Milei versus los libertarios de poca fe

Ya en campaña por la reelección y elegido el kirchnerismo como principal fuerza para confrontar en público, Javier Milei acaba de quedar sin embargo en medio de un contrapunto más sutil y desafiante que libra dentro de la Casa Rosada, frente a los incrédulos de su propia administración. Son los que han empezado a dudar de los tiempos del programa económico. ¿Habrá algo más para mostrar antes de octubre de 2027? Esa disputa, bastante menos evidente que la interna entre su hermana Karina, los Menem y Santiago Caputo o que las críticas a empresarios y periodistas, lo seguirá acompañando en la medida en que no obtenga resultados uniformes y descollantes.
Libertarios de poca fe. Cada tanto, en la intimidad o a través de declaraciones públicas, aparece alguno que duda. Pasó el lunes, durante la reunión de gabinete, otra vez con Patricia Bullrich. No fue algo explícito: la senadora dijo al pasar que había sectores económicamente golpeados. Nada nuevo. Hace tiempo que ella lo plantea; la persiguen los fantasmas de la gestión de Macri. El de las primarias de agosto de 2019, por ejemplo. Cuando, confiado el gabinete hasta ese momento en las proyecciones de Marcos Peña y Durán Barba, recibió el golpazo de la derrota que desencadenó al día siguiente la corrida y aceleró el final.
Bullrich suele agregar, sin embargo, que ahora podría ser distinto porque hay tiempo de corregirse. Pero su sola referencia a los rezagados alcanzó el lunes para que el Presidente dedicara después en el mismo encuentro, y sin nombrarla, un largo rato a explicar por qué muchos de los diagnósticos económicos que se oyen están equivocados.
Nadie más hizo objeciones. Pero hay varios inquietos. Funcionarios y militantes convencidos del modelo que valoran los logros, pero a quienes también los perturba ver a Milei dispuesto a concluir con el ajuste incluso en medio de la campaña electoral, algo que nadie hizo nunca, y que proyectan además los números fiscales que, pese a las quejas por el ingreso o salario, imaginan recibiría eventualmente un sucesor. Cuentas en equilibrio, tarifas acordes con los costos, inflación en baja, calles despejadas, superávit comercial y sindicatos y movimientos sociales desmembrados. “Agarra un populista, sube impuestos y no se va por una década”, proyectó un oficialista que quisiera creer. Hace unos días, motivado por lo mismo, alguien le preguntó al ministro de Economía, Luis Caputo, si la reducción de subsidios iba a interrumpirse o atenuarse en los próximos meses. Estaba pensando en el IPC: según los resultados que el Indec dio a conocer anteayer, los peores aumentos no están en los bienes sino en los servicios. Pero Caputo contestó a lo Milei: “Depende de la ‘reca’”, dijo, y agregó que si los ingresos venían mal iba a tener que seguir eliminando subsidios para preservar el equilibrio fiscal.
Ahí no hay fisuras. Igual que el Presidente, el ministro prefiere resignar actividad antes que aflojar el apretón monetario y aceptar como consecuencia una caída más gradual en la inflación. Es una apuesta electoralmente riesgosa: el segundo trimestre del año, cuyos números oficiales se publicarán la semana próxima, volvió a dar para abajo. Y ese comportamiento coincide con los desplomes en industria y en la construcción en julio, ya tercer trimestre, y más allá de que en el Palacio de Hacienda le encuentran a ambas caídas explicaciones técnicas o de estacionalidad: dicen que julio fue un mes con lluvias infrecuentes que paralizaron la construcción y que, por el lado fabril, el recorte de subsidios tarifarios y el alza en el petróleo y el gas dispararon los costos en relación con 2025 y eso convenció a varios de parar plantas durante esos días.
Los afectados lo padecen de todos modos: para unos cuantos no resultó rentable producir. Es uno de los puntos de conflicto entre Caputo y la Unión Industrial Argentina (UIA): después de las críticas que se oyeron en la última celebración del Día de la Industria en la planta de Elea, el ministro le postergó a la conducción de la central fabril una reunión que tenían prevista para estos días. En el Palacio de Hacienda dicen estar buscando fecha para concretarlo, pero anticipan que octubre es un mes de agenda cargada.
Milei dice que no le preocupa. No alterará el programa por una elección y hasta se jacta de eso. “Volvemos al sector privado”, repite. En donde sí parece estar dispuesto a ceder es en asuntos que van por fuera de lo económico y que en todo caso empieza a discutir la mesa política. Federico Sturzenegger, probablemente el ministro más identificado ideológicamente con Milei, ya está avisado: algunos de sus proyectos no verán la luz por un tiempo o serán presentados de una manera menos confrontativa, repartidos en distintas resoluciones o aplicados en varias secuencias. Venta libre en farmacias, libertad educativa, etcétera. Días atrás, invitado a la reunión de la mesa política después del fracaso de la reforma en el régimen de los prácticos, y apenas Santilli le recordó que varios gobernadores estaban reclamando la ley del cabotaje fluvial para bajar los costos internos, una iniciativa que ya puso en guardia a la industria naval, Sturzenegger hizo un gesto como tomando a todos sus compañeros de la mano: “No hay problema, pero nos agarramos y bancamos”, dijo.
Un pase de factura tenue que no pasó de eso, porque el escenario tampoco permite tensar tanto la relación con los aliados. Gobernadores, referentes de Pro, radicales. Esta semana, al ver que la oposición tenía el quorum para los proyectos de discapacidad y morosidad en la Cámara de Diputados, Martín Menem aceptó sin quejarse las mociones para fijar el cronograma de trabajo en las comisiones. “No me obligues a resistir en temas como la discapacidad”, le habían dicho en uno de los espacios que lo apuntalan.
¿Cuántos proyectos libertarios podrían quedar en el camino de estos acuerdos? Nadie lo sabe. En el Gobierno dudan hasta con la reforma política, fundamental para el propósito de evitar las primarias. Deberán negociarlo. “Vamos a hacer lo posible”, dijo Menem anteayer en Radio Mitre. “Hoy la reforma no está”, la oyeron plantear en la intimidad a Patricia Bullrich.
El temor de varios armadores oficialistas es que el clientelismo de algunos gobernadores motive a votar solo en las elecciones locales y a desoír la convocatoria nacional. No hay que olvidar que muchos comicios provinciales irán desacoplados y que la provincia de Buenos Aires tiene un sistema de votación distinto. El Gobierno necesita a los gobernadores militando la boleta libertaria: la abstención ha pasado a ser tanto o más riesgosa que cualquier propuesta opositora.
Dependerá en parte de lo que haga el peronismo. Por ahora está partido en pedazos. Dicen que el tema preferido de Máximo Kirchner en las reuniones es Kicillof. Y que Massa también se suma a la crítica. Dudan de esa candidatura con el argumento de que no les garantiza un piso alto. Alguien le preguntó en estos días a Massa si en sus planes figuraba también competir para gobernador bonaerense. La respuesta fue que no, que para aspirar a una administración razonable en ese distrito había que encarar modificaciones estructurales que la dirigencia bonaerense rechaza. Que prefiere guardarse y que, en todo caso, si aparece “una ventana”, competirá por la presidencia. ¿Ventana? Quienes conocen su optimismo saben que imagina una puerta de par en par.
Todos anhelos sujetos a un fracaso económico de Milei. A que el electorado decida volver cuatro años en el tiempo porque algo salió mal o se demora más de la cuenta. Es el terror de los incrédulos libertarios.
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