La trampa de sobreinterpretar los mensajes en la pareja: “El problema no es lo que el otro hizo, sino la historia que nuestro cerebro construyó antes de preguntar”

“Ok”. El mensaje llega con una sola palabra, pero puede abrir una cadena de preguntas: ¿está enojado?, ¿le pasa algo?, ¿y ahora qué hice? A veces puede ocurrir con un mensaje que suena incómodo o inesperado, o una respuesta que tarda más de lo habitual o que no llega. No ocurrió nada, pero hay incomodidad: interpretamos el vacío y llenamos los espacios con malestar.
“Muchas veces no sufrimos por lo que ocurre en la relación, sino por lo que imaginamos que podría estar ocurriendo”, dice la psicóloga Marina Mammoliti, autora de Frená tu cabeza: un mapa práctico para aliviar la ansiedad y recuperar la calma (Editorial Grijalbo). “Sentir que un mensaje no obtuvo la misma respuesta que ayer. Un silencio que leemos como desinterés. Una mirada que interpretamos como que algo está mal, o que nos oculta algo”.
Explica que una creencia muy frecuente es creer que interpretar constantemente ayuda a calmar el miedo, pero -asegura-, lo único que logra es agravarlo: “El problema no es querer entender al otro. Es cargar de hipótesis los espacios de incertidumbre”.
“Cuanto más analizamos, menos información real obtenemos. Dejamos de observar los hechos y nos enfocamos en los detalles. Así, un silencio o una distracción puede transformarse rápidamente en rechazo, o un cambio en el tono de voz en desamor. Dejamos de escuchar y empezamos a interpretar con una vara que viene de nuestras heridas, no de lo que está pasando realmente”, advierte la creadora de Psicología al Desnudo, uno de los podcasts de habla hispana más escuchados en Spotify a nivel global.

Por qué el cerebro no tolera la incertidumbre
La doctora Karina Carreño, neuropsicóloga, explica por qué sucede: “El cerebro no tolera bien la incertidumbre”.
“Cuando una persona no tiene información suficiente sobre lo que el otro piensa o siente, activa mecanismos de predicción para completar los vacíos. El problema es que esas predicciones no siempre se basan en la realidad, sino en experiencias previas, miedos o inseguridades. Así, un mensaje breve o una demora en responder pueden interpretarse como rechazo, desinterés o enojo, aunque no exista ninguna evidencia objetiva”.
El problema aparece cuando una hipótesis empieza a ocupar el lugar de un hecho: sabemos (por ejemplo) que el mensaje fue breve, pero suponemos que la otra persona está enojada; sabemos que tardó en responder, pero imaginamos que perdió el interés.

Queremos entender al otro, pero llenamos los espacios vacíos: “De la mano con la sobreinterpretación aparece la proyección: interpretar las acciones del otro a partir de nuestras propias heridas. Por ejemplo: alguien interpreta indiferencia donde solo hay necesidad de espacio, porque su herida de abandono lee así”, dice la autora de Frená tu cabeza.
Por eso, Marina asegura que debajo de esto hay “miedo, inseguridad y baja autoestima”: “La necesidad de control excesivo, en general, responde a una inseguridad profunda. Y tiene varios factores: miedo al abandono, baja autoestima (la búsqueda de confirmar que el otro te valora) y malas experiencias previas (como infidelidades repetidas). Por inseguridad, se busca control. Y controlar a otra persona siempre termina siendo un problema”.

De adivinar a preguntar
Carreño -presidenta del Colegio de Psicólogas y Psicólogos del Distrito II- describe el proceso desde las neurociencias: “Cuando percibimos una posible amenaza al vínculo, aumenta la actividad de redes cerebrales relacionadas con la detección de peligro y disminuye la participación de las áreas prefrontales encargadas del razonamiento y la regulación emocional”.
Y señala: “En ese estado, la persona deja de observar los hechos y comienza a sobreinterpretar intenciones”.
Es ahí cuando la sobreinterpretación resulta peligrosa, porque -según detalla- “deteriora la confianza, generando respuestas emocionales frente a hipótesis, y no frente a hechos. Se producen discusiones por escenarios imaginados, aparecen conductas de control, necesidad de confirmación constante y un círculo de ansiedad que termina desgastando el vínculo”.

Para la neuropsicóloga, la mejor estrategia no es adivinar lo que el otro quiso decir, sino preguntar: “La comunicación clara reduce la incertidumbre y permite que el cerebro salga del modo de alerta. Aprender a diferenciar hechos de interpretaciones, regular la ansiedad antes de responder y tolerar que no siempre tendremos certezas inmediatas, son habilidades fundamentales para construir relaciones más saludables”.
En ese marco, Mammoliti sugiere tres cosas a tener en cuenta para salir del círculo de la sobreinterpretación constante:
- 1 - Desarmar el estado de alerta mental y tolerar la incertidumbre.
- 2 - Comunicarse en forma directa: en lugar de rebuscar en la mente, preguntarle al otro.
- 3 - Registrar la emoción propia: preguntarse “¿qué me hace sentir esto?” en lugar de “¿qué quería decir con esto?”
En muchas crisis de pareja, resume Carreño, “el problema no es lo que el otro hizo, sino la historia que nuestro cerebro construyó antes de preguntar”.
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