo. Ulises cursaba el tercer grado y tenía programadas sus prácticas docentes en Coyuca de Benítez.
La tarde de aquel viernes la normal comenzó a vaciarse. Ulises permanecía en su dormitorio con dos compañeros de cuarto grado, entre ellos Gerardo Torres, quien había vivido la represión del 12 de diciembre de 2011. Conversaban, escuchaban música de José de Molina y preparaban sus actividades.
Cerca de las 17 horas escucharon que algunos autobuses y alumnos comenzaban a concentrarse en el estacionamiento. Pensaron que irían a Chilpancingo por autobuses. Ya sabían que durante la mañana había ocurrido un altercado con policías estatales y federales que habían impedido que los estudiantes tomaran algunos vehículos, pero nadie imaginaba todavía que aquella salida terminaría en una persecución y en una serie de ataques armados.
A las 19 horas, Ulises terminó sus gafetes. Le dijo a Gerardo que regresaría a Tixtla. Entonces supo que sus compañeros habían tomado rumbo a Iguala. Poco después recibió la llamada de quien entonces era su novia y decidió permanecer en la normal mientras hablaba con ella. Como era de Tixtla, calculaba que estaba a unos 10 minutos de su casa y no tenía prisa.
Entre las 20:30 y 21 horas comenzaron los golpes en las puertas y los llamados para que los jóvenes se concentraran. La información llegaba fragmentada: la policía había baleado a los normalistas, había compañeros detenidos y circulaba la versión de que había un muerto: Aldo Gutiérrez Solano, quien había recibido un disparo y después quedó en estado vegetativo. Los estudiantes decidieron organizarse para acudir a Iguala.
La primera Urban salió cerca de las 21:20. Ulises partió unos cinco minutos después, pero el vehículo se detuvo a cargar gasolina a las afueras de Tixtla. Ese retraso sería significativo porque la primera Urban llegó antes a Iguala y no encontró el mismo escenario que la segunda.
En el vehículo de Ulises viajaban entre 20 y 25 personas, aunque tenía capacidad para unas 15. Durante el trayecto intercambiaban llamadas y mensajes para conocer lo que sucedía. Sabían que había ocurrido una represión, que había un muerto y algunos compañeros no respondían sus teléfonos, pero desconocían todavía la dimensión de los hechos.
Relámpagos sobre la ciudad
Desde la carretera, Ulises recuerda los relámpagos sobre Iguala y la impresión de que sobre la ciudad caía un fuerte aguacero. También le llamó la atención que prácticamente no hubiera automóviles circulando por la carretera federal, algo que le pareció extraño porque normalmente era una vía transitada.
Cerca de Iguala, Gerardo volvió a comunicarse con él para informarle que su hermano Alejandro estaba en el cerro. Habían logrado escapar porque la policía les había disparado. Ulises pensaba que sus compañeros se habían concentrado en un mismo punto y esperaba encontrarlos al llegar. Antes de entrar a Iguala apareció una camioneta roja de unas tres toneladas atravesada en el camino. Al principio pensaron que sería un bloqueo o un accidente. Cuando el conductor disminuyó la velocidad observaron hombres armados a un costado de la carretera. Les gritaron que se detuvieran mientras levantaban las armas.
El conductor preguntó qué debía hacer y los estudiantes le indicaron que continuara. Ulises cerró los ojos porque pensó que podían dispararles. La Urban consiguió atravesar el bloqueo. Después llamó a su padre, quien formaba parte de un grupo de autodefensas.
Al conocer lo que estaba ocurriendo, alrededor de 30 integrantes del grupo conocido como La Patria es Primero intentaron acudir armados para apoyar a los estudiantes. Tenían camionetas y pretendían trasladarse a Iguala, pero finalmente no salieron debido a las noticias sobre las balaceras y al riesgo que representaba la situación.
Al entrar a Iguala, los estudiantes encontraron un autobús Estrella de Oro cerca del Puente del Chipote y del Palacio de Justicia. Tenía las cajuelas abiertas, los vidrios rotos y señales de haber sido atacado. Había piedras, ramas y otros rastros de la agresión. Preguntaban por los demás autobuses y recibían información de que estaban por Pemex o cerca de la Bodega Aurrerá.
En el camino observaron a unos hombres, pero no pudieron detenerse. Dieron la vuelta para buscarlos y ya no estaban. Después supieron que se trataba del grupo de Gerardo y su hermano. Según lo que les contaron, los compañeros habían visto pasar la Urban y poco después una camioneta de Protección Civil acompañada por policías llegó al lugar y comenzó a dispararles, por lo que regresaron al cerro.
Los estudiantes preguntaron a varios taxistas cómo llegar a la Bodega Aurrerá o a Pemex, pero se negaron a llevarlos. Les dijeron que la zona era muy peligrosa y tenían prohibido acudir. Una mujer que vendía elotes en el centro les indicó que siguieran por la calle Juan N. Álvarez, donde encontrarían a sus compañeros. Les advirtió que estaban muy mal.
Cuando llegaron vieron los autobuses baleados y a los estudiantes llorando. Algunos habían colocado piedras alrededor de los casquillos para señalar dónde habían caído y evitar que fueran movidos. Ulises intentó tranquilizarlos y les dijo que ya habían llegado para apoyarlos. Sin embargo, reconoce que aún no alcanzaba a comprender la dimensión de lo que aquellos compañeros habían vivido.
Había conocido represiones anteriores, golpes y empujones durante movilizaciones y recordaba la represión de 2011, cuando los estudiantes fueron dispersados a balazos. Pero aquella noche era distinta.
Por primera vez, dice, había visto disparos directos a corta distancia. Subió a uno de los autobuses y encontró rastros de sangre, una credencial y playeras. Los estudiantes comenzaron a reconstruir lo sucedido y a tratar de determinar cuántos compañeros podían estar detenidos.
Pasaron las 22 horas, las 23, las 23:30 y llegó la medianoche. Las balaceras continuaban alrededor de Iguala y circulaban versiones sobre el autobús del equipo de futbol tercera división Los Avispones, la autopista y un taxista. Los estudiantes esperaban que llegaran peritos o el Ministerio Público para investigar lo sucedido.
Cerca de las 0:20 horas comenzaron a discutir si debían permanecer toda la noche en el lugar. Algunos querían quedarse para vigilar los autobuses porque temían que durante la madrugada se los llevaran o que se alteraran las evidencias. Finalmente decidieron realizar una rueda de prensa y después trasladarse a la Normal de Iguala.
Ulises decidió participar en la rueda de prensa para contar lo que habían visto durante el trayecto. Mientras caminaba hacia el lugar volvió a observar el sitio donde había caído Aldo y sacó su teléfono para tomar una fotografía. Poco después, según su relato, observó a dos hombres descender de un vehículo. Los describe como posibles sicarios, aunque reconoce que no puede asegurar quiénes eran.
Uno se colocó en posición de tiro y comenzaron los disparos contra las personas reunidas en la rueda de prensa. Ulises quedó paralizado durante unos instantes. Una reportera tropezó con él y ese movimiento lo hizo reaccionar. Entonces pidió a los presentes tirarse al suelo y se refugió detrás de la primera llanta de un autobús. Calcula que inicialmente había entre 100 y 150 personas, pero después del ataque quedaron unas 25.
Julio César Ramírez Nava y Daniel Solís se encontraban cerca de un poste. Ulises recuerda que todavía estaban de pie cuando comenzaron los disparos y fue en ese ataque cuando cayeron. Después escuchó una ambulancia y encontró a Édgar herido. El disparo le había destrozado parte de la mandíbula. Ulises lo sentó y también tomó una foto.
Después revisó las imágenes de su teléfono. La fotografía del lugar donde había caído Aldo estaba registrada a las 0:30:31, mientras la de Édgar aparecía registrada a las 0:36:35. A partir de esos registros, Ulises calcula que entre ambos momentos transcurrieron cinco o seis minutos y sitúa la muerte de Julio César y Daniel entre las 0:30 y las 0:35 horas. Los heridos fueron trasladados al Hospital Cristina.
En éste esperaban atención médica, pero Ulises recuerda que las enfermeras se retiraron y posteriormente regresaron porque, según les dijeron, no podían salir debido a que la zona estaba bloqueada. El lugar parecía estar cercado. Ulises subió con Omar a la parte superior del hospital. Comenzó a lloviznar y decidieron bajar. Los estudiantes estaban distribuidos en los tres pisos cuando comenzaron a escuchar que había llegado el Ejército.
Uno de los compañeros, conocido como Gomita y originario de Iguala, estaba tan atemorizado que intentó saltar hacia una casa contigua. Ulises recuerda que el joven estaba convencido de que los militares los matarían. Él, en cambio, pensaba que llevarlos a un cuartel podía significar mayor seguridad. Finalmente logró sujetarlo del brazo y evitar que saltara.
Los soldados ordenaron a los estudiantes bajar con las manos en la cabeza. Ulises recuerda que había elementos apostados en las divisiones de las escaleras y que fueron haciendo descender a los jóvenes.
Los estudiantes intentaron explicar que había compañeros heridos y pidieron que fueran atendidos. Según su relato, los militares minimizaron las lesiones y posteriormente tampoco recibieron atención médica inmediata. Los alumnos fueron informados de que llegarían policías municipales porque existía una denuncia por allanamiento.
Policías les dispararon
Ellos respondieron que habían sido precisamente policías quienes les habían disparado. Según Ulises, los efectivos castrenses respondieron que no tenían conocimiento de lo ocurrido. Fue entonces cuando, según su testimonio, les dijeron que los cuerpos que se encontraban afuera eran de sus compañeros y que podían terminar de la misma manera. En ese momento supieron que entre los muertos estaban Daniel Solís y Julio César Ramírez Nava.
Al reconstruir posteriormente quiénes participaron en los ataques, Ulises establece una diferencia entre los hombres que encontró durante el bloqueo y quienes dispararon durante la rueda de prensa. De los primeros recuerda que portaban chalecos, radios, armas, botas e insignias que podían distinguirse en la oscuridad, aunque no pudo determinar si pertenecían a la Policía Federal, Estatal o Municipal.
Sobre los hombres que dispararon durante la rueda de prensa, afirma que iban vestidos de negro y él observó a dos, aunque Édgar, quien pudo verlos mejor, posteriormente le dijo que eran tres. Ulises reconoce que no puede asegurar si eran sicarios o policías.
Los militares se retiraron aproximadamente a la una o una y media de la mañana. Los cuerpos continuaban en el lugar. Édgar fue llevado al hospital y Ulises salió con otros compañeros para buscar refugio. Se trasladaron a una casa humilde de adobe con ayuda de Dania, una estudiante del CREN que se arriesgó a llevarlos en su automóvil.
Entre las 5 y las 6 de la mañana comenzaron nuevamente las comunicaciones. Ya había llegado la Policía Ministerial y también comenzaban a concentrarse reporteros. Los estudiantes fueron trasladados hacia la Procuraduría de Iguala. En el camino pasaron nuevamente frente a los autobuses. Los cuerpos seguían ahí; ya había amanecido y el lugar estaba acordonado.
Los estudiantes comenzaron a rendir declaraciones. Ulises recuerda a los compañeros de primer grado llorando y al resto desconcertado ante una situación que ninguno había vivido anteriormente. Después comenzó a circular la fotografía de Julio César, a la que los estudiantes se referían como “la foto del chilango”. Le pidieron acompañar a Aldo y Édgar, quienes serían trasladados a Ciudad de México, pero finalmente permaneció en el hospital acompañando a los heridos.
Fue entonces cuando, para Ulises, comenzó “la verdadera noche”. Los compañeros no estaban. Los estudiantes acudieron a las instalaciones de las policías Federal, Ministerial, Municipal y la PGR para buscarlos. No los encontraron. Según Ulises, en esas instalaciones pudieron entrar, pero el Ejército no permitió que los alumnos ingresaran al 27 Batallón de Infantería.
Ulises permaneció unos cuatro días en la clínica con los heridos. Llegaron los familiares y se despidió de Aldo, Édgar, Maldonado y otros compañeros. Cuando regresó a Tixtla llevaba una playera de la Universidad Autónoma de Guerrero y una gorra. Tenía miedo. Lo primero que encontró fueron madres de familia que se acercaban para preguntarle por sus hijos. Él sólo podía responder con lo que sabía. Algunos compañeros estaban localizados en determinados hospitales, pero desconocía el paradero de los demás.
Para Ulises, aquella noche no culminó con el amanecer del 27 de septiembre. Tampoco terminó cuando regresó a Tixtla ni cuando egresó de Ayotzinapa. Dice que sigue pensando en sus compañeros y en las familias que continúan buscándolos. También piensa que pudo haber sido uno de ellos y se pregunta cómo habría quedado su propia familia si hubiera desaparecido.
“El Ejército tiene responsabilidad”
Con el paso de los años, el recuerdo de aquella noche también se convirtió para Ulises en una interpretación sobre las obligaciones de las autoridades. Sostiene que el Ejército tiene responsabilidad y habla de su capacidad para encubrir información, además de mencionar a distintos mandos militares y funcionarios de Guerrero.
Sin embargo, esas afirmaciones corresponden a las conclusiones y opiniones que ha construido después de los hechos y no a situaciones que afirme haber presenciado directamente aquella noche. También recuerda que durante su estancia en Ayotzinapa existía la percepción de que el gobierno vigilaba y se colaba en actividades de la normal, pero cuando se le pregunta específicamente sobre la presencia de un militar infiltrado reconoce que no sabía que hubiera un elemento del Ejército dentro de la escuela.
Para Ulises, Ayotzinapa fue un parteaguas en la historia reciente de las desapariciones en México. Pero su memoria de aquella noche no se queda únicamente en una explicación política. Se concentra en lo que vio: los autobuses baleados, la sangre, los compañeros llorando, Édgar herido, Julio César y Daniel antes de caer, los cuerpos bajo la lluvia, los militares en las escaleras del hospital y las madres que días después preguntaban por sus hijos.
Doce años después, dice, la noche del 26 de septiembre no ha terminado. No terminó cuando amaneció en Iguala, ni cuando regresó a Tixtla, ni cuando dejó la normal para convertirse en maestro. Sigue presente en los padres que continúan preguntando por sus hijos y en los sobrevivientes que todavía reconstruyen lo ocurrido. “Yo pude haber sido uno de ellos”, recuerda.
Aquella misma noche, mientras Ulises y sus compañeros recorrían Iguala en busca de los normalistas que no aparecían, otra historia comenzaba dentro del Semefo. Allí llegaron los cuerpos derivados de los ataques. Entre quienes trabajaron durante aquella madrugada estaba el médico forense que, 12 años después permanece detenido y cuya familia cuestiona la acusación en su contra.
Nueva etapa de la investigación
La nueva etapa de la investigación sobre Ayotzinapa ha vuelto a colocar a Iguala, al Semefo y a las funerarias de la ciudad en el centro de las pesquisas. Para la familia del médico Julio César Valladares Baranda, esa investigación ha terminado por señalar a un hombre que, aseguran, durante los 12 años posteriores a los hechos continuó trabajando y colaborando con las autoridades cada vez que fue requerido.
La esposa del médico no conoció aquella noche únicamente por lo que él le contó después. Estuvo con él. En aquel entonces vivían con la madre de él y tenían una hija pequeña. Cuando el médico recibió información de que algo había ocurrido en la ciudad y que podían llegar numerosos cuerpos al Semefo, decidió acudir para apoyar al médico que se encontraba de guardia. Ella lo acompañó y dejaron a la niña al cuidado de su abuela.
Cuando llegaron, el lugar ya estaba lleno. Había elementos de Marina y Sedena, policías, periodistas, personal de la fiscalía y peritos. Con el paso de las horas llegaron más personas. El trabajo se distribuyó entre quienes estaban ahí: unos realizaban fotos, otros tomaban muestras, examinaban las ropas o realizaban las labores periciales correspondientes, mientras los médicos efectuaban las necropsias.
La esposa recuerda que una necropsia normalmente podía durar entre una hora y una hora y media, pero aquella noche el trabajo se prolongó mucho más. Cada lesión debía ser examinada, medir su profundidad y extensión y dejar constancia de sus características. El médico no trabajaba solo, insiste la familia. Había otros especialistas y personal pericial en las instalaciones.
La documentación que se generó aquella noche, explican las mujeres, fue entregada a las autoridades correspondientes, recibida, sellada y cotejada. La esposa asegura que ninguno de los dictámenes realizados por su marido durante aquellos hechos fue posteriormente señalado como incorrecto por alguna autoridad o por otro médico.
Ese recuerdo es uno de los puntos desde los que la familia cuestiona la nueva acusación. La pregunta que plantean es cómo el trabajo realizado aquella noche, frente a otros peritos y autoridades, puede convertirse ahora en un elemento para responsabilizar al médico de la desaparición de los estudiantes.
La esposa conoce el funcionamiento de ese trabajo de cerca. Estudió la carrera de técnico paramédico y posteriormente medicina, por lo que, además de ser esposa del médico detenido, ha acompañado durante años su trayectoria profesional. Por eso insiste en una diferencia que considera fundamental dentro de la acusación: el médico forense no trabaja de manera aislada ni decide qué ocurre con un cuerpo una vez que éste llega al Semefo.
Según explicó, existe un protocolo. El Ministerio Público y la Fiscalía intervienen en la recepción de los cuerpos y solicitan la participación del Semefo para realizar la necropsia. El trabajo del médico consiste en establecer la causa de muerte, mientras la identificación de la persona requiere otros procedimientos y la intervención de diferentes especialistas.
Antropología forense, odontología forense y genética forman parte de esos procesos de identificación, explica la familia. “Al médico forense le corresponde nada más identificar la causa de muerte; no le corresponde hacer la identificación del cuerpo”, señala la esposa.
Las familiares también cuestionan que se pretenda atribuir al médico responsabilidad por la cadena de custodia. De acuerdo con su explicación, esa labor corresponde a las autoridades que llevan la investigación y no al médico forense como responsable único del procedimiento. La familia sostiene que esas funciones se están mezclando dentro de la acusación.
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.