En 1971, un astronauta llevó 500 semillas hasta la Luna. Medio siglo después son árboles gigantes repartidos por la Tierra

En 1971, cuando la NASA preparaba el Apollo 14, alguien decidió aprovechar el viaje para enviar hasta la Luna un cargamento bastante más extraño que cualquier instrumento científico: cientos de semillas de árboles. Viajaron hasta allí, dieron 34 vueltas alrededor de nuestro satélite y regresaron a la Tierra después de sobrevivir incluso a un accidente que hizo pensar que habían quedado destruidas. Más de medio siglo después, aquella diminuta carga se ha convertido en algo enorme.
Semillas rumbo a la Luna. La idea nació de una colaboración entre la NASA y el Servicio Forestal de Estados Unidos. Stuart Roosa, piloto del módulo de mando del Apollo 14, había trabajado como smokejumper, uno de los bomberos forestales que se lanzaban en paracaídas para combatir incendios en zonas remotas, y el Servicio Forestal propuso aprovechar su viaje para enviar semillas al espacio.
Se eligieron cinco especies: pino taeda, sicómoro americano, liquidámbar, secuoya costera y abeto de Douglas, mientras otros lotes idénticos permanecieron en la Tierra para poder compararlos después.
34 vueltas alrededor. Las semillas despegaron el 31 de enero de 1971 dentro de un pequeño recipiente metálico guardado en el equipaje personal de Roosa. Cinco días después, Alan Shepard y Edgar Mitchell descendieron hasta la superficie lunar mientras su compañero permanecía en el módulo de mando Kitty Hawk, desde donde completó 34 órbitas alrededor de la Luna con aquel pequeño bosque potencial a bordo.
Las semillas, por tanto, nunca pisaron la superficie: llegaron hasta la Luna, la rodearon repetidamente y emprendieron el viaje de regreso.
Recorte de la edición de septiembre de 1977 del boletín *Goddard News*, del Centro de Vuelo Espacial Goddard
El accidente. El momento más peligroso para las semillas no ocurrió en el espacio, sino después del amerizaje. Durante los procedimientos de descontaminación, una diferencia de presión provocó que sus bolsas se abrieran y el contenido quedara disperso y expuesto al vacío, hasta el punto de que inicialmente se pensó que el experimento se había perdido.
Stanley Krugman, genetista del Servicio Forestal responsable del proyecto, recuperó las semillas y las envió a instalaciones de Mississippi y California, donde muchas terminaron germinando con normalidad.
Árbol Lunar del Bicentenario, plantado en 1975 en Washington Square, Filadelfia
Árboles gigantes. A mediados de los años 70, los pequeños árboles comenzaron a distribuirse por Estados Unidos, especialmente durante las celebraciones del bicentenario de 1976. Acabaron plantados en centros de la NASA, universidades, parques y otros espacios públicos.
Uno llegó a los jardines de la Casa Blanca y otros viajaron a países como Brasil y Suiza, además de regalarse un ejemplar al emperador de Japón. El viaje espacial no produjo árboles mutantes ni diferencias apreciables frente a los ejemplares de control que nunca abandonaron la Tierra: lo extraordinario no estaba en cómo crecían, sino en dónde habían estado antes de germinar.
El astronauta Stuart A. Roosa fue el piloto del módulo de mando de la misión de alunizaje del Apolo 14. En 1971, cientos de semillas de árboles fueron incluidas en su kit personal como parte de un proyecto conjunto de la NASA y el USFS
La NASA les perdió la pista. Sin embargo, había un problema: nadie elaboró un inventario completo de dónde terminaba cada Moon Tree. Con los años, algunos ejemplares murieron, desaparecieron placas y la historia cayó en tal olvido que incluso trabajadores veteranos de la NASA desconocían el proyecto.
En 1996, una profesora de Indiana llamada Joan Goble encontró junto a sus alumnos un árbol identificado como “Moon Tree” y preguntó a la agencia qué significaba aquello, lo que llevó al científico David Williams a reconstruir su historia mediante archivos, noticias antiguas y avisos del público hasta localizar decenas de ejemplares.
Recuperar el inventario. Los árboles supervivientes son en la actualidad monumentos vivos del programa Apollo y algunos incluso han producido una segunda generación mediante semillas y esquejes. En 2022, la NASA recuperó la idea enviando nuevas semillas alrededor de la Luna a bordo de Artemis I, cuyos plantones comenzaron posteriormente a repartirse entre colegios, museos, universidades y otras instituciones.
Así, más de medio siglo después, el experimento había cerrado un círculo de lo más peculiar: lo que en 1971 eran cientos de semillas guardadas en el equipaje de un astronauta acabaron convirtiéndose en árboles adultos repartidos por la Tierra, mientras sus sucesores acaban de repetir el mismo viaje.
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