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Monday, September 28, 2026

¿Cuánto puede acercarse un objeto al Sol antes de ser destruido? La astronomía conoce casos extremos

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Publicado por César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

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La proximidad a una hoguera ofrece una intuición sencilla: al reducirse la distancia, el calor se vuelve más insoportable. Si sustituimos las llamas por una estrella cuya superficie ronda los 5.500 grados centígrados, cabe concebir una línea invisible a partir de la cual cualquier visitante acabaría destruido.

De ahí surge una pregunta casi infantil y, precisamente por eso, poderosa: ¿hasta dónde puede aproximarse algo al Sol y volver? Mercurio proporciona una primera referencia. El planeta completa una vuelta en solo 88 días terrestres y, contemplado desde nuestra cómoda lejanía, transmite la impresión de habitar ya el borde de lo tolerable.

Sin embargo, utilizarlo como medida engaña. Asteroides, sondas y, sobre todo, cometas han penetrado mucho más en los dominios solares. Unos lograron salir; otros se fragmentaron o se esfumaron.

Para entender esos desenlaces, conviene abandonar antes una idea seductora: no existe alrededor de nuestra estrella un umbral universal que aniquile por igual todo cuanto lo atraviesa.

Antes del récord: qué significa realmente acercarse al Sol

Los planetas y cuerpos menores no trazan necesariamente círculos perfectos. Muchas órbitas son elipses, figuras semejantes a un óvalo, y el Sol ocupa uno de sus focos. Por eso, la separación respecto al astro varía muchísimo durante una sola vuelta. El punto situado a menor trecho recibe un nombre: perihelio.

Podemos representarnos una pista ovalada en la que el corredor pasa una vez junto a una hoguera colocada hacia uno de los extremos y después se aleja. Un cometa puede permanecer durante gran parte de su periplo en parajes fríos y remotos, acelerar mientras cae hacia las regiones centrales del Sistema Solar y atravesar fugazmente un sector abrasador antes de marcharse otra vez.

Mercurio ayuda a poner números a esa geometría. En su perihelio, queda a unos 46 millones de kilómetros de la superficie solar. La cifra resulta pequeña en términos astronómicos. Pero, cuando descendemos por la gradación de los casos extremos, el mundo más próximo a nuestra estrella deja rápidamente de asemejarse a un vecino especialmente atrevido.

Un cometa puede permanecer durante gran parte de su periplo en parajes fríos y remotos, acelerar mientras cae hacia las regiones centrales del Sistema Solar y atravesar fugazmente un sector abrasador antes de marcharse otra vez.

Hay asteroides que dejan atrás a Mercurio

Algunos asteroides siguen trayectorias que cruzan la órbita mercuriana. El tirón de los planetas puede alterar durante enormes intervalos sus itinerarios y enviar fragmentos originados más lejos hacia regiones mucho más próximas al Sol. No necesitan haberse formado en ese vecindario para terminar visitándolo.

Un ejemplo llamativo es 2024 YL3, un asteroide de alrededor de 140 metros. Su perihelio lo conduce a unos 10 millones de kilómetros del núcleo solar, muchísimo más adentro que Mercurio. Continúa siendo una separación gigantesca en nuestra escala cotidiana, pero el salto respecto a este último permite apreciar cuánto espacio queda todavía hasta el astro.

Los astrónomos incluso han buscado una población hipotética de pequeños mundos llamados vulcanoides, capaces de orbitar permanentemente por dentro de Mercurio. Determinadas franjas serían dinámicamente estables, es decir, admitirían revoluciones duraderas sin que las perturbaciones planetarias expulsaran enseguida a sus integrantes.

Recreación artística de la sonda Parker Solar Probe cerca del Sol. ChatGPT, César Noragueda.

Hasta ahora, no se ha confirmado ninguno. El matiz importa: que las leyes físicas hagan viable algo no demuestra que la naturaleza haya llegado a fabricarlo.

Parker Solar Probe: una máquina enviada hacia el fuego

La humanidad decidió internarse deliberadamente en un ámbito todavía más hostil. La sonda Parker Solar Probe, de la NASA, fue diseñada para estudiar directamente la atmósfera exterior del Sol. En sus incursiones más profundas, llegó a unos 6,1 millones de kilómetros de la capa visible, muchísimo más cerca que cualquier nave anterior.

¿Cómo puede sobrevivir una máquina allí? La respuesta obliga a distinguir temperatura y transferencia de calor. La corona, una envoltura extremadamente tenue de la atmósfera solar, alcanza más de un millón de grados. Sin embargo, contiene tan pocas partículas que no transmite energía como lo haría un material denso a idéntico nivel térmico.

La corona, una envoltura extremadamente tenue de la atmósfera solar, alcanza más de un millón de grados, pero contiene tan pocas partículas que no transmite energía como lo haría un material denso a idéntico nivel térmico.

La comparación con un horno ayuda. Podemos soportar durante un momento aire muy caliente que causaría lesiones con mucha mayor rapidez si fuera agua a los mismos grados, porque el líquido cede energía con mayor eficacia.

Por otra parte, Parker Solar Probe añade otra defensa: un escudo de compuesto de carbono mantiene sus instrumentos a la sombra mientras el lado expuesto resiste una radiación brutal. No es invulnerabilidad; es ingeniería concebida para unas circunstancias muy concretas.

Los cometas rasantes llevan el desafío bastante más lejos. Son objetos ricos en materiales volátiles cuyas órbitas los conducen extraordinariamente cerca del Sol. Algunos pertenecen a familias surgidas de la ruptura de antepasados mayores y retornan periódicamente al entorno solar por rutas que parecen suicidas.

Allí actúan varios verdugos simultáneos. El calentamiento hace que los hielos pasen directamente a gas, proceso llamado sublimación, y arrastra polvo y otros componentes. Los contrastes térmicos generan tensiones. Además, la atracción solar tira con distinta intensidad del flanco cercano y del lejano, originando fuerzas de marea que pueden contribuir a despedazar un núcleo frágil.

Por eso, preguntar a qué distancia se destruye “un objeto” equivale a plantear cuánto podemos aproximar algo a una hoguera antes de perderlo. Una bola de acero, un bloque helado y un montón de grava apenas compactado no reaccionarán igual. Tamaño, composición, cohesión, rotación, velocidad y tiempo de exposición condicionan el destino.

Los cometas resultan especialmente vulnerables porque suelen albergar sustancias congeladas y materia poco consolidada. Aun así, algunos completan incursiones asombrosamente próximas y continúan su camino.

Una bola de acero, un bloque helado y un montón de grava apenas compactado no reaccionarán igual: tamaño, composición, cohesión, rotación, velocidad y tiempo de exposición condicionan el destino.

Uno de los episodios más extraordinarios ocurrió en 1887. El Gran Cometa Austral apareció como un brillante viajero rasante y describió un curso tan cerrado que su perihelio quedó a unos 718.000 kilómetros del centro solar. La cifra necesita contexto para revelar lo verdaderamente excepcional del encuentro.

El radio del Sol —la longitud desde su eje hasta la superficie visible— ronda los 696.000 kilómetros. Eso significa que el cometa circuló apenas unas decenas de miles de kilómetros por encima de la fotosfera, la cubierta luminosa que percibimos como superficie.

Frente a las magnitudes manejadas hasta ahora, fue prácticamente un roce. Y, pese a semejante paso, escapó. Pero ese desenlace no fija una barrera válida para todos los cometas: describe lo que consiguió aquel protagonista en aquella ocasión.

En 1887, el Gran Cometa Austral describió un curso tan cerrado que su perihelio quedó a unos 718.000 km del centro solar, apenas unas decenas de miles de km por encima de la fotosfera, y escapó.

El episodio muestra precisamente por qué el problema no puede reducirse a un número mágico. Dos visitantes con composiciones, tamaños o estructuras dispares podrían afrontar finales opuestos aun siguiendo recorridos similares.

Un paso más: entrar realmente en el Sol

Todavía podemos concebir una trayectoria más radical. Si el perihelio de un cometa queda por debajo del radio solar, su itinerario ya no discurre sobre la superficie visible: la atraviesa. Estos hipotéticos intrusos reciben en inglés nombres como sundivers o sunstrikers. No serían simplemente cometas rasantes, sino masas lanzadas directamente contra el Sol.

Aquí sí surge una divisoria geométrica inequívoca. Una ruta que penetra en la fotosfera se interna físicamente en estratos solares cada vez más densos. El calentamiento, la resistencia del medio circundante y la desintegración convertirían la posibilidad de emerger intacto en algo radicalmente diferente de una incursión exterior.

Recreación artística de distintas trayectorias extremas alrededor del Sol. ChatGPT, César Noragueda.

Eso no proporciona, sin embargo, el número que quizá esperábamos al comienzo. Saber dónde empieza el borde del Sol no equivale a determinar dónde sucumbirá cualquier objeto que se aproxime. Muchos cometas pueden deshacerse bastante antes; otros toleran aproximaciones sorprendentemente profundas. La demarcación física del astro es única, pero el porvenir del intruso obedece a más factores.

Entonces, ¿a qué distancia destruye el Sol un objeto?

La respuesta ya puede formularse sin trampas: no hay una distancia exterior universal. El efecto viene determinado por qué llega, cómo está construido y de qué manera se aproxima. Un asteroide rocoso compacto, una nave protegida y un cometa poroso afrontan amenazas diferentes aunque compartieran exactamente el mismo perihelio.

También importa la velocidad. Un tránsito rápido limita el periodo durante el cual la radiación puede depositar energía; una permanencia prolongada concede más margen para calentar, sublimar o fracturar materiales. El giro reparte de otra manera el aporte recibido. La cohesión interna establece cuánto aguantará la estructura las tensiones. Incluso la orientación puede modificar qué áreas soportan el castigo mayor.

Un asteroide rocoso compacto, una nave protegida y un cometa poroso afrontan amenazas diferentes aunque compartan exactamente el mismo perihelio; máxime si es a velocidad y giro distintos.

El interrogante inicial, por tanto, estaba incompleto. No basta con preguntar a qué distancia; hay que añadir qué objeto y en qué condiciones. La astronomía no sustituye una frontera desconocida por otra cifra exacta: descubre algo más interesante, un abanico de posibilidades gobernado por la interacción entre cada viajero y un ambiente progresivamente más hostil.

Acercarse al Sol enseña algo más importante que un récord

Nuestro recorrido comenzó con Mercurio, que ofrecía una definición intuitiva de cercanía. Después, lo dejamos atrás con asteroides, acompañamos a Parker Solar Probe dentro de la corona y seguimos a cometas capaces de rozar la fotosfera. Cada escalón derribó la barrera que el anterior parecía sugerir.

Esa sucesión revela una lección que rebasa la astronomía. Tendemos a buscar líneas claras en la naturaleza: aquí empieza el peligro, a partir de aquí nada perdura. Pero muchos límites están ligados tanto al protagonista como al escenario. Un entorno puede resultar tolerable para cierta configuración y letal para otra.

Por eso, el récord del Gran Cometa Austral de 1887 resulta fascinante, aunque esa marca no sea la conclusión de mayor importancia. Preguntar cuánto puede acercarse algo al Sol parece exigir una cifra. En realidad, obliga a conocer al sujeto. Junto a una estrella, conservarse no depende únicamente de dónde estás, sino también de qué eres y de cuánto permaneces allí.

Referencias

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