El agujero de la capa de ozono se está cerrando: cómo la ciencia y un tratado histórico nos salvaron de una catástrofe global

Durante décadas, los humanos hemos estado usando numerosos productos que atentaban contra la capa de ozono de nuestra atmósfera, como por ejemplo la laca para el pelo o el gas que se usaba para enfriar nuestras neveras. Pero aunque a priori parecía algo inocuo, a 20 o 30 kilómetros por encima de nuestros pies los científicos vieron que estaba ocurriendo un desastre, y lo que siguió sin duda fue un gran triunfo de la diplomacia ambiental que ha permitido parar el desastre de nuestra capa de ozono.
Lo que se vio. La historia de esta salvación comenzó en 1974, cuando un grupo de investigadores publicaron un estudio donde demostraban que los clorofluorocarbonos que encontrábamos en ciertos aerosoles cotidianos eran extremadamente estables en la troposfera, pudiendo permanecer en la atmósfera entre 40 y 150 años.
El problema no es que estuvieran ahí, sino que estos compuestos, cuando alcanzaban la estratosfera, se fotodisociaban y liberaban átomos de cloro, los cuales actuaban como catalizadores en la destrucción del ozono.
Después la comunidad científica advirtió que, de continuar las emisiones sin ningún tipo de control, el ozono podría reducirse entre un 7 y un 13%, lo que aumentaría drásticamente la radiación ultravioleta y, en consecuencia, el riesgo de cáncer de piel a nivel global.
Pero el punto de inflexión definitivo llegó en 1985, cuando observaciones de la British Antarctic Survey revelaron pérdidas estacionales masivas de ozono total sobre la Antártida, evidenciando que el frío extremo y la química del cloro hacían a esta región especialmente vulnerable. Aquí ya podíamos hablar de que habíamos generado el "agujero de la capa de ozono".
Lo que nos planteamos. Ante la inminencia del desastre, la comunidad internacional adoptó el 16 de septiembre de 1987 el Protocolo de Montreal. Este tratado estableció un estricto calendario para reducir y eliminar la producción y el consumo de sustancias que agotan la capa de ozono, como el CFC-11 y el CFC-12.
Y la verdad es que el éxito de este protocolo no tiene precedentes, puesto que ha logrado un nivel de ratificación prácticamente universal y ha conseguido eliminar más del 99% de la producción y el consumo de las sustancias controladas. Algo que en otros acuerdos como el de París no se ha logrado ni de cerca.
El misterio de las emisiones. A pesar del éxito del tratado, el camino hacia la recuperación tuvo un bache alarmante. Tras años de constante descenso, la concentración global de CFC-11 dejó de disminuir al ritmo esperado a partir de 2012, y los científicos detectaron un aumento inesperado y persistente de las emisiones de aproximadamente 13 gigagramos al año a pesar de que la producción global declarada era casi nula.
La red de monitoreo atmosférico entró en acción y logró rastrear el origen del problema y, aquí, utilizando estaciones en Corea del Sur y Japón, se descubrió que las emisiones provenían principalmente de China oriental. Y esta producción clandestina explicaba entre el 40% y el 60% del aumento global de CFC-11 entre 2014 y 2017.
Pero su reducción fue inmediata, puesto que entre 2018 y 2019, las emisiones globales de CFC-11 cayeron en 18 gigagramos al año, devolviendo las cifras a los niveles previos a 2013. Y las observaciones confirmaron de forma específica que las emisiones desde China oriental se redujeron en 10 gigagramos al año, neutralizando el problema y devolviendo la recuperación del ozono a la senda prevista.
El agujero se cierra. La recompensa a todos estos esfuerzos se ha hecho más visible que nunca recientemente. Durante la temporada de 2025, el agujero de ozono antártico fue el quinto más pequeño registrado desde el año 1992, y según los datos satelitales, el agujero tuvo un área media durante su pico de unos 18,71 millones de kilómetros cuadrados, y terminó desintegrándose casi tres semanas antes que el promedio de la última década.
Además, ahora sabemos sin lugar a dudas que esta mejoría es fruto directo de nuestras acciones, puesto que se ha visto que, tras analizar 15 años, el aumento del ozono antártico desde 2005 se debe principalmente a la caída de sustancias que agotan el ozono y a que a día de hoy todavía sigue cerrándose.
Vía | Science Blog
Imágenes | Zelch Csaba
En Xataka | Un planeta lleno de agujeros: Cómo somos capaces de medir la densidad de la capa de ozono
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