Alfred Hitchcock, hace 62 años: "Veo la posibilidad de que, en el año 3000 o algo así, la gente entre en un gran auditorio a oscuras donde se les someta a una hipnosis colectiva"

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No han sido pocas las ocasiones en las que los Premios Oscar han cometido salvajes injusticias al no recompensar con una estatuilla dorada a algunas de las mentes más brillantes de la historia del séptimo arte, ya sea en el ámbito interpretativo como en la dirección cinematográfica. En este contexto, son muchas las personalidades que no han logrado recibir el Oscar a título personal, como por ejemplo Kirk Douglas, Charles Chaplin (quien solo lo recibió como compositor en la categoría de Mejor banda sonora, además de dos Premios honoríficos), Stanley Kubrick, Cary Grant, Ridley Scott o Sergio Leone.

A esta lista también habría que sumar el nombre de Alfred Hitchcock, quien pese a ganar el Oscar principal a la Mejor película por ‘Rebeca’ (Alfred Hitchcock, 1940), jamás logró imponerse en la categoría de Mejor director en ninguna de las cinco nominaciones que consiguió reunir a lo largo de su exitosa trayectoria tras las cámaras, por su trabajo como realizador en filmes como la anteriormente citada ‘Rebeca’, ‘Náufragos’ (Alfred Hitchcock, 1944), ‘Recuerda’ (Alfred Hitchcock, 1945), ‘La ventana indiscreta’ (Alfred Hitchcock, 1954) o ‘Psicosis’ (Alfred Hitchcock, 1960).

Esto constituye una de las mayores injusticias de la historia de los premios, ya que Hitchcock no solo se convirtió en uno de los cineastas más talentosos de la historia del séptimo arte, sino que además también ayudó a popularizar una serie de innovaciones técnicas como el dolly zoom, el montaje asociativo o el falso plano secuencia.
Precisamente a causa de la contribución de todas estas novedades y gracias a su perfil de visionario, el director inglés fue preguntado sobre cómo preveía el cine del futuro durante una entrevista para la CBC en 1964: “Veo la posibilidad de que, quizá en el año 3000 o algo así, la gente vaya a entretenerse, si es que para entonces seguimos necesitando el entretenimiento, y entre en un gran auditorio a oscuras donde se les someta a una hipnosis colectiva. En lugar de identificarse con alguien que aparece en la pantalla, ellos serían esa persona, se convertirían en ella. Y, al comprar la entrada, elegirían qué personaje quieren ser. Bajo los efectos de una hipnosis colectiva, vivirían la historia, que les sería transmitida mediante algún tipo de telepatía, y sufrirían las agonías de los personajes, o disfrutarían de un romance con una mujer o algo por el estilo. Después se encenderían las luces y todo habría terminado. Tal vez esa sea una buena forma de prescindir de los actores. Es, como dije en una oportunidad: ‘Walt Disney sabe qué hacer con respecto a los actores: si no le gustan, los desecha’”.
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