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Sunday, September 27, 2026

Tan lejos y tan cerca

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Josefina AraosPor 

Las declaraciones del diputado Jaime Bassa ante el retorno de la estatua del general Baquedano a Plaza Italia suenan absurdas, fuera de lugar. “Pongan el monumento que quieran, esa plaza es y seguirá siendo Plaza Dignidad”, afirmó. Suenan fuera de lugar porque se siente muy lejos el tiempo en que se reivindicaba ese nombre. No es solo que hayan pasado casi siete años desde la quema de las estaciones del metro de Santiago, y del inicio de inéditas expresiones de violencia desde el retorno a la democracia. Es que parece también muy distante el ánimo de entonces, que llevó a tantos a respaldar lo que aparecía ante sus ojos; a atribuir dignidad a la brutalidad.

En el caso de muchos intelectuales y políticos no fue por romanticismo o por indignación, sino por tentación. Mirar con indulgencia lo que ocurría les permitía convertir ese momento en una oportunidad para encabezar la “revuelta” y empujar procesos largamente anhelados. Como si pudiera emerger algo bueno del pisoteo y destrucción de lo que había. Pero ya nada de eso parece vigente, y así lo confirman tanto la actual evaluación ciudadana del estallido, como las reacciones de figuras cercanas a Jaime Bassa, incómodas hoy (no ayer) con sus dichos.

Sin embargo, conviene tomarse en serio la frase, que tiene la forma de una provocación. Se ha subrayado que sería un reconocimiento de la vigencia del proyecto político empujado en el primer proceso constituyente, abandonado circunstancial y estratégicamente luego de la derrota en el plebiscito de 2022. El argumento no es falso, pero hay un motivo adicional por el que vale la pena atender a estas palabras. Y tiene que ver con la hipótesis que las subyace: la extendida idea de que tanto el cambio en la disposición de las grandes mayorías como el triunfo de las derechas en la última presidencial serían parte de un ciclo pendular; un ciclo al que, inevitablemente, le seguirá otra vez el éxito del adversario y un reencuentro con el esquivo apoyo de la sociedad. La hipótesis es tan cómoda –basta esperar a que los tiempos vuelvan a estar de tu lado– como atractiva: desde el primer gobierno de Michelle Bachelet cada mandatario ha entregado la banda al candidato de oposición. Algo que solo se agudizó luego del estallido, como se vio en los rechazos a las dos propuestas constitucionales y el paso de Gabriel Boric al gobierno de José Antonio Kast.

Si acaso el diputado Bassa está persuadido de esta idea, podría leer las severas dificultades y errores del actual gobierno como una confirmación. Y el panorama es atractivo: con la misma seguridad ingenua con la que ellos defendieron la refundación del país hace cuatro años, sus adversarios llevarían hoy un monumento republicano de vuelta al lugar en que fue vejado, sin advertir –como tampoco advirtieron ellos– que los vientos ya están cambiando. El extendido pesimismo ciudadano y la baja sistemática en la aprobación del Ejecutivo serían prueba de que el péndulo vuelve a oscilar. No habría así mejor escenario para que el parlamentario desnude su apuesta. Al fin y al cabo, piensa, la gente luego se olvida, y podrán tarde o temprano regresar al poder.

Tiene sentido suponer que el diputado Bassa está equivocado. Así lo sugiere tanto la desorientación de las izquierdas, como la pregunta abierta respecto del significado del 4 de septiembre de 2022. Allí retornó un grupo enorme de votantes cuya actitud podrá ser impredecible, pero quedó claro que no es refundacional. Nada de esto, sin embargo, debiera conducir a la complacencia de las derechas: el 2019 está lejos porque la ciudadanía se indignó con la farsa de quienes condujeron la crisis y padeció los efectos de la violencia, no porque haya desaparecido su frustración, su impaciencia, su pesimismo. Todo eso sigue muy cerca. Y el riesgo no es ya entonces un estallido, no es Plaza Dignidad, sino que las personas, ante representantes incapaces de estar a la altura, se vuelquen con razón a lo que quede.

Por Josefina Araos, investigadora IES

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