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Sunday, September 20, 2026

Deberían arrestar al capitán: un relato de Jaime Bayly

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Tengo que decirlo, y lo diré sentado en uno de sus aviones, rumbo a Guayaquil: American es una aerolínea desastrosa.

El vuelo debía despegar a las seis de la tarde. Los pasajeros abordamos puntualmente la aeronave. A las siete nos dijeron que el capitán no había llegado, estaba demorado por mal tiempo y el avión no podía despegar. Yo pensaba que el capitán era el primero en llegar y el último en retirarse.

A las ocho, todavía esperando al capitán, nos comunicaron que podían bajar del avión aquellos pasajeros que así lo desearan, siempre que lo hicieran con sus equipajes de mano. Medio avión descendió entre airadas protestas porque no nos habían dado de comer ni de beber. Resignado, permanecí en mi asiento.

Increíblemente, a las ocho y media las tripulantes dijeron, a los gritos, que todos los pasajeros debíamos bajar del avión porque el capitán ya había llegado. Pero si había llegado, ¿por qué debíamos bajar del avión? Es la orden del capitán, dijeron. No quedó más remedio que bajar con el equipaje de mano. El capitán, por lo visto, no llevaba prisa.

A las nueve y media de la noche el indolente capitán nos dio una lacónica bienvenida a quienes, fatigosamente, habíamos abordado el avión ya dos veces. No se disculpó. Dijo que las lluvias y el tráfico le impidieron ser puntual. Muchos pasajeros se quejaban a gritos. Escuché justificadas voces de protesta: nos tratan como si fuéramos ganado; debería darles vergüenza; son unos insolentes; abusan de la gente; también llovió para nosotros y llegamos a tiempo; si el capitán es impuntual, tenemos que esperarlo, pero si nosotros somos impuntuales, perdemos el vuelo.

Como tantas veces en mi vida itinerante, juré no volar más en American, línea de marras que empobrecía mi existencia, me condenaba a no pocas horas de infelicidad y me cobraba fortunas para hacerme sufrir. Sin embargo, en dos semanas tengo un viaje ya pagado en esa misma aerolínea desastrosa. Debo volar a otra feria del libro y ninguna aerolínea, salvo aquella, tan odiosa, podría llevarme a esa ciudad.

Mi esposa me dice que no me conviene viajar tanto, que no debería presentarme en tantas ferias de libros, que me condeno sin que nadie me obligue a sufrir en aeropuertos y en aviones para sentirme un escritor de éxito, con agenda internacional. Ella cree que debería retirarme por completo de la exposición en ferias de libros y solo debería viajar cuando realmente me apetezca, cuando mi libertad no esté recortada por una agenda de trabajo. Yo le digo que presentarme en ferias de libros me mantiene vivo como escritor, aunque los viajes sean extenuantes. Ella me dice: pierdes plata, pierdes calidad de vida, pierdes horas de buen sueño en tu casa, pierdes fines de semana con nosotras, y todo por puro ego. Yo le digo: sí, tienes razón, nadie me invita, yo me invito solo, y sufro al viajar, pero cuando llego, cuando estoy allá arriba, cuando me dan un micrófono y hablo ante trescientas personas, soy un hombre feliz porque siento que el escritor está vivo, que no se rinde, que tiene cierto éxito o que simula tenerlo.

Mi esposa me dice: este año has presentado tu novela en Madrid y en Barcelona, en Buenos Aires y en Bogotá, en Lima y en Panamá, ¿no te basta con eso? ¿Tienes que ir también a Guayaquil, a Santo Domingo, a Montevideo, a Santiago, a Guadalajara? No tienes que ir. Vas porque quieres impresionar a tus editores, vas para hacerte el importante. Pero ¿cuántos libros vas a vender en esas ferias? ¿Doscientos, trescientos ejemplares en cada feria? Trescientos, no más. ¿Y cuánto vas a ganar si vendes trescientos libros en Guayaquil? ¿Un dólar por libro? ¿Trescientos dólares en total? ¿Y esa plata te paga el viaje, te compensa el esfuerzo? No. Vas a pérdida. En cada uno de esos viajes pierdes dinero, pierdes tiempo, pierdes libertad, pierdes calidad de vida. Yo le digo: sí, es verdad, en cada feria que visito pierdo plata, porque soy yo quien paga los costos del viaje. Estoy jodido, mi amor. Nadie me invita el boleto aéreo ni me paga el hotel ni me ofrece honorarios porque saben que tengo plata. Pago todo porque puedo y porque quiero. Y si bien el intercambio es desigual, y pierdo plata en esos viajes, y no puedo vivir de las regalías de mis libros, me gusta entregarme de cuerpo y alma a mis lectores, conocerlos, firmarles sus libros, hacerme fotos con ellos, porque en ese momento, aunque esté cansado, siento poderosamente que el escritor está vivo y que, a muy pequeña escala, tiene éxito, un éxito digamos moderado. ¿Qué sería un éxito moderado? Que vayan trescientas personas a verme y luego hagan fila para pedirme firmas y fotos. Que algunos lectores me digan: ese libro suyo me cambió la vida, me ayudó a conocerme, a aceptarme, a quererme, y ahora no me pierdo sus videos todos los días, usted ya es parte de mi familia. ¿Qué más sería un éxito moderado? Que he publicado todas mis novelas, más de quince ya, quizás demasiadas, en América y en España.

Mi esposa me dice que debo esperar tres años hasta publicar mi próxima novela: no te apures, no te presiones, no te atropelles. Yo le digo: tres años sin publicar es mucho tiempo, el escritor se me enferma, se me deprime, se me muere un poco. Ella me dice: publicaste hace tres años, luego has publicado este año, te ha ido bien así, dale tiempo a esta nueva novela, no la pises tan rápido, deja que te extrañen. Yo le digo: quiero salir el próximo año con un libro de cuentos, ya está listo, solo me falta encontrarle el título. Ella me dice: es un error, los cuentos no venden como las novelas, y tu editor no quiere publicarlos porque no son inéditos. Yo le digo: en realidad, me ha dicho que no sabe si quiere publicarlos, que se lo está pensando, que le dé tiempo. Ella me dice: es obvio que no tiene entusiasmo por publicarlos. Yo le digo: sí, es probable que él prefiera salir en tres años con una nueva novela y no antes con unos relatos ya publicados en periódicos. Luego me pongo belicoso: si no me publica los cuentos, los ofreceré a otras editoriales, porque quiero publicarlos el próximo año y luego salir con una novela en dos o tres años.

Mi esposa me pregunta: ¿ya decidiste qué novela vas a publicar? Le digo: no, no lo veo claro. Tengo tres novelas bastante avanzadas, pero no acabadas. Una es la novela voluminosa sobre la familia: si la publico tal como está, no volveré más a esa ciudad, nadie en la familia me dirigirá la palabra. Otra es la novela sobre el tío billonario, está quedando redonda, le tengo fe, es un gran personaje: si la publico, no seré desheredado, porque ya me desheredaron. Y la última es la novela sobre los comediantes que cayeron del balcón, uno peruano-español, el otro argentino, pero esa recién la tendré en un año. Mi esposa me dice: si vas a dar un golpe, que sea el golpe más fuerte, no un golpe débil, a medias. En ese momento la amo perdidamente. Es una escritora suicida, como yo. Quiere volar todos los puentes, quemar todas las naves, excavar todas las tumbas, desenterrar todos los huesos. Tienes razón, le digo. Mejor un gran golpe brutal que uno con miedo. Igual ya nadie en mi familia quiere verme ni yo quiero volver a esa ciudad. Al final publicaré todo, no te preocupes, solo que no sé si hacerlo en una novela o en dos, porque si publico todo en una sola novela, mi temor es que me quede demasiado larga y tantos personajes de la familia confundan al lector y eclipsen al personaje más importante, que es el tío billonario.

Le pregunto a mi esposa: ¿cuándo vas a publicar tu novela sobre la gata? No está lista, me dice. Pregunto: ¿y cuándo vas a escribir la novela sobre tu infancia? Responde: cuando mis padres ya no estén. Pregunto: ¿aunque tengas que esperar diez años? Responde: sí, aunque tenga que esperar diez años. Yo le digo: en diez años estaré muerto, publicaré todo en los próximos tres años, y si alguien se molesta, diré lo que siempre digo: es ficción, me lo he inventado todo.

Tras aterrizar de madrugada en Guayaquil, el capitán nos dice que hay un toque de queda hasta las cinco de la mañana y debemos permanecer en el aeropuerto hasta esa hora, a menos que tengamos un salvoconducto. Paso los controles migratorios y salgo del aeropuerto sin permiso, dispuesto a encarar a la policía. Deberían arrestar al capitán, no a mí.

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