¿Cómo influye la sobreinformación en la evolución de la estupidez?
Descubre cómo la evolución, la psicología y la sobreinformación ayudan a entender la estupidez humana y sus efectos en nuestra vida cotidiana.
Creado: Actualizado:
Hasta ahora nunca habíamos dispuesto de tanta información. Sin embargo, se da la paradoja de que podemos acabar encerrados en universos informativos muy estrechos.
La expansión de la web ha multiplicado las posibilidades de acceder a información, pero eso no permite cuantificar a los necios. Si somos más necios que antes, ¿cómo ha evolucionado una cualidad tan negativa para la supervivencia de la especie?
Algunos dicen que nacemos ingenuos, aunque no es del todo cierto. En la naturaleza no todo es digno de confianza, así que muchos seres vivos cuentan desde que nacen con estrategias defensivas. Una de las más comunes está en los rasgos faciales de los recién nacidos: hasta las crías de león nos despiertan cierta ternura, y no por casualidad.
Determinadas formas, como las orejas y los ojos redondos, inhiben la violencia y pueden proteger a las criaturas indefensas de posibles ataques, aunque no siempre lo consiguen. Los diseñadores de muñecos y dibujos animados aprovechan estos rasgos, como muestran Mickey Mouse y El rey león.
La ignorancia también forma parte de la adaptación
Adán y Eva fueron engañados por la serpiente. Se supone que la primera humanidad era inocente; ¿no dicen algunos que la ignorancia es la felicidad? No es extraño que un animal tan antiguo como la serpiente engañara con tanta facilidad a los primeros humanos: más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Los relatos bíblicos no iban desencaminados. Una planta, como la venus atrapamoscas, puede engañar a un insecto. ¿Es más estúpido el insecto que la planta? La estupidez es un juego intraespecífico y, ciertamente, tiene que ver con la ignorancia.
Según los estudiosos de la agnotología Robert Proctor y Londa Schiebinger, vivimos en una era de ignorancia. ¿Cómo puede darse ese estado en un mundo cuya tecnología no deja de crecer? Y, como plantea Nancy Tuana, ¿por qué lo que una vez fue conocimiento ha sido borrado de la faz de la Tierra?
A la primera pregunta se puede responder con la lógica: el conocimiento técnico avanza muy rápido, quizá demasiado, y nos estamos adaptando al ritmo de los nuevos medios de comunicación. Los jóvenes son los primeros en hacerlo. La adolescencia es una etapa para cometer errores; por eso, sus protagonistas caen una y otra vez en los trucos, los bulos y las trampas de la web.
La fórmula es sencilla: cuanto más conocimiento acumulamos, más aumenta el peligro de la ignorancia en una especie. Necesitamos prolongar nuestra etapa de aprendizaje para adaptarnos a la evolución tecnológica, y la única manera de hacerlo es cometiendo errores. Ahora mismo existe un tremendo desajuste entre el ritmo biológico y el tecnológico. Cuando ambos se encuentren, en un futuro próximo, se dará un paso importante en nuestra evolución cultural.
Cuando ambos se encuentren, en un futuro próximo, se dará un paso importante en nuestra evolución cultural.


El conocimiento que dejamos atrás
La segunda cuestión deriva de la primera. Para avanzar, solemos dejar atrás otros conocimientos que ahora consideramos inservibles. ¿Quién sabe hoy hacer fuego o tallar una lasca levallois?
Los conocimientos de los neandertales sobre la naturaleza iban a la par de sus habilidades sensoriales. Hemos dejado atrás una sensibilidad adaptada al entorno natural y la hemos sustituido por otra hecha a imagen y semejanza de los entornos urbanos.
Un joven neandertal tenía que conocer las especies de plantas y animales de una manera muy distinta a la que se enseña en la escuela, porque de ello dependía su supervivencia. En cambio, un niño escolarizado está muy por debajo de un neandertal en habilidades manuales y locomotrices: concentra su capacidad en asimilar nuevos retos tecnológicos.
Los jóvenes de hoy tienen que luchar contra depredadores virales y, al mismo tiempo, pueden dejar sin desarrollar cualidades evolutivas ancestrales: el olfato, la experiencia táctil, la manufactura de objetos o las técnicas corporales del sueño. Los niños de las ciudades son, como dice Rebecca Solnit, unos analfabetos de la naturaleza.

La velocidad no siempre es una ventaja
La naturaleza se lee como un libro: cualquier niño de una sociedad cazadora-recolectora sabe interpretarla. ¿Eso nos convierte en ignorantes? Si la estupidez es la carencia de algo, ¿cómo medir si ese algo es bueno o malo para distintas especies?
La estupidez evoluciona porque no es más que un proceso de reajuste adaptativo a determinados contextos. Los perezosos, por ejemplo, suelen considerarse estúpidos porque se mueven muy lentamente. Su metabolismo se ha adaptado a un ritmo absolutamente opuesto al que impone la tecnología actual.
Para Lucy Cooke, la velocidad está sobrevalorada en la naturaleza. El perezoso adoptó una estrategia diferente y le fue bien: es una especie antigua que no se ha extinguido. Es más, podría decirse que su lentitud ha sido una de las causas de su éxito.
Es más, podría decirse que su lentitud ha sido una de las causas de su éxito.
La selección natural ha favorecido este comportamiento, aparentemente estúpido. La proverbial lentitud del perezoso le impide huir de cualquier depredador, pero, sin duda, también tiene otras ventajas. Si comparamos su ritmo de vida con el del colibrí, parece que viven en dimensiones temporales opuestas.
Para el colibrí, el perezoso sería casi una roca; y es probable que el perezoso ni siquiera se percate de la existencia de un ave tan rápida. Algunas moscas, cuya vida dura casi un solo día, nos ven como si nos moviéramos a cámara lenta.


El aspecto temporal ha pasado desapercibido en el entramado evolutivo. Los metabolismos y las percepciones del tiempo son adaptaciones que configuran distintos ritmos de vida. Algunas aves rapaces pueden cazar colibríes; la capacidad para percibir los lentos movimientos de un perezoso depende de cada especie. Estas estrategias evolutivas se parecen a las dimensiones temporales de la ciencia ficción.
Una civilización que premia la rapidez
Una nueva civilización está en marcha y se parece más a la del colibrí que a la del perezoso. Por eso nadie considera estúpido al colibrí y sí al perezoso. No es más que un prejuicio: en nuestra sociedad elogiamos el coche más rápido y los móviles con procesadores potentes. La lentitud parece cosa de dinosaurios.
Pero la mente sapiens trata de adaptarse a la velocidad de los ordenadores y deja atrás procesos ancestrales de pensamiento, aunque nació en un entorno natural más pausado.
El ritmo frenético anuncia la era del rendimiento y la inutilidad de la reflexión, así como la repetición superficial de las emociones. En definitiva, anuncia una población de operarios que manipulan máquinas, apenas tienen que hacer nada y mucho menos pensar.
Si la estupidez evoluciona, sin duda es gracias a nuestra especie, posiblemente también por la influencia de una selección artificial que modifica y altera nuestra herencia natural.
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.