En plena zona petrolera, saca pecho con el maíz bajo riego, la ganadería y la carne con marca propia

A tan solo 200 metros de la chacra de la familia Ortega hay siete pozos de extracción de gas y petróleo. Es un paisaje al que los habitantes de Allen, en el Alto Valle de Río Negro, ya están acostumbrados. Pero frente al avance del paradigma petrolero, que desde hace años compite con la fruticultura por la tierra y, sobre todo, por la mano de obra, Julio Ortega decidió buscar una alternativa.
Hace casi dos décadas comenzó a producir maíz bajo riego para transformarlo en carne. En el camino incorporó servicios agrícolas para hacer más eficiente y rentable la operación y ahora avanza otro paso en la cadena: la comercialización directa de sus productos.
La chacra original fue levantada a puro esfuerzo por los abuelos de Ortega, que llegaron desde España expulsados por la guerra y la hambruna. Lo primero que hicieron fue emparejar el suelo con una rastra tirada por caballos para poder regarlo. Después llegaron los frutales: peras, manzanas, duraznos.
“Todo el valle es frutícola, pero la actividad viene decayendo desde hace varias décadas. Una de las principales razones es la falta de mano de obra, porque la fruticultura necesita mucha gente”, cuenta Ortega a Clarín Rural. En los últimos años, explica, la situación se agravó por la competencia del petróleo y por un cambio generacional. “Las chacras son en su mayoría chicas, de 10 o 12 hectáreas, y muchas quedaron abandonadas porque las nuevas generaciones se van a estudiar y no vuelven”.
La pregunta surge naturalmente: ¿cómo pueden competir las frutas o la ganadería con la poderosa industria de los hidrocarburos?

Para Ortega, ceder una finca para la extracción de petróleo y gas no representa necesariamente un negocio extraordinario para el propietario. El recurso del subsuelo no le pertenece y la compensación por permitir la actividad es, según describe, un alquiler que no siempre resulta significativo. A eso se suma una cuestión cultural y laboral. “Si querés trabajar con el petróleo te tenés que ir al desierto, a Vaca Muerta, Añelo. Es otra historia. En Allen no hay nada que hacer”, sostiene.
La competencia por los trabajadores también se trasladó al transporte. Los choferes prefieren el petróleo porque ofrece mejores salarios. Ortega lo conoce de primera mano. “Éramos cuatro hermanos y no podíamos vivir todos de la chacra. Entonces empecé a trabajar con un camión afuera. Llegué a tener 17 camiones, pero el 2001 nos agarró con muchos camiones fiados y nos dio un golpe bárbaro”, recuerda.
Los Ortega volvieron a empezar y mantuvieron aquella actividad hasta 2012, cuando la competencia petrolera hizo inviable el negocio. “No me gusta trabajar en petróleo, no me gusta lo que pasa. Lo que te ofrecen por hacer una perforación en tu campo es una miseria y lo que está abajo de la chacra no es de uno. Entonces me dije: tengo que buscar otra cosa”.
La salida llegó primero a través del movimiento de suelos, aprovechando su conocimiento de las máquinas. Después apareció la agricultura como una manera de reducir la dependencia de una mano de obra cada vez más escasa y demandada.

Ortega comenzó a alquilar chacras abandonadas. A cambio de varios años de arrendamiento, se encargaba de recuperarlas: arrancaba los frutales abandonados, nivelaba los lotes con láser y preparaba los terrenos para que el riego por manto llegara de manera uniforme. Con el tiempo, la familia reunió unas 200 hectáreas, incluyendo las 12 hectáreas de la chacra original, donde instaló un feedlot.
“Es un emprendimiento lindo, seguimos, hoy estamos en un buen momento, se puede producir. Pero la escala es fundamental y eso no es fácil de encarar. Un ternero vale un millón de pesos y, si no tenés 400 o 500 para arriba, no es negocio. Se necesita capital, crédito, y eso todavía no existe”, explica.
Hoy Ortega produce maíz bajo riego en las 200 hectáreas. La rotación prácticamente no existe. “No puedo rotar nada porque lo tengo alquilado, llevo 17 años haciendo maíz sobre maíz. Usé el concepto de la fruticultura: si vos fertilizás las plantas, dan fruto toda la vida. La tierra es una maceta”, sostiene.
La estrategia exige una fertilización intensiva y una relación de precios que permita sostenerla. En el aprendizaje también fue ajustando la densidad de siembra: comenzó con 100.000 plantas por hectárea y hoy trabaja con unas 75.000. “El suelo, como lecho de río, es muy heterogéneo en calidades, hay mucha variabilidad. Uno tiene que encontrar el equilibrio”, explica.
La ventana de siembra también es estrecha. Arranca a fines de octubre y se extiende, como máximo, hasta el 10 de diciembre. “Si no, las heladas de marzo te parten”, advierte. Los rindes promedio rondan los 11.000 kilos por hectárea, aunque hay lotes que alcanzan 18.000 o 20.000 kilos.
Entre 70 y 100 hectáreas se destinan cada año al picado, con producciones de entre 60 y 70 toneladas de materia seca por hectárea. La cosecha comienza alrededor del 20 de febrero y puede extenderse hasta fines de marzo o abril, en parte por la escasez de contratistas.
La respuesta a esa escasez fue, una vez más, integrar. La familia compró una picadora para hacer el trabajo propio y, durante el resto del año, brindar el servicio a otros productores de la zona. Con la misma lógica trabajan la cosecha de grano, que se realiza entre mayo y agosto con equipos propios que luego salen a otras chacras.
A fuerza de prueba y error y con una clara vocación integradora, Ortega se convirtió en un referente maicero de la región. No es casualidad que su empresa se llame Maizales de la Patagonia, una marca que ahora también identifica la carne que produce.

Además de la chacra a la vera del río Negro, los Ortega cuentan con un campo de secano de 12.000 hectáreas, de muy baja receptividad, donde unas 200 vacas producen alrededor de 150 terneros por año. “En los últimos años tuvimos que sacar todas las vacas por la sequía. Es una zona muy difícil. Es una ganadería sufrida”, describe.
Esos terneros llegan al feedlot con unos 200 kilos para agregarle valor al maíz producido bajo riego. Ahí hacen una recría y luego una etapa de terminación, buscando el punto de equilibrio del negocio.

“La hacienda subió de precio y la reposición no es fácil”, explica Ortega. El volumen de maíz utilizado varía según las condiciones de cada ciclo. En el último año vendieron unas 1.200 cabezas provenientes del feedlot, que tiene capacidad para unas 1.600 por año.
Pero la integración no termina en el engorde. Los Ortega faenan toda su hacienda y también compran animales a terceros para abastecer con carne a las carnicerías de la zona. Tienen camiones propios y distribuyen medias reses, aunque ya están pensando en el próximo paso.
Alquilaron un frigorífico de ciclo 2 donde realizan el desposte y el fraccionamiento. “Para mí, las carnicerías van a desaparecer porque no se puede controlar el comercio en media res. Nosotros pensamos en envasar todo al vacío, en porciones chicas, para que se pueda vender en cualquier lado”, proyecta.

Agricultura, servicios, ganadería, feedlot, faena y comercialización conforman hoy un circuito integrado que mantiene ocupada a la familia Ortega —Julio, su hija, su hijo, su yerno y un amigo del yerno— y a otros seis empleados. El equipo debe estar preparado para hacer de todo. “Es difícil, hay que ir resolviendo muchas cosas y, por lo aislados que estamos, tenemos que poder hacer de todo: arreglar las máquinas, mover animales, cosechar…”.
Esa diversificación también funciona como una red de contención. “No podemos nunca dejar de hacer el maíz, por más que no den los números. En esos casos, las otras actividades, como los servicios, ayudan a la rentabilidad general de la empresa”, explica.
En una región donde el petróleo modificó el mapa productivo y laboral, Ortega encontró su propia fórmula: producir maíz, transformarlo en carne, prestar servicios y avanzar hacia el consumidor. Y está convencido de que el modelo podría multiplicarse. "El problema para integrar más es que falta crédito a tasas coherentes. Acá podrían convivir muchas más empresas como la nuestra”, concluye.
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