Messi o el deseo más humano de todos

El tópico del futbolista como figura intermedia entre lo humano y lo divino es bien conocido, en especial por los argentinos. Hace décadas que se compara a Maradona con Dios: Diego Maradona como nuestro Dios, el Dios que nos tocó a los argentinos, bajo la forma de jugador de fútbol, exceso sobrehumano –¿divino?– de talento. Y exceso humano –¿demasiado humano?– de pasiones. Un verdadero derrame de hybris y de pathos, digno de las mejores tragedias griegas.
En otras palabras: transferencia del contenido ideal (lo mejor, lo más grande, lo eterno) a un sujeto real, bien real. Y no hay nada más real que la humanidad encarnada, la unidad del cuerpo viviente como expresión de lo limitado y finito de nuestra existencia en la tierra. Lo vivo es potencia, sí; pero tiene como contracara eterna lo débil y vulnerable. Lo finito: lo que alguna vez termina, expira y, así, se de-fine, se de-termina; en fin: se cierra.
Como todos los argentinos luego de aquel México 86, Lionel Messi nació y creció con esa imagen, con esa representación del Diego mítico, mitad hombre mitad Dios, algunas veces más Dios que hombre, muchas veces más hombre que Dios. Entre su talento único y su gigantesco palmarés, a Messi le fue imposible escapar a la comparación con aquel semidiós llamado Maradona, ícono de la viveza criolla y la hybris nacional, comandante en jefe de un ejército futbolístico dispuesto a todo por vengar el orgullo y honor de un país ante la potencia invasora inglesa.
¿De dónde sale esta tendencia humana a depositar cualidades ideales en figuras ficticias? ¿Cómo y por qué nos creamos dioses? En el siglo XIX, el filósofo alemán Ludwig Feuerbach se hizo estas preguntas y esbozó algunas respuestas, influyendo a figuras como Marx, Nietzsche, Freud y Buber. Según él, el concepto mismo de Dios no sería más que una proyección causada por nuestra necesidad de saber. ¿Qué certeza ansiamos? Necesitamos, con urgencia, saber que la vida terrena y temporal no se acaba con nuestra última exhalación: nuestro deseo nos dice que tiene que haber algo más, lo sentimos. No puede ser que todo termine acá. Es insoportable.
Contra esta idea religiosa de la inmortalidad del alma individual, Feuerbach pensará una noción de hombre que, en tanto individuo, basa su ser en su corporalidad, su sensibilidad y su sensualidad. Pero lo que propone no es un materialismo raso, que solo reconoce en el hombre su realidad física. Lejos de eso, concibe que la única forma posible de cumplir con el deseo humano (muy humano) de trascendencia es a través de la creación humana, a través de la cultura.
El hombre se sobrepasa a sí mismo, logra vencer su propia limitación temporal, solamente a través de lo que deja de él en los demás: cuando su creación encuentra un lugar en la cultura, traspasa la finitud del individuo e ingresa en el espectro infinito de la humanidad, siempre y cuando los demás mantengan vivo el recuerdo de tal creación.
Si seguimos a Feuerbach, entonces, Messi no es Dios. Es humano, bien humano, pero el mejor humano posible: aquel que logra, en su creación, trascender la finitud de la existencia individual para acceder a la dimensión transhistórica y trascendente del espíritu de la comunidad. Messi es historia porque Messi engendra historia; es el recuerdo mismo que cada uno de nosotros tenemos de él levantando la Copa del mundo. El recuerdo colectivo sostiene así la posibilidad de la historia.
Nadie que haya vivido lo que los argentinos vivimos el 18 de diciembre de 2022 puede olvidarlo, así como la generación que vivió el 78 y el 86 todavía sigue hablando, contando, recordando y emocionándose. Aquellas creaciones humanas que, al igual que la que culminó la selección argentina aquel domingo en Qatar, trascienden la dimensión temporal de los individuos para erigirse como parte de lo eterno, del espíritu general, de la humanidad toda.
Su último partido con la Selección, disputado el martes pasado en el Monumental, no debería entenderse entonces como la clausura de una presencia, sino como el comienzo de otro modo de estar. Messi dejará de ocupar el centro del campo, pero no el de la memoria. Ninguna despedida puede quitarle a un pueblo los recuerdos que ha creado con él: el chico de Rosario, la final de Río, el festejo en Lusail, la final en New Jersey, las lágrimas, las canciones, las tardes y noches en que millones de vidas estuvieron ligadas por una sola y misma espera: ver a Messi levantar la copa.
Messi y la selección argentina son parte de la historia justamente porque ellos son la historia, que no es más que eso: el recuerdo eterno de un pueblo, de una humanidad que ha logrado atravesar el límite fatal impuesto por el tiempo a nuestra existencia.
Ezequiel Burstein es profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires
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