El inquietante castigo de la antigua Roma: algunos emperadores eran condenados a que sus rostros y nombres desaparecieran de la historia
En la antigua Roma, la caída de un emperador podía desencadenar la destrucción de sus estatuas, la eliminación de su nombre de los monumentos e incluso la transformación de sus retratos. Los casos de Domiciano y Geta muestran hasta qué punto el poder también intentaba controlar la memoria.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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En algún momento de la historia de Roma, alguien se acercó a un retrato de la familia imperial y comenzó a raspar cuidadosamente uno de los rostros. No destruyó la pintura completa ni eliminó a los demás personajes. Su objetivo era mucho más concreto: hacer desaparecer la imagen de un hombre que había sido asesinado por orden de su propio hermano.
Aquel hombre era Geta, emperador romano durante unos meses a comienzos del siglo III. Y el retrato, conocido actualmente como el Tondo Severiano, constituye uno de los testimonios más extraordinarios de una práctica que los historiadores denominan damnatio memoriae.
La expresión suele traducirse como «condena de la memoria», aunque encierra una realidad bastante más compleja. En Roma, la muerte de un gobernante no siempre significaba el final de su castigo. En ocasiones, sus enemigos también intentaban decidir cómo sería recordado.
Cuando el Senado decidió borrar a un emperador
Uno de los ejemplos mejor documentados es el de Domiciano, que gobernó el Imperio romano entre los años 81 y 96.
Su relación con el Senado fue especialmente conflictiva. Cuando murió asesinado en una conspiración palaciega, muchos senadores aprovecharon la ocasión para expresar públicamente su rechazo.
El historiador Suetonio relata que ordenaron derribar sus imágenes y borrar las inscripciones que contenían su nombre. Las representaciones del emperador, que hasta entonces habían servido para proclamar su autoridad, se convirtieron en objetivos de destrucción.
Pero no todas las estatuas acabaron hechas pedazos.
Algunas fueron transformadas para representar a otros gobernantes. Los escultores aprovecharon el mármol existente y modificaron los rasgos de Domiciano para convertirlo, por ejemplo, en su sucesor Nerva.
Esta práctica tenía una evidente utilidad económica, porque permitía reutilizar materiales valiosos. Sin embargo, también poseía un significado político: el rostro del antiguo emperador desaparecía para dejar paso al del nuevo gobernante.
Los relieves conservados del palacio de la Cancillería, en Roma, proporcionan un ejemplo especialmente conocido de estas transformaciones.

Geta: el emperador cuyo hermano quiso eliminar
Más de un siglo después ocurrió algo todavía más inquietante.
Cuando Septimio Severo murió en el año 211, sus hijos Caracalla y Geta quedaron al frente del Imperio. La relación entre ambos era tan conflictiva que su gobierno conjunto apenas duró unos meses.
Caracalla ordenó asesinar a su hermano y, una vez eliminado su rival, emprendió acciones para desacreditar y suprimir su recuerdo público.
Los nombres de Geta fueron borrados de numerosas inscripciones y algunas de sus representaciones fueron destruidas o alteradas.
Sin embargo, una de las pruebas más impresionantes ha sobrevivido hasta nuestros días.
Se trata de una pintura sobre madera realizada hacia el año 200 que muestra a Septimio Severo, su esposa Julia Domna y sus dos hijos.
El retrato conserva tres rostros. Donde debería aparecer el de Geta, únicamente queda una superficie deliberadamente borrada.
La imagen se encuentra actualmente en Berlín y permite observar algo extraordinario: quienes eliminaron su rostro no intentaron ocultar que originalmente había existido un cuarto personaje.
¿Realmente pretendían que nadie los recordara?
Aunque resulta tentador imaginar que los romanos querían hacer desaparecer completamente a sus gobernantes desacreditados, los especialistas advierten de que aquella interpretación es demasiado sencilla.
Para empezar, damnatio memoriae es una denominación moderna utilizada para agrupar diferentes medidas contra la reputación y los recuerdos públicos de determinadas personas. No designaba un procedimiento único que se aplicara siempre del mismo modo.
Las actuaciones podían incluir la retirada de estatuas, la eliminación de nombres, la modificación de imágenes y otras decisiones de carácter político.

Además, no siempre existió unanimidad. Las investigaciones sobre Domiciano muestran que su condena por parte del Senado no significó que todos los sectores de la sociedad romana compartieran aquella valoración.
Y hay una contradicción especialmente reveladora. Y es que si el objetivo hubiera sido conseguir que nadie recordara a aquellos emperadores, borrar sus nombres y rostros de forma tan visible podía producir justamente el efecto contrario. Una inscripción mutilada o una pintura con un personaje eliminado también servían para señalar públicamente que alguien había caído en desgracia.
Quizá, por tanto, no se trataba tanto de conseguir que el pasado desapareciera como de imponer una nueva interpretación de lo ocurrido.
En una sociedad donde los retratos, las monedas y los monumentos ayudaban a construir la autoridad política, controlar esas imágenes significaba intervenir directamente en la memoria colectiva.
Y esa es probablemente la mayor paradoja de esta práctica romana: al intentar borrar a determinados emperadores, sus adversarios terminaron dejando algunas de las pruebas más extraordinarias de que habían existido.
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