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Saturday, October 17, 2026

Cáncer de mama: la otra cara de la quimioterapia

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Erika Salas (49) fue diagnosticada con cáncer de mama a finales del año pasado. El diagnóstico fue devastador: cinco tumores y un cáncer de mama triple negativo, uno de los más agresivos. Comenzó entonces un tratamiento que combina inmunoterapia y quimioterapia. “Después de la primera quimioterapia me sentí súper débil y se me inflamó el hígado. Después se me empezó a irritar la piel y apareció una especie de alergia en los brazos. La inflamación del hígado continuó y tuvieron que darme corticoides para disminuirla, pero los corticoides me alteraban muchísimo y me provocaban insomnio”, cuenta.

Una encuesta realizada a nivel nacional por el Observatorio Nacional del Cáncer junto al laboratorio Grünenthal, tomó la experiencia de 230 pacientes oncológicos para dimensionar esta realidad, de los cuales 42,6% se encuentran en tratamiento por cáncer de mama. Entre los principales hallazgos, el 96% reportó fatiga; el 76%, dolor; el 75%, diarrea o estreñimiento; el 74%, hormigueo, y el 64%, náuseas.

Pero uno de los resultados más relevantes es la acumulación de síntomas: el 83% de los participantes manifestó experimentar cuatro o más efectos adversos al mismo tiempo, mientras que el 46% reportó seis o más. La muestra estuvo compuesta por 180 mujeres, equivalentes al 78,3% de los encuestados, y 47 hombres que corresponden al 20,4%.

Juan Pablo Miranda, oncólogo de la Universidad de Chile, explica que “la quimioterapia actúa contra las células del cáncer, pero también puede afectar el funcionamiento de distintos sistemas y órganos. Por eso sus efectos no se limitan a una sola parte del cuerpo”. El especialista señala que algunos medicamentos utilizados en la quimioterapia pueden afectar los nervios periféricos, especialmente los de las manos y los pies, provocando hormigueo, adormecimiento o dolor. Esta condición se conoce como neuropatía periférica y puede interferir con actividades cotidianas.

Las náuseas y los vómitos, en tanto, se producen cuando el tratamiento activa señales entre el aparato digestivo y el cerebro. La fatiga, por su parte, suele tener un origen multifactorial: puede estar relacionada con el propio cáncer, los efectos del tratamiento, la anemia, las alteraciones del sueño o las dificultades para alimentarse adecuadamente.

“Las náuseas y los vómitos inducidos por quimioterapia, especialmente cuando no están bien controlados, tienen un impacto desproporcionado sobre la calidad de vida. No son un efecto adverso menor”, señala Miranda. La dificultad para comer y beber puede provocar deshidratación, pérdida de peso y deterioro nutricional.

Prevenir antes de que aparezcan

Erika cuenta que, antes de comenzar su tratamiento, el equipo médico le advirtió de los síntomas que podían aparecer. “Yo tenía mucho miedo, sobre todo a la diarrea, porque pensaba que si ya iba a estar débil por la quimioterapia, eso podía hacerme sentir todavía peor. Pero finalmente me ocurrió lo contrario: me dio constipación. Nunca en mi vida me había pasado y es súper incómodo”, recuerda.

Sin embargo, desde el comienzo de su tratamiento se le indicaron medicamentos para contrarrestar estos efectos adversos: “Hasta el ciclo en el que estoy ahora no he vomitado. Para mí ha sido fantástico”. Uno de los datos de la encuesta señala que 93,5% de los participantes recibió antieméticos, medicamentos utilizados para prevenir o tratar las náuseas y los vómitos, pero los síntomas persistieron.

El doctor Miranda explica que esto se debe a que “recibir un antiemético no siempre equivale a contar con toda la protección que se necesita. Algunas quimioterapias requieren varios medicamentos y cobertura durante los días posteriores a la sesión”. El control de estos síntomas requiere seguimiento y ajustes según el tratamiento y la respuesta de cada paciente. “Si persisten las molestias, es necesario revisar sus posibles causas y ajustar el plan, no asumir que el paciente debe soportarlas”, plantea Miranda. Y agrega: “es de suma importancia una adecuada relación entre los pacientes y los equipos tratantes, de manera de poder informar los síntomas y tratarlos a tiempo antes de que se conviertan en una complicación mayor”.

Por otro lado, es importante tener en cuenta que la experiencia de los primeros ciclos también puede influir en los siguientes. Daniel Riveros, psicólogo clínico y psicooncólogo de Clínica Bupa Santiago explica que, cuando una persona ha tenido náuseas intensas o vómitos difíciles de controlar, puede comenzar a sentir temor antes de volver al hospital. En algunos casos, incluso puede experimentar náuseas anticipatorias al pensar en la quimioterapia, percibir ciertos olores o llegar al lugar donde recibe el tratamiento. “Es una respuesta condicionada. Se trata y, sobre todo, se previene controlando bien las náuseas desde el primer ciclo”.

Todo lo anterioro muestra que el manejo de los efectos adversos es una parte central de la atención oncológica. “Que una molestia sea frecuente durante la quimioterapia no significa que siempre sea inofensiva. Debe comunicarse cuando aumenta, no mejora con las indicaciones recibidas o dificulta actividades básicas, como comer, beber, caminar o dormir. No es necesario esperar hasta el próximo ciclo para informar lo que está pasando”, agrega el oncólogo.

La dimensión psicológica de la quimioterapia

El impacto de los efectos adversos también plantea un desafío para la continuidad de los tratamientos. “Cuando los días buenos son cada vez más escasos, se puede perder de vista el sentido de todo este esfuerzo. Estar constantemente enfrentándose a la propia vulnerabilidad física, sin otra alternativa, resulta muy desgastante emocionalmente”, explica Riveros.

Así fue para Erika, quien se describe como una persona enérgica y activa: “Mi vida cambió por completo. Tenía toda una rutina y una forma de vivir, me gustaba caminar, investigar, recorrer lugares relacionados con temas patrimoniales, participar en distintas actividades. Todo eso lo tuve que dejar porque mi cuerpo ya no me daba”.

El psicólogo advierte que suele ocurrir que los pacientes callen sus síntomas: “Muchos no reportan síntomas por miedo a que les bajen la dosis, por no parecer quejumbrosos o porque creen que el malestar físico y sufrir es el precio necesario de curarse. Lo que no se dice no se trata, y la carga mental sigue creciendo”.

Por eso, el doctor Miranda sostiene que el objetivo no debería ser que las personas simplemente aprendan a soportar las molestias: “Es mantener el tratamiento oncológico de la manera más segura posible, cuidando también la calidad de vida”.

Riveros también invita a “soltar la idea de que la actitud positiva cura”. La presión por mantener el optimismo, tanto de parte del entorno como de los propios pacientes, puede terminar convirtiéndose en una carga adicional. “Además de soportar la quimio, el paciente tiene que estar bien, y si no puede, se siente culpable. No hay evidencia sólida de que el optimismo mejore la sobrevida, eso es un hecho importante”, explica.

Esta exigencia también puede dificultar la comunicación con el entorno. “La paciente no cuenta que pasó la noche vomitando para no preocupar a sus hijos; los hijos no cuentan su miedo para no preocuparla. Todos se protegen y cada uno queda solo”, señala.

Erika confiesa que hay días en que la consume la rabia por haber perdido su antigua vida. Aunque intenta vivir el día a día de la mejor manera posible, la incertidumbre hace difícil pensar en el futuro. “Hay días que pienso que quiero volver a trabajar, quiero hacer lo que hacía antes, quiero planificar un viaje, pero no puedo hacerlo porque no sé cómo voy a despertar en dos días más, si voy a tener fiebre o aparecerá algún nuevo efecto adverso”, cuenta.

A pesar de las dificultades, Erika ha respondido bien al tratamiento. Su médico le ha explicado que la inmunoterapia podría extenderse por aproximadamente dos años, siempre que su organismo la tolere. Por ahora, sus expectativas están puestas en que el cáncer entre en remisión y permanezca inactivo.

Las últimas noticias han sido alentadoras. Los tumores han disminuido, aunque todavía recuerda el miedo que sintió antes de conocer los resultados de su último examen. “Yo tenía terror de mirarlos”, confiesa. Pero los resultados fueron mejores de lo que esperaba. “Solo haber detenido el avance de la enfermedad ya habría sido ganar, pero los resultados fueron incluso mejores”.

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