El amor en tiempos de guerra

Su vestido de novia, blanco e inmaculado, se destaca entre las ruinas y los escombros de una ciudad devastada por la guerra. De qué ciudad, o de qué guerra se trate, es lo de menos. Más allá de las motivaciones, de los detonantes, del idioma en que el jefe de turno arengue a sus tropas, de los rigores del clima que los golpeen, las imágenes estarán irremediablemente hermanadas: ruinas, destrucción, pequeños restos de una vida que fue, expuestos impúdicamente en edificios desnudos, del destino de cuyos moradores no sabremos nada. Quizá hayan logrado escapar a tiempo, dejando atrás todo lo que hasta entonces había sido su mundo. Quizá no lo hayan logrado, y pasen a engrosar la lista descarnada de víctimas inocentes, apenas un daño colateral para los bandos en pugna. Nada ni nadie sale indemne de una guerra.
Por eso, no deja de ser sorprendentemente conmovedor ver esas fotos de parejas casándose entre vidrios rotos, paredes a punto de desmoronarse, techos que son apenas agujeros al aire libre. Un novio alza a la novia, con corona de flores y un ramo que todavía no ha arrojado a nadie, y que tal vez nunca arroje porque será una boda sin fiesta y sin invitados, consagrada entre una sirena y otra llamando a refugio. En otra imagen, el novio está arrodillado, en medio de lo que en otro tiempo fue una avenida, y ofrece a la novia unas flores blanquísimas. Otra pareja luce cortando la torta, mirando a cámara con temor, rodeada de familiares vestidos de fiesta; todos los demás han abandonado el pueblo pero ellos se negaron a seguirlos porque, dicen “tenemos fe en Dios y en su providencia”.
¿Qué habrá sido de todos ellos? ¿Qué destino les habrá reservado cada una de esas guerras? ¿Seguirán en pie, ellos y esa vida en común que decidieron empezar a despecho de todo? Como esos seres que sobreviven a una catástrofe natural y, obstinadamente, despejan el terreno y vuelven a levantar su casa de entre los escombros, estas parejas han apostado a la esperanza en medio de la muerte; remedos de aquel Rick Blaine que le decía a Ilse Lund en Casablanca, “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”.

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