Descubren un nuevo virus transmitido por garrapatas detrás de enfermedades que hasta ahora no tenían explicación
Publicado por César Noragueda
Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
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Una persona desarrolla fiebre después de haber estado expuesta a garrapatas. El cansancio, las molestias digestivas y ciertas anomalías en la sangre encajan con una dolencia familiar para los médicos de varias regiones asiáticas. Parece razonable rastrear al microorganismo que suele provocarla. El test, sin embargo, dice que no está.
El desconcierto aumenta cuando esa ausencia deja de ser excepcional. Más del 30 por ciento de los pacientes clasificados clínicamente con síndrome de fiebre grave con trombocitopenia, o SFTS por sus siglas en inglés, dan negativo para el virus asociado a este trastorno. Los síntomas existen; el sospechoso habitual no aparece. ¿Qué está afectando entonces a esas personas?
Esa anomalía llevó a especialistas vinculados al Laboratorio Estatal Clave de Patógenos y Bioseguridad de Pekín y otras instituciones chinas a abordar el problema desde otro ángulo. En vez de limitarse a averiguar si las muestras contenían el agente esperado, ensancharon la pesquisa.
La respuesta, como nos explica su paper publicado en New England Journal of Medicine, la revista médica generalista revisada por pares más prestigiosa y antigua del mundo —se edita desde 1812— , estaba bien escondida entre pacientes, información genética y, por supuesto, decenas de miles de garrapatas.
Cuando los síntomas apuntan a un culpable que no aparece
Para entender el enigma conviene aclarar primero qué es el síndrome de fiebre grave con trombocitopenia.
Se trata de una enfermedad transmitida por garrapatas y endémica en Asia que puede ocasionar fiebre, descenso del número de plaquetas y afectación de distintos órganos. Su letalidad descrita oscila entre el 10 y el 30 por ciento. El agente causante conocido es Dabie bandavirus, abreviado DBV y denominado anteriormente virus del SFTS.
Un diagnóstico clínico, no obstante, empieza por lo que sucede en el organismo, no por contemplar directamente al invasor. Fiebre, fatiga o trombocitopenia —una cantidad anormalmente baja de plaquetas— ofrecen indicios, pero ninguno constituye una firma exclusiva. Patógenos ajenos entre sí pueden originar manifestaciones parecidas.
Es una enfermedad transmitida por garrapatas que puede ocasionar fiebre, descenso del número de plaquetas y afectación de distintos órganos, y causada por Dabie bandavirus.
La escena recuerda a una habitación inundada en la que se inspecciona de inmediato una tubería rota. Si todas están intactas, el agua no desaparece por ello. Lo que se derrumba es nuestra primera hipótesis sobre cómo llegó hasta allí.
Los numerosos episodios sin el bandavirus planteaban justamente esa posibilidad: quizá algunos afectados compartían apariencia clínica, pero no origen.
Buscar sin saber exactamente qué se busca
Los análisis dirigidos funcionan muy bien cuando existe un candidato definido. Podríamos compararlos con enseñar una fotografía a un guardia de seguridad de un edificio y decirle: “¿Ha entrado esta persona?”. El procedimiento resulta preciso, aunque solo responde acerca del rostro mostrado. Si el responsable es otro, un “no” correcto deja intacto el misterio.
La secuenciación metatranscriptómica examina el ARN presente en una muestra y reconoce componentes procedentes de múltiples organismos sin restringir de antemano el escrutinio a un único microbio.
El equipo recurrió a una estrategia mucho más abierta: la secuenciación metatranscriptómica. Simplificando, esta técnica examina el ARN presente en una muestra y reconoce componentes procedentes de múltiples organismos sin restringir de antemano el escrutinio a un único microbio. La cuestión deja de ser si está Dabie bandavirus aquí y pasa a parecerse a qué es lo que hay.
El material procedía de una vigilancia hospitalaria de afectados febriles con antecedentes de exposición a garrapatas en áreas chinas donde estas enfermedades son endémicas. Al análisis del material genético, se sumó el aislamiento viral: intentar obtener el agente y verificar que puede replicarse en células cultivadas. Esa combinación condujo a una pista ajena al sospechoso inicial.
El virus que faltaba en las pruebas
El intruso recibió el nombre de Asian longhorned tick nairovirus (ALTNV) o nairovirus de la garrapata asiática Haemaphysalis longicornis.
La similitud de sus secuencias de aminoácidos con las de otras especies de ortonairovirus quedó por debajo del 80,04 %, una divergencia compatible con su carácter distintivo.
Los estudios filogenómicos, que reconstruyen parentescos evolutivos mediante el contraste de características moleculares, lo situaron en el género Orthonairovirus, dentro de la familia Nairoviridae. Y la similitud de sus secuencias de aminoácidos con las de otras especies de ese grupo quedó por debajo del 80,04 %, una divergencia compatible con su carácter distintivo.
Había algo más sólido que una secuencia peculiar en un ordenador. Al inocular células Vero con suero humano positivo para ARN de este nairovirus, los autores consiguieron que creciera. Una inmunofluorescencia —método que emplea anticuerpos fluorescentes para localizar moléculas específicas— reveló sus antígenos —moléculas reconocibles por anticuerpos— y la microscopía electrónica permitió apreciar partículas con rasgos propios de los ortonairovirus. Asimismo, constataron su replicación en diversas líneas celulares.
Ese recorrido importa. Hallar fragmentos genéticos puede delatar la presencia de un agente, pero aislarlo, visualizarlo y confirmar su multiplicación aporta capas independientes de evidencia. El desconocido empezaba a adquirir entidad biológica.

Una cifra cambia la dimensión del hallazgo
Quedaba una cuestión decisiva: saber hasta qué punto surgía entre quienes llegaban al hospital.
El cribado abarcó 3.163 pacientes febriles que habían estado expuestos a garrapatas. El 10,4 por ciento dio positivo para nairovirus de la garrapata asiática Haemaphysalis longicornis mediante detección de ARN o de anticuerpos IgM, unas defensas que suelen registrarse en fases relativamente recientes de una infección.
La proporción cobró aún más interés dentro del vacío que había motivado la investigación: entre los pacientes negativos para Dabie bandavirus, el 15,1 por ciento portaba el nairovirus. Esto, claro, no significa que el nuevo agente dé cuenta de todos aquellos cuadros sin diagnóstico etiológico, cuya causa seguía sin identificarse, pero sí que despeja una fracción apreciable de la incógnita.
El 10,4 % dio positivo para ALTNV y, entre los pacientes negativos para DBV, el 15,1 portaba el nairovirus.
Las 56 infecciones exclusivas por el nairovirus permiten esbozar un perfil inicial. El 84 por ciento sufrió fatiga; el 80, problemas gastrointestinales; el 38, trombocitopenia; y el 36, concentraciones elevadas de aminotransferasas, enzimas cuyo incremento en sangre puede advertir de daño celular, frecuentemente hepático. Todos esos pacientes se recuperaron sin secuelas.
Cuando dos virus coinciden
El panorama se complica porque ambos agentes pueden alojarse en un mismo individuo. Los autores documentaron 38 coinfecciones por nairovirus de la garrapata asiática Haemaphysalis longicornis y Dabie bandavirus.
Frente a quienes solo tenían el segundo, ese grupo padeció síntomas respiratorios más a menudo, un 61 por ciento frente al 38, y un deterioro renal en mayor proporción: un 84 por ciento frente a un 66. Siete de los coinfectados murieron, equivalentes al 18,4 por ciento.
Esos números exigen prudencia. Una asociación no demuestra por sí sola que el nairovirus agravase esos desenlaces ni basta para atribuirle las muertes observadas. La magnitud de la muestra tampoco respalda conclusiones desmesuradas. El trabajo sostiene que la coinfección parece vinculada a mayor gravedad y abre un interrogante que deberá abordarse con más datos.
Esta cautela separa un indicio inquietante de una alarma injustificada. Cuando el nairovirus actuó sin el bandavirus, todos sobrevivieron y quedaron libres de secuelas. Confundir ambas circunstancias borraría precisamente una de las diferencias clínicas que el hallazgo ayuda a introducir.
La garrapata no es una mera sospechosa
Localizar nairovirus de la garrapata asiática Haemaphysalis longicornis en seres humanos todavía dejaba pendiente otra pieza: demostrar su vínculo con estos artrópodos. Para perseguirla, los investigadores analizaron 47.428 garrapatas recogidas en 15 provincias. El ARN del virus surgió en el 1,29 por ciento del conjunto, y la prevalencia máxima correspondió a Haemaphysalis longicornis, con un 1,75.
El ARN del virus surgió en el 1,29 % de las garrapatas analizadas, la prevalencia máxima correspondió a H. longicornis, con un 1,75, y la transmisión se mantenía en sus etapas de desarrollo y de la hembra a su descendencia.
Pero encontrar un patógeno dentro de un posible vector no basta para probar que este pueda contagiarlo. Los experimentos fueron más lejos.
H. longicornis sostuvo transmisión horizontal, transestadial y transovárica del nairovirus, además de transferirlo a ratones. “Transestadial” significa que el agente persiste cuando la garrapata pasa de una etapa de desarrollo a otra; “transovárica”, que una hembra infectada puede trasladarlo a su descendencia mediante los huevos.
Los ratones expuestos presentaron lesiones histopatológicas, es decir, modificaciones en sus tejidos observables al microscopio, y generaron anticuerpos después de que los parásitos se desprendieran. Todo ello conecta tres escenarios que por separado dirían menos: personas enfermas, garrapatas portadoras y transmisión experimental.

El verdadero descubrimiento no es solo un virus nuevo
El nairovirus de la garrapata asiática Haemaphysalis longicornis amplía algo más que un catálogo de microorganismos. Hasta ahora, un cuadro semejante al síndrome de fiebre grave con trombocitopenia podía llevar lógicamente a buscar Dabie bandavirus. La nueva evidencia indica que una parte de esas manifestaciones puede estar asociada con otro ortonairovirus que se propaga en los mismos territorios y comparte al menos un vector relevante.
Eso transforma el significado de un negativo. La ausencia del bandavirus no convierte automáticamente el episodio en inexplicable, sino que puede mostrar que el planteamiento diagnóstico era demasiado estrecho. Igual que un mapa mejora cuando incorpora carreteras antes invisibles, la medicina gana resolución al distinguir orígenes capaces de producir paisajes clínicos similares.
Los propios autores subrayan por ello la necesidad de perfeccionar el diagnóstico diferencial en las regiones donde el síndrome es endémico. Establecer esa separación no es una sutileza terminológica: sirve para determinar qué patógeno interviene, vigilar su expansión y evitar que dolencias distintas queden reunidas bajo una presentación compartida.
Lo desconocido también deja pistas
La historia termina donde comenzó: ante una comprobación negativa. Solo que ahora ese “no” encierra más conocimiento.
El trabajo no establece que el nairovirus de la garrapata asiática Haemaphysalis longicornis explique cada episodio de síndrome de fiebre grave con trombocitopenia sin Dabie bandavirus, ni avala extrapolar sus porcentajes fuera de la población estudiada. Sí señala una causa infecciosa que permanecía oculta dentro de un desafío médico ya descrito.
Su distribución tampoco se limita a un único punto del mapa: el ARN apareció en garrapatas de numerosas provincias muestreadas, mientras los casos humanos se concentraron en los lugares incluidos por la vigilancia hospitalaria.
La confluencia entre huésped, vector y territorio abre la tarea epidemiológica de esclarecer con exactitud dónde circula y cuántos casos provoca realmente.
Esa confluencia entre huésped, vector y territorio abre una tarea epidemiológica distinta: esclarecer con mayor exactitud dónde circula y cuántos casos provoca realmente.
A veces, la pista decisiva no es aquello que un examen descubre, sino lo que repetidamente deja de localizar. Aquellos resultados sin el bandavirus no eran un espacio vacío: marcaban una frontera de lo que conocíamos. El nairovirus ocupa ahora parte de ese hueco y recuerda algo elemental sobre las enfermedades infecciosas: que reconocer los síntomas no equivale todavía a identificar a su autor.
Referencias
- Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas (CIDRAP). "Scientists find new virus behind mysterious tick illness". ScienceDaily, 28 de septiembre de 2026
- Xiao-Ai Zhang, Bo Liu, Si-Qian Wu, Xin Yang, Ning Cui, Ling Lin, Xue-Jun Wang, Nan Li, Ming Chen, Ming-Da Hu, Jun Wu, Ellen Owen, Jonathan Owen, Li-Qun Fang y Wei Liu. "A Zoonotic Orthonairovirus from Febrile Patients in China". New England Journal of Medicine, 2 de septiembre de 2026. DOI: 10.1056/NEJMc2602496.
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