Santiago Gerchunoff: “Hoy Don Quijote pasaría las noches en TikTok”

En los últimos años, un repertorio cada vez más amplio de consejos, criterios y expectativas empezó a acompañar la manera de criar a los chicos. Ya no se discute solo qué necesita un chico para crecer bien, sino también qué se espera de los adultos que lo crían: qué deben saber, qué tienen que evitar, cómo hablarles, qué límites ponerles y hasta qué emociones pueden permitirse frente a ellos.
Determinadas ideas sobre el bienestar, el cuidado, los límites, las emociones y el desarrollo infantil dejaron así de ser recomendaciones de especialistas para incorporarse a la experiencia cotidiana de criar. Están en las escuelas y los gabinetes psicopedagógicos, en las reuniones de padres y, por supuesto, en Instagram, en los formularios de Google y en los grupos de WhatsApp. Pero también aparecen lejos de las pantallas, en la parte más concreta de la crianza: llevar a los chicos a la escuela, esperar en la puerta, asistir a los actos, escuchar las mismas recomendaciones, tratar de no equivocarse.
Ese cambio forma parte de una transformación cultural más amplia. En los últimos años, debates que antes parecían circunscriptos a ciertos ámbitos académicos, políticos o de las redes sociales —entre ellos, el llamado wokismo, definido por el periodista Pablo Touzón como “la enfermedad infantil del progresismo”— fueron incorporándose a la conversación cotidiana. La crianza es uno de los terrenos donde esas nuevas sensibilidades pueden observarse con particular claridad: no porque exista una única manera de criar, sino porque alrededor de ella se fue construyendo un lenguaje que empieza a establecer qué se considera cuidado, qué se considera adecuado y, también, qué significa ser un buen padre.
Sobre esa transformación trabaja Santiago Gerchunoff, filósofo argentino radicado en Madrid, en su nuevo libro, Ensayos contra la crianza como emprendimiento (En la era de los niños cosa). Allí rastrea cómo una serie de criterios sobre la crianza fueron ganando autoridad hasta dejar de funcionar como simples consejos y convertirse en expectativas sobre lo que significa criar bien. Su observación apunta, sin embargo, a un fenómeno más amplio: el momento en que ciertas sensibilidades dejan de ser preferencias individuales, empiezan a organizar instituciones, prácticas y formas de relacionarse. Cuando eso ocurre, ya no solo nos dicen cómo criar a nuestros hijos: también empiezan a definir qué clase de padres deberíamos ser.
“Cuando yo iba al colegio —comparte su vivencia—, quienes conocían minuciosamente las amistades, los conflictos, los profesores y las dinámicas internas eran una minoría: aquellas madres —en general eran madres— que se quedaban chismorreando en la puerta. Hoy tengo la impresión de que la proporción se invirtió. La diferencia más evidente es el grado de implicación e injerencia de los padres en la vida escolar. La mayoría nos parecemos a aquellas madres, solo que ahora la puerta del colegio se volvió digital y funciona las 24 horas: es el grupo de WhatsApp, esa ‘Stasi acaramelada’ de la que hablo en el libro. También los cumpleaños infantiles se han convertido muchas veces en encuentros paralelos de niños y padres. Entre esos cumpleaños y el chat colectivo se forma una especie de pseudocomunidad adulta, hilvanada por la escolaridad de los hijos”.
“El resultado es una invasión creciente del espacio escolar, la desaparición de aquellos lugares opacos donde los chicos podían relacionarse sin que supiéramos inmediatamente qué había ocurrido. Esto me llama la atención porque la escuela, en su sentido emancipador, debería ayudar a los niños a alejarse progresivamente de las particularidades de su hogar, adquirir autonomía respecto de sus padres. No está solamente para transmitir conocimientos, sino para introducirlos en un mundo común que no nos pertenece a los padres. Si nos convertimos en coprotagonistas y supervisores permanentes de la vida escolar, la institución encargada de ayudar a nuestros hijos a independizarse de nosotros queda también bajo nuestro dominio, contra aquello para lo que fue pensada”, agrega.
—¿Decir que la paternidad está sobrevaluada sigue siendo casi inadmisible?
—Es verdad que todavía existe cierta sacralidad de la maternidad y la paternidad: podemos confesar sus dificultades siempre que terminemos diciendo que, pese a todo, es lo mejor que nos ocurrió. Pero no creo que nuestra época haya cerrado la posibilidad de cuestionarlas. En un sentido muy importante, hizo exactamente lo contrario: abrió como ninguna otra la posibilidad real de no tener hijos. La maternidad y la paternidad dejaron de ser un mandato prácticamente imposible de desestimar y pasaron a convertirse en una decisión personal. Hoy podemos imaginar una vida completa, incluso una vida feliz, sin hijos. Aunque sea el resultado de un proceso de décadas o siglos, es una novedad histórica enorme. Gran parte de mi libro trata de las consecuencias ambiguas de esa transformación. La secularización fue liberando nuestras vidas de los mandatos religiosos, familiares y comunitarios. Esa liberación fue, en términos generales, una conquista: no propongo regresar a una sociedad en la que las mujeres debían ser madres o en la que no tener hijos convertía a alguien en una persona incompleta o sospechosa. La paradoja es que esa conquista también produjo algo problemático. Cuando tener hijos deja de ser algo que simplemente ocurre durante la vida y pasa a ser una gran decisión personal, el hijo empieza a adquirir la forma de un proyecto. Primero estudio, después viajo, consigo estabilidad, compro una casa y, cuando finalmente estoy preparado, tengo un hijo.
“Ahora la puerta del colegio se volvió digital y funciona las 24 horas: es el grupo de WhatsApp [...]. También los cumpleaños infantiles se han convertido muchas veces en encuentros paralelos de niños y padres. Entre esos cumpleaños y el chat colectivo se forma una especie de pseudocomunidad adulta, hilvanada por la escolaridad de los hijos”.
—¿Puede convertirse en un peso?
—Si ese hijo es el resultado de una decisión tan meditada, empieza a ser vivido como una obra propia, como algo que elegí hacer: tengo la responsabilidad de hacerlo bien. Esa es la enorme mochila de pretensiones que cargamos sobre la crianza contemporánea. Como decidimos tenerlos, sentimos que debemos justificar esa decisión mediante el resultado: ofrecerles la mejor educación, estimular sus capacidades, evitarles cualquier daño. Ya no basta con criar mientras vivimos; parece que debemos convertirnos en profesionales de la crianza. Muchas de las cosas que critico en el libro no proceden de la antigua concepción de la maternidad como destino, sino de su transformación moderna en una elección soberana. Uno de los ensayos parte precisamente de Madres arrepentidas, de la autora israelí Orna Donath. Es un libro muy valiente porque abre un espacio para que algunas mujeres puedan decir que, si pudieran volver atrás, no tendrían hijos. Mi reserva aparece cuando contrapone esas maternidades condicionadas por presiones sociales con la posibilidad de una elección completamente libre, racional y conciente. Yo no creo que exista esa elección pura. Nadie sabe realmente qué está eligiendo cuando decide tener un hijo, porque no hay manera de conocer de antemano esa experiencia. Tampoco nuestros deseos están libres de los deseos de la pareja, la familia o la sociedad. Uno puede decidir tener hijos, pero no puede calcular verdaderamente qué significará tenerlos. Creo que la paternidad es el gran paradigma de aquellas experiencias que solo podemos conocer después de haber entrado en ellas y de las que ya no podemos salir siendo quienes éramos antes. Todavía existe un tabú que dificulta que quienes somos padres hablemos abiertamente de la decepción, el arrepentimiento o la ambivalencia. Pero, al mismo tiempo, vivimos en la época que más claramente ha convertido la no maternidad y la no paternidad en horizontes vitales posibles. El problema no es tanto que no podamos elegir, sino que hemos llegado a creer demasiado en la transparencia y racionalidad de esa elección.
—En el capítulo “Tres formas de soledad” evocás películas y series que fueron marcas de época. A nuestra generación nos prohibían ver a Alberto Olmedo o Brigada A porque los consideraban violentos, de mal gusto o poco educativos. Con los años, aquellos productos que parecían representar lo peor de la televisión popular terminaron convertidos en objetos de culto. ¿Por qué cada generación cree saber qué consumos son buenos o malos para sus hijos? ¿Qué nos dice que aquello que intentamos prohibir termine formando parte de nuestro vínculo con ellos?
—Hay una recurrencia histórica bastante evidente: todas las generaciones juzgan los consumos culturales de sus hijos y tienden a considerar que los nuevos son más vulgares, violentos, estúpidos o peligrosos que aquellos con los que ellas mismas crecieron. A veces el rechazo responde a una transformación tecnológica; otras, simplemente, a un cambio de estilo, lenguaje o música. Pero la estructura se repite: idealizamos retrospectivamente los consumos de nuestra infancia y contemplamos con horror los de nuestros hijos. Lo interesante es observar cómo los objetos culturales van cambiando de bando. El caso más revelador es el de la literatura. Hoy los adultos presentamos la lectura como el consumo infantil bueno por excelencia: nos desespera que los niños no lean y les explicamos que leer es infinitamente mejor que mirar una pantalla. La literatura ha quedado completamente del lado del deber adulto, la escuela y la respetabilidad cultural. Pero no siempre ocupó ese lugar.
—¿Qué representaba la lectura?
—Durante mucho tiempo, ciertas formas de ficción fueron una travesura, una pérdida de tiempo, una vía de escape respecto del discurso escolar, familiar o religioso. Los chicos leían aventuras, folletines, historietas o novelas consideradas menores no porque un adulto hubiera decidido que así desarrollarían alguna capacidad, sino precisamente porque nadie se lo había indicado. La lectura podía ser una forma de esconderse de los adultos, entrar en un mundo que no estaba bajo su vigilancia. No me parece casual que la gran obra canónica de la literatura en castellano tenga como protagonista a un hombre que ha enloquecido por consumir compulsivamente un género de entretenimiento desprestigiado. Don Quijote lee malos libros hasta perder la capacidad de distinguir la ficción de la realidad. Si trasladáramos esa posición cultural al presente, quizá tendríamos que imaginarlo pasando las noches en TikTok, atrapado por una sucesión infinita de videos. La ficción que hoy custodiamos como un templo también pudo aparecer como adicción y escapismo. En todo caso, estoy convencido de que los consumos culturales infantiles y juveniles necesitan conservar algún componente de transgresión. Tienen que ofrecer una escapatoria respecto de lo escolar, lo obligatorio y el discurso adulto. Si todo lo que un chico lee, mira o escucha ha sido seleccionado por sus padres porque es educativo y transmite valores adecuados, entonces no posee verdaderamente una cultura propia: consume una prolongación del programa pedagógico familiar. No sé si dentro de treinta años Vlad & Niki, enfocado en el público infantil — protagonizado por los hermanos ruso-estadounidenses Vladislav y Nikita Vashketov—; los youtubers o los tiktokers serán objetos de culto, como hoy pueden serlo Olmedo o Brigada A. Pero estoy bastante seguro de que los adultos del futuro contemplarán con espanto lo que miren sus hijos y volverán a decir que antes había historias de verdad y que todo empezó a degradarse justo después de su propia infancia. En eso cada generación es extremadamente innovadora: inventa otra vez la convicción de que será la última que conoció una cultura digna.
—Hay un recuerdo de vacío de la niñez que aparece cuando pienso en días como el 25 de diciembre o el 1° de enero de los 80: el calor, la desolación del barrio, la televisión emitiendo películas bíblicas. El día interminable. Ahora que la hiperactividad parece haberse convertido en una forma de vida, ¿necesitan los chicos de hoy un Shabat?
—Entiendo perfectamente esa nostalgia. Había momentos en los que el mundo parecía quedar temporalmente fuera de servicio, no porque hubiéramos decidido desconectarnos, sino porque las propias condiciones técnicas de la vida imponían silencios, esperas, períodos de incomunicación. No es casual que McLuhan describiera la era eléctrica como “la era de la ansiedad”. La electricidad elimina las distancias y tiende a ponerlo todo en relación simultánea con todo lo demás. Nosotros ya vivíamos en esa era —que para McLuhan comienza con el telégrafo—, pero todavía estábamos muy marcados por la lógica de la galaxia Gutenberg, la escritura. Desde luego había televisión y teléfono, pero también enormes lagunas de silencio. Si alguien no estaba en su casa, simplemente no hablábamos con él; si un amigo se iba de vacaciones, podía desaparecer durante semanas. Incluso la televisión terminaba. Esos espacios vacíos no teníamos que construirlos deliberadamente: estaban incorporados a las condiciones técnicas de la vida. Hoy, en cambio, vivimos en un estado de expectativa permanente. Esperamos un mensaje, una respuesta, una publicación, un comentario o cualquier pequeño acontecimiento comunicativo. No se trata solamente de que haya más comunicación, sino de que se despliega en infinitas direcciones y muchas veces en público. La comunicación ya no es un acto que empieza y termina, sino un ambiente continuo. Nunca estamos completamente fuera de ella. En ese sentido, entiendo perfectamente la idea de que los chicos de hoy necesitan un Shabat.
—¿Está permitido aburrirse?
—Yo mismo me descubro recomendándoles el aburrimiento a mis hijas, aunque “aburrite” es una instrucción paradójica: el aburrimiento solo aparece verdaderamente cuando nadie lo ha programado. Todavía estamos aprendiendo a convivir con internet, las redes sociales, los videojuegos y la oferta inagotable de la vida digital. Técnicamente son medios muy desarrollados, pero culturalmente nosotros seguimos en su infancia. Debemos tener cuidado incluso cuando reivindicamos el aburrimiento. Hoy se dice que los niños deben aburrirse porque así desarrollan la creatividad, resuelven problemas o se vuelven más autónomos. Puede ser cierto, pero entonces convertimos también el aburrimiento en una técnica de optimización: hasta la nada tiene que acreditar resultados. El verdadero Shabat debería suspender también esa exigencia. No consistiría en apagar las pantallas para que los chicos hagan algo más provechoso, sino en aceptar durante un tiempo que no hagan nada y que ese tiempo no sirva para nada. Además, conviene relativizar nuestra nostalgia: aquellos días vacíos de los 80 le habrían parecido extraordinariamente estimulantes a alguien de 200 años antes. Cada generación percibe como silencio lo que, visto desde la anterior, ya era un estruendo.
“Hoy vivimos en un estado de expectativa permanente. Esperamos un mensaje, una respuesta, una publicación, un comentario o cualquier pequeño acontecimiento comunicativo”
—¿Hacia dónde avanzamos?
—Probablemente hacia alguna forma de dieta de medios: momentos o lugares en los que la conexión se interrumpa y solo quede la presencia física. No como una demonización de la tecnología, sino como una medida de higiene. El Shabat, pensado secularmente, no supondría destruir el mundo digital, sino interrumpir periódicamente su disponibilidad: decidir que durante cierto tiempo nada tiene que contestarse, publicarse ni resolverse. Pero la posibilidad de desconectarse seguramente será —ya empieza a serlo— un privilegio de clase. Las personas con más recursos pueden acceder a espacios sin teléfonos, vacaciones en lugares remotos o trabajos que no exigen disponibilidad permanente. En cambio, cuanto más subordinado está alguien al trabajo precario y a la necesidad de obtener ingresos, más difícil le resulta desaparecer. Quizá la conexión permanente deje de ser un símbolo de modernidad y se convierta en la marca de quienes no pueden permitirse desconectarse. El verdadero lujo será que nadie pueda encontrarte durante unas horas.
—¿Qué pensás del cambio que hizo Milei al volver a llamar Día del Niño a la celebración? ¿Te parece razonable recuperar ese genérico, que en español puede abarcar tanto a niños como a niñas, o creés que Día de las Infancias expresaba mejor la diversidad que se buscaba incluir? ¿O el conflicto revela algo más sobre cómo cada época decide qué palabras son legítimas y cuáles no?
—Acá me escondo, cobarde pero orgullosamente, en el lugar de la filosofía. No creo que me corresponda decidir qué palabra es correcta y cuál aberrante, sino tratar de entender qué se juega en esa disputa. La política es, en buena medida, una lucha por determinar qué usos serán considerados naturales, racionales o legítimos; la filosofía intenta comprender qué ocurre cuando una sociedad se pelea por esas categorías. Es algo que intenté hacer en mis libros anteriores con la ironía y el fascismo: no establecer cuál es el significado correcto, sino preguntarme por la pluralidad y la riqueza de sus usos. Por eso no diría que Día de las Infancias es una aberración lingüística como sugerís, ni que restablecer Día del Niño constituya, por sí mismo, un retroceso en sus derechos como señala el sector que defiende la opción que eliminó Milei. Me interesa más observar por qué cada bando necesita presentar su propia expresión como evidente y la del adversario como una monstruosidad.
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