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Sunday, September 27, 2026

Oponerse al mundo

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Hasta esta semana no conocía la existencia del festival cultural y literario de Granada, España. Supe del encuentro porque Ariana Harwicz, la escritora argentina residente en Francia, anunció en sus redes sociales que, pese a que su nombre aún aparecía en el cartel del festival granadino que comenzaba el pasado lunes 21, ella no acudiría ya que la organización había decidido retirarle la invitación porque, le informaron, no podrían “garantizar su seguridad”. La participación de Harwicz consistía en un diálogo con el escritor Jesús Ortega, actividad que tenía como título “Oponerse al mundo”.

Los encargados de la organización habían sido presionados por estudiantes y por otros invitados para excluir a la autora de Mátate, amor del festival, debido a que Harwicz apoya al gobierno de Netanyahu en su política contra Gaza y Cisjordania y critica los boicots contra Israel. El tema llegó a la prensa y el festival fue acusado de atentar contra la libertad de expresión. La escritora ofreció entrevistas en donde, entre otras cosas, aseguró lo siguiente: “La lengua la tienen colonizada, dominada, por eso es fácil expulsarme a mí a plena luz del día en Granada, diciéndome pro-genocidio, y ahí, con esa palabrita, me expulsan y ningún autor dice nada (…). Creo que hay una glorificación al terrorismo, que está de moda, que es cool”. La autora añadió, además, que la “echaron por judía”. El caso escaló después de que un grupo de escritoras difundiera una carta en la que afirmaban que “toda institución educativa, todo festival cultural o literario, está en su legítimo derecho de excluir a quienes entorpecen o exceden los límites de la libertad de expresión”, una declaración poco feliz que, lejos de cerrar la polémica, la incendió. Rápidamente fueron elaboradas declaraciones de apoyo y rechazo a la desprogramación de la autora argentina, apuntaladas por firmas literarias de mayor o menor brillo. La torpeza de una organización inepta acabó en una guerrilla inconducente de declaraciones.

Si Harwicz era invitada a un diálogo llamado “Oponerse al mundo” era bastante obvio que los encargados de convocarla estaban al tanto de lo que significaba su presencia. Retirarle la invitación fue un error, los organizadores deberían haber soportado las consecuencias de su participación, incluidas la posibilidad de que muchos otros escritores decidieran retirarse para evitar compartir espacio con una autora que suele abordar un tema tan grave como las constantes matanzas de civiles en Gaza como un mero análisis semántico y retórico de discursos, reduciendo el asunto a la utilización de ciertas palabras y no de otras. Naturalmente, Ariana Harwicz puede pensar lo que se le antoje y acusar de antisemitismo a cualquier opinión que a ella le resulte contraria a las firmes convicciones que ha demostrado tener: hacerlo dice más de ella que de la realidad de los hechos.

Un diálogo de un par de horas en un festival literario no iba a poner ni sacar gravedad a los acontecimientos que han ocurrido y siguen ocurriendo tras el ataque de Hamas de 2023. Aquel hecho fue tan tangible en su crueldad, como la devastadora respuesta de Israel durante los poco más de mil días transcurridos desde aquel 7 de octubre. En ese lapso la libertad de expresión puede contarse, no en participación en encuentros literarios, sino en muertos: hasta el presente mes al menos 191 periodistas y trabajadores de medios palestinos han perdido la vida por las acciones militares de Israel, según el Comité para la Protección de Periodistas. Durante la guerra de Ucrania, iniciada en 2022, el mismo recuento de muertes no llega a las 40 personas. Sobre los decesos de escritores y artistas no hay cifras oficiales, pero sí un nombre simbólico, el del poeta gazatí Refaat Alareer, quien perdió la vida en diciembre de 2023 durante un ataque aéreo. Meses más tarde, su hija mayor y su nieto recién nacido murieron en otro bombardeo.

A esto hay que sumarle las represalias en contra de los artistas críticos a las políticas de Israel, como el cineasta Yuval Abraham, coautor del documental No other land, quien denunció la existencia de un “sistema de apartheid” en Israel y pidió un alto al fuego durante la Berlinale de 2024. Tras esas declaraciones, Abraham fue acusado de antisemitismo y amenazado de muerte. Hamdan Ballal, otro de los directores de No other land, fue atacado por un grupo de colonos israelíes en Cisjordania y luego detenido en una base militar tras ser acusado de lanzar piedras. Actualmente, Yuval Abraham volvió a ser amenazado por el gobierno de Netanyahu, esta vez junto a Rachel Szor, por el documental Naza, que expone testimonios de soldados israelíes involucrados en el asesinato de civiles en Gaza. El ministro de Cultura israelí calificó a los directores de “despreciables” y pidió revocarles la ciudadanía. Aunque el número total de civiles asesinados en Gaza suele ser cuestionado por el gobierno de Netanyahu, hay otros datos menos susceptibles de invalidar: según cifras de la Unesco, de los 38 campus universitarios que existían en Gaza, 22 habían sido completamente destruidos hasta noviembre del año pasado, mientras que el 98 por ciento de las escuelas está en el suelo.

Esta semana, después de tres años, los escolares gazatíes -muchos de ellos huérfanos o mutilados- volvieron a clases presenciales en carpas de campaña o espacios improvisados. Mientras esos niños van a clases en medio de la devastación, una escritora de éxito, a la que se le retiró una convocatoria a un festival cultural, ofrece desde Francia entrevistas en donde lamenta que se la silencie, acusando a quienes critican al gobierno de Israel de manipular el lenguaje, torcer el sentido de la palabra genocidio, disfrazar su antisemitismo y trivializar la violencia. Ella sabe bien cómo reconocer una víctima, cómo luce un terrorista, porque allí donde el resto ve un pozo oscuro de crueldad, ella anuncia una verdad con mayúsculas.

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