"Una epopeya, una obra magna": Crítica de 'La bola negra', la película de los Javis que invoca el espíritu de Federico García Lorca con una Penélope Cruz faraónica

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Si “ningún español ha deseado nunca” es una mentira catedralicia, anima la hispanista a la que interpreta Glenn Close en un coloquio junto a Alana S. Portero, entonces, demos nombres y apellidos a aquellas historias de amor que descansan en las cunetas; hay que “arañar la tierra” para quienes vienen detrás. Explica Close, otra de las grandes hispanistas formadas fuera de nuestro país, que reanimar las biografías y las ideas de Federico García Lorca (o de Luis Cernuda, otro poeta que sirvió de ejemplo) es, por tanto, una cuestión de urgencia.
Pero qué ideas, si los versos del poeta granadino –como reconoce en un guiño la misma película– “no se entienden”. La luna, la nieve, un niño, las dichosas bolas negras. Entonces, proponen los Javis, emulemos la avalancha sensorial de la poesía lorquiana, dejémonos arrollar. Maximalistas, para ello construirán una epopeya arrolladora de dos horas y media, hipercalórica como un puchero donde caben desde la delicadeza íntima de un amorío a roces hasta el vozarrón mítico del oráculo de la montaña. ‘La bola negra’ es, quiere permanecer, una fábrica de imaginería a todo gas.

El relato se hilvana por entre tres tiempos. En su núcleo, al que remite ocasionalmente, guarda la adaptación de las cuatro páginas que se descubrieron de la novela inacabada escrita por Lorca, justo antes de morir asesinado a manos del bando franquista. Ambientadas en los instantes previos a la Sanjurjada de 1932, recrean el dilema que enfrenta Carlos (Milo Quifes, un actor con duende), heredero de una familia de bien con Natalia de Molina y Antonio de la Torre por ejemplos de rectitud. El joven debe decidir permanecer –o no– en el armario, para asegurarse el ingreso en un prestigioso Casino en una votación a bolas blancas (síes) y negras (noes). El asesinato lento de la esperanza y una alegoría por título, ‘La bola negra’, que será largamente destripada en las redes. Estómago rumiante, enrarecido como las entrañas de ‘La mesías’, la historia de Carlos hierve en colores expresionistas, composiciones fársicas y lentes wellesianas, que Gris Jordana capta con garra post-almodovariana.
En la costra, ochenta y cinco años más tarde, Alberto, un folklorista español (Carlos González, el Bob Pop de ‘Maricón perdido’) se entretiene comprando discos de música griega, hasta que recibe una llamada sobre el fallecimiento de su abuelo materno –por cuya historia, le reprochan, nunca se ha interesado– y una misteriosa herencia. El presente se cuenta sin poner demasiadas pegas a la fórmula del “pariente que vuelve al pueblo”, que quizás sea la única similitud de ‘La bola negra’ con parientas de raigambre más clásica, como ‘El maestro que prometió el mar’.

Alberto vive mucho mejor que sus abuelos, excepto que el tiempo en ‘La bola negra’ no funciona de forma lineal, no por virtud del montaje de Alberto Gutiérrez (‘Paquita Salas’), que une las sacudidas de un cuerpo repleto de cadáveres con las de un polvo sin deseo. Una herida por tratar no sana: lo sabrá la Lola Dueñas, madre abandonada y abandonadora de Alberto. Dueñas sirve de ejemplo práctico, de una claridad algo manida, para descubrir que los estallidos de violencia del pasado, la pólvora, también pueden explotarte a la cara, en presente. Dueñas se habrá asegurado todas las nominaciones de la temporada de premios con un desparrame de alubias incómodo de verdad.
Por entre ambas líneas temporales, y ahí late el corazón para esta película-organismo, se cuenta la historia de amor entre un “soldadito español” –canta el pasodoble militar de Jacinto Guerrero–, un cualquiera atrapado en las filas franquistas, y el héroe rojo al que está obligado a hacer de centinela. Guitarricadelafuente, sosteniendo y calibrando la sensibilidad temblorosa de un Josh O’Connor, es Sebastián, mientras que Miguel Bernardeau encarna a Rafael Rodríguez Rapún, personaje real y lo más parecido a un objeto de deseo en esta película profundamente teñida de muerte.

Este ‘Paciente inglés’ ambientado en 1939 es, en tono, el mayor riesgo de los Javis: por un lado, contiene escenas y réplicas de intensidad culebrónica de media tarde. En ocasiones, sin embargo, alguien introducirá entre palabras de nada alguna bellísima idea de Lorca (“no quiero dormir, quiero vivir”, “la vienen los que se equivocan”), de las que te llevan a comprobar en los subtítulos si te perdiste. Será que el olvido de la historia produce… Teatro.
El romance entre Rafael y Sebastián, mártires, se explica poniendo la tilde en el tacto –la luz que toca el cuerpo, las manos que se rozan, el vello en el pecho de Bernardeau como invitación–, heredero del mundo untuoso, por pequeño y trascendente, de Víctor Erice. Al mismo tiempo, perforan la intimidad escenas de una corporalidad grotesca, como el baño nocturno de los soldados jóvenes (muy Claire Denis) que termina con el descubrimiento de un cadáver entre las aguas poco profundas, un peso muerto al que se zarandea en volandas, como si fuera uno más de la tropa. 1939 también se explicó como un vodevil, paréntesis opiáceo (aunque no ciego ante los abusos a las vedettes) en tiempos de muerte y sexilio. Resulta imposible no recordar ‘Las cosas del querer’ de Chávarri ante el espectáculo tremendo con que se corona una Penélope Cruz faraónica.

Olvido buena parte del alud de referencias de esta obra magna e interseccional, un torrente que no teme caer en la emoción evidente y que se alarga tratando de cauterizar sus tramas con la máxima claridad posible. No menos pesado o divulgativo, rozando lo ñoño, su alargado tercer acto puede interpretarse asimismo como un gesto de coherencia para con las cuentas del pasado que la película obliga a rendir a sus personajes en presente.
Sin embargo, el momento de mayor inspiración y emotividad de todo el film se abre cual pregunta abierta, en forma de un contraplano nunca respondido, una pregunta abierta acerca de quién acabó con la vida de Rafael. La decisión consciente de no señalar al verdugo abre una grieta en la imagen del fratricida cinco de mayo, a la vez que desafía las retóricas sobadas sobre la reconciliación imposible de las “dos Españas”. Igual que los versos de Lorca, hay cosas que se entienden sin explicarse, así que los Javis deciden no romper el relato de la Guerra Civil por entre un plano y su contraplano. Al contrario, y siguiendo una corazonada nada inocente, hoy nos niegan el pecador para que el pecado –la patata del fascismo– siga, bien caliente, en nuestras manos.
Para enterrar los mitos cenizos sobre el fratricidio español
Lo mejor: Que las palabras de Lorca se reanimen y lleguen a todo el mundo.
Lo peor: Que aún nos cuesta divulgar sin caer en obviedades.

Ficha técnica
Dirección: Javier Ambrossi y Javier Calvo Reparto: Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Penélope Cruz, Glenn Close, Lola Dueñas País: España Año: 2026 Fecha de estreno: Preestreno 2-10-2026 Género: Drama Guion: Javier Ambrossi y Javier Calvo (Obra: Federico García Lorca) Duración: 155 min.
Sinopsis: 'La bola negra' narra las vidas interconectadas de tres hombres en tres épocas distintas. Tres existencias íntimamente ligadas por la sexualidad y el deseo, el dolor y la herencia; y una de las últimas obras, inacabada, de Federico García Lorca.
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