La leyenda del hombre imposible: Messi le tocó la puerta a la eternidad la noche en que el fútbol le dijo “gracias” para siempre

No hay homenaje que pueda estar a la altura del futbolista más extraordinario de todos los tiempos. No hay partido, no hay canción, no hay texto, no hay gol, ni siquiera uno suyo, que simbolice la dimensión real que tiene este hombre en la historia de este deporte. “Jugar en la selección argentina es lo más lindo que me puede pasar”, dice, en el centro del estadio Monumental, un conmovido Lionel Andrés Messi, cuando empiezan a correr los primeros minutos de la era post Messi. Equivoca el tiempo verbal porque donde dice “es” debió decir “fue”. Aunque en realidad no le erra ni en una coma: nadie puede dudar de que su presencia está llamada a perdurar todas las vidas que vengan. Messi le tocó la puerta a la eternidad, y la eternidad le dijo que sí, que pasara tranquilo y se sentara donde quisiera. Puede estar en paz, aunque le tiemble la voz cuando busca las palabras, mientras el silencio de todos aturde. Se larga a un soliloquio que seguro no ensayó, pero qué importa. Repite “gracias” varias veces, justo él. Es la escena final de un recorrido inigualable, repleto de piedras con las que tropezó antes de levantarse siempre. Hasta que las cosas, justo en los años finales, se alinearon con lo que alguien podría llamar justicia. Vinieron los títulos con la camiseta que ama, y entonces el reconocimiento unánime se transformó en devoción en cualquier lugar del planeta. Ninguno como Argentina, para él: “Los quiero, los voy a extrañar”, ensaya como últimas palabras, antes de entregarse otra vez a la gratitud en una vuelta olímpica que dará solo, caminando, sonriendo, devolviendo aplausos.
Es el punto final de una función de contrastes marcados. A nadie le importaba mucho el partido que la selección argentina terminó ganando por 3-0 a Benín, es cierto. Pero lo ignoto del rival elegido, impropio de la estatura de Messi, fue tan nítido como los insultos a repetición contra Claudio Tapia, surgidos con fuerza desde distintos sectores del estadio a lo largo de la noche. Quién sabe si tal vez por eso mismo el propio Messi no lo mencionó en su desordenado discurso de agradecimiento, como si hubiese elegido evitar un momento incómodo también para él. Lo desangelado del homenaje, que hasta incluyó la reprobación del público a la marca creada con drones de un sponsor en el cielo, dejó muy en claro los miles de kilómetros de distancia que hay entre este futbolista irrepetible y quienes deben ahora trabajar desde la cúpula de la AFA para cuidar, sostener y reforzar su legado. Porque la huella Messi se hará más honda cada vez que la pelota eche a rodar y el escudo sea defendido por quienes desde ahora son sus excompañeros. Allí queda escrito un mensaje que vale como advertencia.
La noche eterna
Con un trote suave, él da sus primeros pasos en la noche a la vista de las más de 85 mil personas que vinieron a verlo, mientras pone en acción esa mirada de 360 grados que siempre tuvo para jugar al fútbol. Tantas veces le sirvió para dar un pase imposible, hoy la usa para otear las tribunas de a poco. “Eres el centro del cosmos // mi universo paralelo // me obligo a no gritarte // que te quiero, que te quiero”, miente la canción que se va metiendo en el cuerpo del público. Miente porque si a algo vinieron estos miles es a decirle que lo quieren. “Te quiero, Leo” debería rankear tan alto como el GRACIAS gigante, la palabra que corre de boca en boca, de teléfono en teléfono, de chicos a grandes.
Mañana será el primer día del resto de su vida. Y el de millones que por él siguen a la selección argentina en Rosario y también en Porto-Novo, la capital de Benín, el partenaire de la despedida. Parece que Brasil y Alemania tenían la fecha cubierta. Escribe alguien en X: “Vengo pensando en que abrieron la lista de federaciones y empezaron a llamar por orden alfabético. Les dijeron que no desde Armenia, Albania, Arabia, Bahrein y Barbados. El próximo llamado era a Burundi”. Inverosímil, aunque en esta AFA no hay sueños imposibles… En la escena típica del calentamiento, Messi le patea un tiro libre a Santiago Beltrán, que nació el 4 de octubre de 2004. Tres meses antes, en una historia digna de un documental, Messi se había puesto por primera vez la camiseta de Argentina en un amistoso ante Paraguay, una noche de frío que es un capítulo central de la saga emotiva que fue dibujando en estos 22 años de trayectoria. Él tenía 17 recién cumplidos y unas ganas locas de que su selección lo descubriera. Ahora tiene 39 y unas ganas locas de hacer un gol. Uno más, como si hiciera falta. 80 personas sostienen una bandera en forma de camiseta que tiene el número 10 y dice simplemente “Gracias” en el lugar donde debería leerse Messi. Una palabra que se multiplica en el estadio, en la ciudad, en el país, en el mundo. Los tres hijos -Thiago, Mateo, Ciro- lo cuidan en el himno. Él mastica, traga saliva, quiere evitar quebrarse ya, tan rápido. Gana, solo por ahora. Se abraza con Tagliafico después del sorteo y atrás con casi todos. Menos Dibu, que le queda más lejos.
Toca la primera pelota a los 39 segundos, un pase de Mac Allister. A los 8 minutos prueba su primer remate al arco, que repele Marcel Dandjinou, el hombre que ya había avisado que él no iba a ser el pato de la boda. Bueno, usó otras palabras. En el minuto 10 el árbitro chileno Fernando Vejar para el partido, lo que habla de lo amistoso que es todo, y cada jugador de Benín saluda al 10, mientras los compañeros del homenajeado aplauden. Hay más fuegos artificiales. Él parece un poco incómodo con el asunto, como si quisiera jugar y ya. Si es lo que quiso siempre. “Vamo’ a jugá’”, dijo alguna vez en una arenga, y la frase fue remera, hashtag, mandato. A jugar, que se termina el mundo. Como un niño o una niña que saben que jugar es un asunto muy serio, y hay que tomárselo como tal. Messi se pasó la vida jugando, jugar lo define. Lo remachan las estadísticas, aunque no hace falta leerlas: Messi es feliz adentro de la cancha y con esa continuidad de su cuerpo en sus pies que algunos llaman pelota. Durante el primer tiempo se mueve poco, y nunca sale del radar de Mohamed Tijani, un fornido muchachote de 29 años que se gana el pan cada día jugando en un equipo semiprofesional de Suiza. Él también contará miles de veces, desde ahora y hasta que se muera, que estuvo aquí esta noche. Y que lo tocó. Y que es de verdad.
Pero lo más interesante, antes del homenaje y las lágrimas finales, llegaría en el segundo tiempo. Porque Otamendi le devolvió el centro del gol con un abrazo que elevó a Messi por encima de todos los cuerpos hechos racimo argentino. Y un ratito después vendría la secuencia que tenía preparada el futuro: Messi le dio un pase sencillo a Nico Paz, el chico giró, preparó la zurda y dibujó un remate combado, precioso, que se hizo gol en el costado de la red del voluntarioso Dandjinou. Es un guiño de la sucesión, el valor del legado, la idea de que la vida sigue, todo junto en una acción que duró tres segundos. Un momento hermoso, porque no importa tanto si finalmente será Paz -que nació en España, allí donde Messi terminó de moldear su aura- quien herede la camiseta 10. Lo que cuenta es la certeza de que esta patria continuará germinando talentos. Si el nuevo Messi ya nació lo sabremos algún día, pero seguro que si viene será porque él tuvo algo que ver. Porque Messi contagia las ganas de ser como él; lo dicen mejor quienes rastrillan el país entero buscando semillas y cuentan que no hay brote que no quiera espejarse en la figura modélica de este 10. Así que Paz, o como se llame, debería estar tranquilo.
Y ese pase generacional fue, al cabo, la foto previa a la escena que aquí, allá y más allá también todos esperaban: el gol del capitán. El que llegó de penal: un remate alto, preciso y cruzado que, dirán los libros de historia, se transformó en su grito número 126 con la selección. A la que siempre pertenecerá, aunque algunos digan por ahí que se retiró. Queda la leyenda de un futbolista incomparable. el mejor de todos los tiempos.
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