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Tuesday, October 27, 2026

Un chatarrero estadounidense compró un huevo de oro por 14.000 dólares sin saber que era una joya imperial: “Siempre hay tesoros por descubrir”

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A veces, los descubrimientos más importantes aparecen en los lugares menos pensados. En Estados Unidos, un comerciante de chatarra compró en un mercado de antigüedades un huevo de oro decorado por 14.000 dólares, sin imaginar que aquella adquisición terminaría convirtiéndose en un hallazgo histórico.

El objeto, que había comprado por el valor de sus materiales, era en realidad uno de los huevos de Pascua imperiales creados por el joyero ruso Carl Fabergé para la familia del zar. El comerciante esperaba obtener una pequeña ganancia con su reventa, pero el descubrimiento superó ampliamente sus expectativas.

El huevo contenía un reloj Vacheron Constantin, por lo que tanto el oro como sus componentes podían alcanzar un valor considerable, incluso si la pieza carecía de importancia histórica. Como no encontraba compradores interesados, decidió buscar información en internet utilizando palabras clave como "huevo" y "Vacheron Constantin".

La búsqueda lo condujo a un artículo sobre los huevos Fabergé que todavía se conservaban, en el que aparecía una imagen muy similar al objeto que tenía en su poder. El descubrimiento lo llevó a viajar a Londres para conocer el verdadero origen de la pieza.

La pieza que faltaba de la historia imperial

El huevo contenía un reloj Vacheron Constantin, lo que hacia que el oro y los componentes eran potencialmente muy valiosos.

Durante aquel viaje, el comerciante se puso en contacto con Kieran McCarthy, director de la prestigiosa firma de antigüedades Wartski, y le mostró una fotografía del huevo que había comprado por 14.000 dólares. Cuando el especialista le explicó qué tenía entre sus manos, el hombre se desplomó, según relató McCarthy. "Estaba consciente, pero se desplomó", recordó sobre su reacción.

"Contenía un reloj Vacheron Constantin, así que pensó que podría venderlo por un precio ligeramente superior al del oro. Pero, afortunadamente, a nadie le interesó", explicó el especialista.

Un análisis detallado permitió determinar que se trataba de un huevo de Pascua imperial de 1887. Había sido encargado por el zar Alejandro III como regalo para su esposa, la emperatriz María Fiódorovna, y formaba parte de una célebre colección de 50 huevos imperiales elaborados por Fabergé.

De esas 50 piezas, se conoce el paradero de 42. Las ocho restantes permanecen desaparecidas, aunque existen distintas hipótesis sobre su destino. El huevo encontrado por el comerciante estadounidense era uno de los ejemplares que los especialistas consideraban perdidos.

Su conservación resulta especialmente significativa por los acontecimientos que atravesó Rusia durante la Revolución de 1917 y los años posteriores, cuando numerosas propiedades de la familia imperial fueron confiscadas y dispersadas.

Muchos de aquellos tesoros fueron incautados por los bolcheviques y posteriormente vendidos al extranjero. El huevo había desaparecido de los registros históricos durante décadas, hasta que reapareció en un mercado de antigüedades de Estados Unidos.

El huevo era una pieza de colección que se daba por perdida

De los 50 huevos que integraban a la colección se conoce el paradero de solo 42.

El huevo presenta un pedestal decorado con guirnaldas de oro de distintos colores, sostenidas por zafiros azules tallados en cabujón y adornadas con lazos incrustados de diamantes. En su interior alberga un reloj Vacheron Constantin con esfera de esmalte blanco y agujas de oro engastadas con diamantes.

A pesar de su extensa trayectoria, la pieza se conserva en buenas condiciones, aunque le faltan algunas piedras preciosas. Todavía se desconoce con precisión por qué lugares pasó antes de llegar al mercado estadounidense. Una de las hipótesis apunta a que pudo haber pertenecido al coleccionista Armand Hammer, conocido por adquirir obras de arte y objetos procedentes de Rusia.

A partir de entonces, el recorrido del huevo resulta difícil de reconstruir, ya que habría pasado por distintas manos privadas, entre coleccionistas y comerciantes de antigüedades.

La importancia del descubrimiento quedó confirmada cuando McCarthy examinó personalmente la pieza en la casa del comprador, cuya identidad permanece en el anonimato. Posteriormente, el huevo fue vendido a un coleccionista privado por una suma millonaria, cuyo importe exacto no se hizo público.

La pieza también fue exhibida en Wartski, en Londres, lo que permitió su primera presentación pública en más de un siglo y despertó el interés de especialistas y aficionados a las antigüedades.

"Mantengan siempre los ojos bien abiertos. Siempre hay tesoros por descubrir", aconsejó McCarthy, al recordar que incluso los objetos más inesperados pueden esconder piezas de extraordinario valor histórico.

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