Carmen Mola: “Estamos hartos de los personajes buenos. A veces resultan muy pesados”

Una colección de villanos. Así podríamos definir Los Huérfanos (Planeta) la nueva novela de los Carmen Mola, el exitoso colectivo de los tres autores españoles Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero que vuelve con una novela ambientada en Marbella, pero cuyo eje central son una banda criminal llamada justamente Los huérfanos formada por tres irlandeses que se conocieron en un orfanato en Belfast (Trevor Strummer, Liam Burke y Chris Griffin), y tras una dura infancia forjada entre el miedo y los abusos, se convierten en delincuentes que un día deciden a probar suerte a la bullente Marbella, en España.Pronto dejan de ser unos pillastres recién llegados para convertirse en dueños de un imperio criminal.
Pero no están solos: en este escenario convergen las mafias china —encabezada por la temible Hermana Mei—, rusa y grupos locales que se disputan el negocio de las drogas, las apuestas y los casinos. Todo bajo la mirada de Laura Pastor, una diligente fiscal de la Audiencia Nacional que regresa a la ciudad tras haberse distanciado hace dos décadas de su familia al descubrir que su propio padre, Alberto, es justamente el capo de uno de los grupos criminales de la ciudad. Al leer la novela, el lector se va encontrando con una suma de malvados que dan la sensación de una facinerosa galería.

De eso hablan conectados con Culto una tarde vía Zoom, desde España. Como suelen hacer, responden alternadamente, y comienza Jorge Díaz: “Lo primero que hay que entender sobre Marbella es que es una población muy lujosa en el sur de España. Es un lugar donde la gente pasa las vacaciones, donde están las tiendas de mayor lujo —puedes estar aparcando tu cochecito en un parking público y verte flanqueado por tres Lamborghinis o Ferraris por la calle—. Es un sitio con muchísimo dinero limpio, pero gran parte de ese dinero proviene de los millonarios que llegan allí y del crimen organizado internacional. Muchos jefes de las mafias más peligrosas del mundo viven en mansiones marbellíes, tienen sus yates allí y los jeques árabes pasan el verano”.
“Es una auténtica “ONU del crimen”. Y nosotros, viviendo en España y teniendo Marbella tan a mano, queríamos escribir una novela con varias familias mafiosas, entre ellas este grupo de irlandeses que, tras una infancia durísima, terminan instalados en la Costa del Sol. El lector que conoce la ciudad enseguida se pregunta de qué son capaces tipos así, y la respuesta no es nada buena”.
-Imagino que para documentarse sobre todo este entramado habrán leído reportajes, visto documentales o hablado con fuentes del ámbito judicial...
Antonio Mercero: Sí, nos documentamos mucho a través de la prensa. Al haber tantas mafias instaladas allí, aunque el delito gordo no siempre se cometa en las calles de Marbella, la tensión constante provoca ajustes de cuentas, ejecuciones de sicarios o coches bomba.
Pero o que verdaderamente nos sirvió para terminar de entender el submundo marbellí fue nuestra excelente relación con la Guardia Civil en España, en concreto con la UCO (Unidad Central Operativa) y su delegación en Málaga, la ECO. Hicimos un recorrido sobre el terreno con los agentes. En esas mismas instalaciones no solo trabaja la policía española, sino también Interpol, el FBI y agencias de países escandinavos siguiendo la pista de criminales instalados allí. Gracias a ellos pudimos entender cómo funciona ese negocio global y cómo desde ese punto se dirigen operaciones que conectan con Latinoamérica, Europa del Este o África.
-Uno de los hilos más impactantes al inicio de la novela es el abuso que sufre Trevor Strummer en un orfanato de Belfast y cómo ese trauma infantil se transforma en una monstruosidad adulta. ¿Qué buscaban explorar en ese arco?
Agustín Martínez: Responde a la pregunta clásica de si el monstruo nace o se hace. En el caso de Trevor Strummer, estamos claramente ante la teoría de que el monstruo se hace. Ha sufrido tantas vejaciones en la infancia y tantas penalidades en su juventud que el tanque de rabia se le va llenando hasta concluir que no se va a dejar pisotear nunca más. Es el más violento de los tres hermanos huérfanos, un hombre completamente fuera de control que no mide sus impulsos.
Pero la novela equilibra esto con una reflexión moral mucho más profunda a través de la protagonista, Laura Pastor. Ella encarna la virtud y la justicia como fiscal de la Audiencia Nacional, habiendo huido de su familia en Marbella al descubrir sus vínculos con el crimen organizado. Veinte años después, se ve obligada a regresar, y ahí ponemos a prueba una frontera mucho más líquida de lo que parece: la línea divisoria entre el bien y el mal, y el poderoso magnetismo de los lazos familiares y la pertenencia.
-A propósito de Laura Pastor, ¿quisieron explorar la idea de que es imposible huir definitivamente de los lazos familiares, por muy duros o terribles que estos sean?
Jorge Díaz: Ella intenta huir, pero al final no lo consigue por completo. Hay momentos en la vida en los que se puede y momentos en los que no. Laura lleva dos décadas construyendo una vida impecable y opuesta a la de su padre, que es un narcoabogado que defiende a lo peor de cada casa. Pero al volver, y con la perspectiva del tiempo, empieza a comprender a su padre.
Con Laura planteamos el dilema inverso al de Trevor: si se enfrenta a su padre, demuestra que el monstruo se hace; si se cede y se suma a la familia, parecería que el monstruo nace. No damos una respuesta absoluta en la novela; dejamos que el lector descubra el desenlace de esa evolución.

Una colección de villanos y el oficio de narrar
-Al leer la novela, uno tiene la sensación de que es prácticamente una colección de villanos. ¿Qué les atrajo de centrar una historia exclusivamente en los malos?
Agustín Martínez: ¡Porque estamos hartos de los buenos! Los personajes buenos a veces resultan muy pesados (risas). Por un lado, veníamos de escribir la serie de Elena Blanco, que es un procedimental policial y está más del lado de la justicia. Nos apetecía salirnos de ese esquema y girar el punto de vista hacia los malos, rindiendo homenaje a nuestros grandes referentes del cine de mafias, desde El Padrino hasta Los Soprano. Al final, en su sustrato, Los huérfanos funciona como un drama familiar: en lugar de dedicarse a la exportación de vino, se dedican a matar gente.
-Como guionistas y novelistas, ¿creen que los villanos son mejores personajes que los héroes?
Antonio Mercero: No necesariamente. El trabajo con un villano consiste en encontrarle la humanidad, la fragilidad y la verdad. Con un personaje virtuoso, en cambio, el reto es buscarle la oscuridad, el talón de Aquiles y el defecto por el que puede tropezar. En ambos casos se trata de evitar el cliché y construir personajes tridimensionales, de carne y hueso, que carguen con sus propios problemas.
Jorge Díaz: Y nadie es 100 % bueno ni 100 % malo. Un personaje como Alberto Pastor, el patriarca de la familia, es el líder de una red de narcotráfico y juego ilegal, pero al mismo tiempo es un hombre cariñoso con los suyos, arraigado en su pueblo, que ayuda a los vecinos necesitados. Para un vecino que lo conoce de toda la vida es un benefactor; para la policía, un monstruo. Esa dualidad es muy divertida de escribir y satisfactoria de leer.

La voz propia, las protestas y la Inteligencia Artificial
-A pesar de que ustedes tienen carreras individuales con estilos muy diferentes, al leer a Carmen Mola se percibe una voz propia, un sello muy reconocible. ¿Cómo se construye esa voz unificada?
Jorge Díaz: Carmen Mola existe como entidad literaria. Desde el principio tuvimos claro, sin necesidad de hablarlo demasiado, que el estilo tenía que ser descarnado, directo, sin adornos excesivos y dándole absoluta prioridad a la trama. Era la única manera de que una obra escrita a tres manos no se convirtiera en un ejercicio de ego autoral, sino en una novela de género pura.
Nuestro método de trabajo viene directamente del mundo de las series de televisión: nos reunimos durante tres meses para debatir la estructura, los temas, los personajes y construir una escaleta capítulo a capítulo muy detallada. Luego nos dividimos la redacción en tercios. La fase más importante es la reescritura cruzada: cada uno de nosotros revisa el texto de los demás eliminando los tics autorales propios de Agustín, de Antonio o míos, hasta pulir una prosa homogénea que suena exclusivamente a Carmen Mola.
-Un tema muy debatido en la cultura actual es el uso de la inteligencia artificial en la literatura. ¿Cuál es su postura?
Agustín Martínez: Yo creo que no se le pueden poner puertas al campo. La inteligencia artificial existe y su uso depende de la ética de cada escritor. Si necesito saber cuál es el coche más caro del mercado para documentar una escena, usar una IA para averiguarlo en cinco segundos es tan lógico como usar Google antes. Sería absurdo no hacerlo.
Otra cosa muy distinta es utilizar la inteligencia artificial generativa para que te redacte un párrafo. Yo no lo hago, entre otras cosas por pura vanidad: considero que escribo mucho mejor que la IA y arruinaría mi texto.
Antonio Mercero: Lo que me parece escandaloso de la IA no es la herramienta en sí, sino cómo se ha construido: sobre un gigantesco robo a escala mundial. Las inteligencias artificiales se han entrenado leyendo nuestros libros y viendo nuestras películas sin pedir permiso ni remunerar a nadie. Es una piratería sistémica y una estafa intelectual que la industria tendrá que regular urgentemente.
-Para cerrar, una pregunta coral sobre la actualidad: ¿Cómo han vivido lo que ha pasado en Madrid estos días con las protestas por la crisis inmobiliaria a raíz del caso Maricarmen y el adelanto electoral?
Jorge Díaz: Yo vivo a unos 500 metros de donde se montó la famosa acampada, así que paso a diario por delante. El problema de la vivienda es evidente en Madrid; hay muchísima gente, sobre todo jóvenes, sin acceso a una casa, y hay que hacer algo para solucionarlo. No sé si la solución ideal es acampar en una plaza o tomar otras medidas, pero el gobierno que salga de las urnas tendrá que intervenir de inmediato. Las preferencias variarán según la ideología, pero cruzarse de brazos no es una opción.
Agustín Martínez: Totalmente de acuerdo. La vivienda es un problema sangrante en España que genera una respuesta ciudadana inevitable. Es una queja que empieza a globalizarse —lo vemos aquí, en Francia o en Italia— ante los estragos del neoliberalismo salvaje. La gente ya no se queda de brazos cruzados. ¿Si servirá para algo? En el caso de España ya ha servido para adelantar unas elecciones y poner sobre la mesa el problema más importante del país.
Antonio Mercero: Lo que más miedo me da de una sociedad es notar que está dormida y resignada, que ha perdido la capacidad de protestar. Una protesta juvenil por la vivienda me parece una excelente noticia, la prueba de que la sociedad no se conforma. Las protestas tienen que molestar y hacer ruido para ser escuchadas; ver esto me devuelve algo de optimismo sobre nuestra capacidad crítica.
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