Cada vez menos mujeres “ni-ni”. La fecundidad cayó a la mitad y un número explica el derrumbe

“Mi vieja, a mi edad, ya nos tenía a mi hermano y a mí”. La frase condensa un cambio generacional que está a simple vista. Tener un hijo a los 25, algo más común hace algunas décadas, es una realidad lejana para muchos jóvenes de hoy.
Algunas parejas esperan más años, otras tienen menos hijos, incluso hay quienes deciden no tenerlos. Tomadas de a una, son decisiones íntimas y difíciles de convertir en un dato, pero en conjunto cuentan otra historia.
Durante buena parte de los últimos treinta años, la fecundidad venía bajando lentamente. En 1990, la tasa era de tres hijos por mujer y en 2014, todavía se ubicaba en 2,4. A partir de ahí, la curva comenzó a acelerarse.
Para 2024, en apenas diez años, la tasa cayó hasta 1,2 hijos por mujer, el registro más bajo de toda la historia. “Si nos remontamos al siglo XIX, la tasa de fecundidad era de siete hijos por mujer. Esta tendencia forma parte de un fenómeno global, que se está dando a diferentes ritmos, en gran parte del mundo”, explica Daniel Schteingart, director de Desarrollo Productivo y curador de Argendata en Fundar.
Los cambios a la hora de formar una familia son el foco de la tercera de una serie de cuatro notas, una colaboración entre LA NACION y Fundar que explora una Argentina menos visible: la de las transformaciones sociales que avanzan silenciosamente entre las nuevas generaciones y modifican la manera en que los jóvenes trabajan, viven, toman decisiones e imaginan el futuro. La serie busca comprender no solo el país que somos, sino también el que estamos construyendo.
En el camino, la Argentina atravesó además un umbral importante. En 2017, la fecundidad cayó por debajo de los 2,1 hijos por mujer, el nivel asociado al reemplazo generacional.
Para entender la caída hay que mirar a qué edad tienen hijos las mujeres hoy. Ahí aparece un primer cambio. La maternidad no desaparece, sino que se está postergando. En 2001, el 41,2% de las mujeres de 20 a 24 años ya había sido madre. En 2010, la proporción era casi idéntica, 41,3%. Pero en 2022, ya había caído al 31,2%. Ser madre antes de los 25 se volvió mucho menos frecuente.
“La contracara de la postergación de la maternidad es que está bajando el número de mujeres ‘ni-ni’”, señala Schteingart. En 2014, el 31% de las mujeres jóvenes no estudiaba ni trabajaba; hoy esa proporción es del 25%.
El cambio también alcanza a las mujeres de otras edades. En 2014, el 50% de las mujeres mayores de 18 años trabajaba o buscaba empleo; hoy lo hace el 56%. Y la participación femenina entre todas las personas ocupadas pasó del 41,7% al 44,2%, después de años en los que se había mantenido cerca del 41%.
Postergar la maternidad y tener menos hijos ayuda a explicar ese aumento, pero la relación también funciona al revés: muchas mujeres hoy priorizan su formación, su trabajo o sus proyectos, y recién después tienen hijos. Cuánto pueden hacerlo depende también de cómo se repartan la crianza y las tareas del hogar entre los padres.
Parte de esa mayor participación se dio en el trabajo por cuenta propia: las mujeres pasaron del 34,5% de los cuentapropistas en 2014 al 42,1% actual. Schteingart lo vincula con la escasez de empleo formal y con las posibilidades que abrieron las redes y las plataformas.
Pero postergar no es lo mismo que no tener hijos. En 2022, el 89% de las mujeres de 45 a 49 años habían sido madres. En 2001, la proporción era del 90,9%. Pese a la fuerte caída de la maternidad entre las más jóvenes, casi nueve de cada diez mujeres seguían llegando a esa edad habiendo tenido al menos un hijo.
¿Cómo puede ser que la fecundidad haya caído a 1,2 hijos por mujer si casi nueve de cada diez fueron madres? Porque los números hablan de cosas distintas. La tasa de fecundidad mide los nacimientos de un año; el 89% refleja la historia completa de mujeres que en 2022 tenían entre 45 y 49 años. Y ellas, aunque fueron madres, tuvieron menos hijos: el promedio bajó de 3,1 en 2001 a 2,6 en 2022.
Esas mujeres nacieron en los años 70, así que no protagonizaron el desplome reciente. Nada garantiza que quienes hoy tienen 20 o 30 años sigan el mismo camino. Una pareja que posterga puede tener un hijo más adelante, tener uno en lugar de dos o no tener ninguno. La respuesta llegará con el tiempo. Recién cuando los jóvenes de hoy sean adultos, se podrá saber si tendrán menos hijos o solo los tendrán más tarde.
Algunos efectos, en cambio, ya empiezan a verse: menos nacimientos hoy significan menos chicos en las escuelas mañana y, con el tiempo, generaciones más pequeñas en el mercado laboral.
La caída de la fecundidad no cuenta solamente cómo y cuándo los jóvenes deciden formar familia. Habla también de que estudian y trabajan más, de mujeres que postergan la maternidad para priorizar sus proyectos y de familias que se forman más tarde y con menos hijos. Cuánto de eso será definitivo todavía está por verse. Lo que ya es seguro es que las decisiones que se toman dentro de cada hogar están redibujando el país que viene.
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