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Saturday, October 17, 2026

"Una carta a las personas que se acuestan a las 8:30 porque la noche es la parte más solitaria del día y dormir es la forma más rápida de pasarla"

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Hay personas que a las 20:30 ya están en la cama. La cena terminó, la cocina está ordenada y los mensajes dejaron de llegar. La televisión sigue encendida, pero ya nadie le presta demasiada atención. Entonces aparece una idea sencilla: irse a dormir y hacer que el día termine de una vez.

No siempre se trata de cansancio. En algunos casos, la noche puede convertirse en el momento más solitario del día. Mientras que durante la mañana y la tarde hay trabajo, trámites, llamadas y pequeños intercambios con otras personas, después de la cena todo eso desaparece. Queda la casa en silencio y una sensación difícil de llenar.

Ese es el punto de partida de una carta escrita desde la perspectiva de alguien que reconoce que muchas veces se acostaba temprano porque dormir era la manera más rápida de atravesar ese momento.

Cuando la noche se convierte en algo que hay que soportar

Durante el día, incluso las personas que viven solas pueden tener motivos para mantenerse ocupadas. Una conversación breve con alguien, una compra en una farmacia, una caminata o una tarea pendiente alcanzan para generar pequeños contactos con el mundo exterior. Por la noche, en cambio, todo se detiene.

En el relato, la persona describe ese momento como un silencio diferente al de la mañana. La mañana parece tener un destino: el día está por empezar. La noche, en cambio, llega cuando todo lo demás terminó.

La mañana parece tener un destino: el día está por empezar. Foto: Pexels

El televisor puede estar encendido, pero sin que realmente importe lo que ocurre en la pantalla. El teléfono puede revisarse varias veces aunque no haya ninguna notificación nueva.

Y una casa que durante el día parece tranquila puede sentirse especialmente vacía después de la cena. Por eso, acostarse a las 20:30 aparece como una salida sencilla.

Dormir permite dejar de pensar en lo que falta durante unas horas. También elimina las expectativas: nadie espera una respuesta, una visita o una actividad más. El día terminó y ya no hay que hacer nada. El problema aparece cuando esa estrategia se repite noche tras noche.

Dormir ayuda a pasar el momento, pero no cambia lo que provoca la soledad

La autora del relato cuenta que durante un tiempo creyó que su horario temprano estaba solucionando el problema. Pero finalmente descubrió que la misma sensación volvía a aparecer a las 20:30 del día siguiente.

Dormir permitía saltear la parte más difícil de la jornada, pero no modificaba aquello que hacía que esas horas fueran tan incómodas.

En una ocasión, incluso se acostó a las 20:22 sin tener sueño. Estaba despierta, con los ojos abiertos y tapada hasta el cuello. Entonces entendió que no estaba descansando: estaba intentando representar que era hora de dormir porque no quería seguir despierta.

Dormir permitía saltear la parte más difícil de la jornada. Foto: Pexels

Después probó lo contrario. Intentó quedarse levantada más tiempo, mantener la televisión encendida, mirar el teléfono o encontrar alguna tarea doméstica para llenar las horas.

Pero también descubrió una diferencia importante: ocupar el tiempo no necesariamente significa disfrutarlo. No necesitaba convertir sus noches en una agenda repleta. Necesitaba encontrar algo que hiciera que esas horas fueran propias.

Una llamada, una caminata o 20 minutos antes de ir a la cama

El cambio que propone el relato no consiste en obligarse a permanecer despierto hasta las 23 ni en convertirse de repente en una persona que sale todas las noches. La primera decisión fue sencilla: reservar una llamada telefónica que esperara con ganas. A veces eran apenas 15 minutos hablando con su hermana mientras ella hacía sus cosas.

También eligió una serie para mirar únicamente por la noche, empezó a salir a caminar después de cenar cuando todavía había luz y, algunas veces, se tomó el tiempo para cocinar una comida de verdad en lugar de comer algo rápido. Son actividades pequeñas, pero modifican la forma de atravesar esas horas.

La idea puede aplicarse de muchas maneras: leer en el balcón, ir una vez por semana al mismo café, armar un rompecabezas o encontrar cualquier actividad que no tenga como único objetivo hacer que pase el tiempo.

Son actividades pequeñas, pero modifican la forma de atravesar esas horas.

El objetivo no es llenar la noche de obligaciones, sino darle algo que pertenezca a quien la está viviendo. La mujer asegura que todavía hay noches en las que mira el reloj y decide acostarse temprano. La diferencia está en que ahora intenta hacerse una pregunta antes: ¿tengo sueño o estoy tratando de escapar de la soledad?

Si realmente está cansada, se acuesta. Pero si descubre que solamente quiere dejar atrás esas horas, se da otros 20 minutos. Puede llamar a alguien, salir un rato, leer en el living o simplemente permanecer despierta con las luces encendidas.

A veces esos 20 minutos se convierten en una hora. Otras veces sigue teniendo ganas de acostarse a las 20:30. Y eso también está bien. Porque acostarse temprano no es un problema si es algo que una persona disfruta y que la hace sentirse descansada.

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