La rivalidad entre Venecia y Génova que llevó a Marco Polo a la cárcel y dio origen a su libro
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La rivalidad comercial entre Venecia y Génova llevó a Marco Polo, un personaje universal, tras los muros de una cárcel genovesa. Allí conoció a un poeta condenado y, de aquel encuentro, surgieron las páginas de un libro que daría a conocer en Occidente las maravillas del otro extremo del mundo.
La perspectiva planetaria de los europeos se ensanchó a finales del siglo XV, cuando tres carabelas españolas, al mando de un italiano de Génova —según creemos—, llegaron a un continente cuya existencia había sido un misterio hasta entonces. Aquel descubrimiento inauguró la era moderna y dio un violento carpetazo a la Edad Media, pero no fue la única ventana que Europa abrió al mundo.
Dos siglos antes, en pleno medievo, otro italiano llamado Marco Polo —sobre cuyo origen veneciano no tenemos dudas— había llegado hasta el corazón de Asia y regresado para contarlo. Gracias a que describió detalladamente su viaje en un libro que hoy se puede encontrar en cualquier parte, los europeos conocimos algunas de las maravillas que ocultaba aquel inmenso continente, hasta entonces ignoto.
La rivalidad comercial entre Génova y Venecia
Génova y Venecia, junto a otras ciudades costeras italianas más pequeñas, como Amalfi, Pisa o Ragusa, se habían convertido en lo que hoy llamamos repúblicas marineras. Eran pequeñas naciones autónomas, con gobierno y moneda propios, armada de guerra y ejército. El comercio las había desarrollado hasta el punto de establecer consulados en las grandes ciudades portuarias del Mare Nostrum.
La expansión de la piratería sarracena, que inicialmente había sido un importante obstáculo para su desarrollo, quedó frenada y contenida cuando entró en escena la poderosa armada de Bizancio. Así, en el siglo XIII, Génova y Venecia eran ya dos potencias navales que controlaban, respectivamente, los mares Tirreno y Adriático, a lo largo del millar de kilómetros que ocupan las costas orientales y occidentales de la península italiana.
Todo iba bien mientras genoveses y venecianos se limitaban a actuar en las aguas que les correspondían. Pero cuando los primeros entraban en el Mediterráneo oriental o los segundos surcaban las aguas occidentales, empezaban los problemas.
La causa era la rivalidad comercial entre ambas potencias. Como cabía esperar, exportaban productos similares y también importaban los mismos, lo que alimentaba una competencia desaforada de la que ambas salían perdiendo. Además, las dos repúblicas eran poco más que oligarquías: sus mandatarios y principales operadores eran los mismos que se enriquecían hasta la opulencia con el comercio naval.
Envueltos en sus banderas y apelando al orgullo nacional, estos individuos no tenían escrúpulos en enviar a la muerte a miles de sus conciudadanos para conservar sus privilegios y prebendas.

Los venecianos de la Serenissima consideraban intrusos a los genoveses de la Superba, pues creían que se aprovechaban de sus rutas comerciales —las mudas—, establecidas con esfuerzo durante mucho tiempo. Los genoveses, por su parte, se sentían cada vez más fuertes y envalentonados frente a lo que consideraban un injusto monopolio veneciano.
Los genoveses rebajaban los precios de las mismas mercancías y estaban dispuestos a pagar un poco más que los venecianos por las que adquirían. La diplomacia enrareció aún más la situación. Tras ayudar a recuperar Constantinopla, Génova consiguió que los bizantinos firmaran con ella el tratado de Ninfeo, en 1261. El acuerdo excluía a los venecianos del comercio oriental y les impedía atravesar el Bósforo y acceder al mar Negro.
Los venecianos respondieron aliándose con otra potencia naval, Pisa. Génova le declaró la guerra y la derrotó.

La batalla de Curzola y la captura de Marco Polo
La tensión entre la Serenissima y la Superba desembocó en una guerra abierta en el mar. En el primer enfrentamiento entre ambas armadas, los venecianos perdieron 25 galeras en la batalla de Laiazzo. Poco después, pese a los sinceros intentos del papa Bonifacio VIII por evitar la guerra, aprestaron otra armada de 60 galeras y la enviaron contra los genoveses.
El conflicto también llegó a tierra firme. Los genoveses saquearon ciudades y establecimientos comerciales venecianos; en respuesta, los venecianos asolaron Caffa, una antiquísima colonia griega en Crimea que entonces pertenecía a Génova. A su vez, los genoveses de Constantinopla asaltaron el barrio veneciano de la ciudad y masacraron a cuantos encontraron, con el beneplácito o la apatía del emperador bizantino Andrónico II Paleólogo.
La batalla naval que decidió el resultado de esta fase de la guerra se libró junto a la isla de Curzola, 500 km al sudeste de Venecia. El domingo 7 de septiembre de 1298, 78 galeras genovesas, mandadas por Lamba Doria, se enfrentaron a 95 buques venecianos.
A pesar de su notable inferioridad numérica, los genoveses apresaron 18 galeras enemigas y hundieron 65. En el sangriento y brutal combate murieron 7000 venecianos y otros tantos fueron hechos prisioneros. La historia solo recuerda el nombre de uno de ellos: el capitán de una galera capturada, un hombre que estaba a punto de cumplir 44 años. Se llamaba Marco Polo y había regresado un par de años antes de un viaje fabuloso que le había ocupado más de la mitad de la vida.
En el sangriento y brutal combate murieron 7000 venecianos y otros tantos fueron hechos prisioneros.
Polo había visto cosas que ningún otro europeo había vislumbrado hasta entonces. Su nombre sigue siendo enormemente popular ochocientos años después de su muerte, aunque quizá no lo recordaríamos si antes de acabar aquel mismo año de 1298 no hubiera ocurrido una circunstancia providencial.
El encuentro en la cárcel de Génova
Preso en Curzola —hoy Korčula, en Croacia—, Marco Polo fue trasladado a Génova junto con sus compañeros derrotados. La travesía fue de 1000 millas náuticas. Una vez allí, fueron encarcelados donde se pudo, pues no resultaba fácil encontrar techo para 7000 prisioneros.
El trato que recibieron no debió de ser demasiado riguroso: había que evitar que sufrieran inanición o agotamiento extremo, ya que se esperaba que sus familiares, amigos y la autoridad de su ciudad pagaran por ellos un pingüe rescate. Era habitual, además, que el precio subiera de año en año, con el argumento de que el prisionero generaba unos costes de mantenimiento que debían sumarse al rescate.
Si el pago no se efectuaba en el plazo establecido, el derecho de rescate prescribía y el prisionero debía pagar su manutención con trabajos forzados hasta morir. Como se ve, la suerte del reo estaba ligada a las más estrictas consideraciones mercantiles.

Es casi seguro que Marco Polo estuvo preso en el Palazzo San Giorgio, que aún no había cumplido cuarenta años cuando se convirtió en prisión. En aquel edificio, que siete siglos y medio más tarde sigue ocupando el mismo solar, conoció al otro protagonista de esta historia: Rustichello, un ciudadano de Pisa.
Como Polo, Rustichello había sido apresado por la Superba tras otra batalla naval, la de Meloria. En ella, Génova había derrotado a la armada de Pisa, que, pese a ser una aliada habitual de los genoveses, había decidido ponerse del lado veneciano.



En 1298, Rustichello llevaba catorce años encerrado en San Giorgio y nadie se había ofrecido a pagar su rescate. Tal vez porque era un poeta sin familia, un hombre solitario y estoico que no se preocupaba por mejorar su situación. Había escrito al menos una novela de caballerías en verso, en lengua occitana, titulada Le roman de roi Artus, de la que circulaban numerosas copias manuscritas.
La convivencia en prisión de Marco Polo —alguien que tenía mucho que contar— y Rustichello —alguien que sabía cómo contarlo— dio lugar a una obra literaria singular por su estilo y contenido. Sus autores la titularon Libro de Marco Polo ciudadano de Venecia llamado Millón, donde se cuentan las maravillas del mundo. Con el tiempo, el título se acortó y la obra pasó a conocerse como Libro de las maravillas o El Millón.
La convivencia en prisión de Marco Polo —alguien que tenía mucho que contar— y Rustichello —alguien que sabía cómo contarlo— dio lugar a una obra literaria singular por su estilo y contenido.
Hay varias hipótesis sobre cómo se escribió el libro. Algunos sostienen que fue el resultado directo y exclusivo de lo que Marco dictó a Rustichello, después de recuperar —se ignora cómo— sus anotaciones y apuntes de viaje, que habían quedado en Venecia. Sin embargo, los rasgos estilísticos y las claras interpolaciones de Rustichello han llevado a los especialistas, durante siglos, a preguntarse hasta qué punto intervino el poeta pisano en el relato del viajero veneciano.
Un libro que orientó a viajeros y comerciantes
A finales del siglo XIII faltaban ciento cincuenta años para que el caballero germano Gutenberg inventara la imprenta. Hasta entonces, el libro de Marco Polo circuló en copias manuscritas. Se imprimió por primera vez en 1477, cuando habían transcurrido más de dos décadas desde la muerte de Gutenberg, una muestra de la enorme popularidad que había alcanzado.
Durante muchos años, la obra ejerció una influencia decisiva en las personas inquietas y empujó a muchos a viajar hacia Oriente. Su primera edición española apareció en Sevilla en 1503, coincidiendo con la primera ola de colonizadores de América. Algunos llevaron el libro consigo como lectura instructiva. También lo leyeron numerosos navegantes, entre ellos, con certeza, Juan Sebastián de Elcano.

A lo largo de los siglos se ha dicho de todo sobre la obra. Se ha puesto en duda su veracidad por la falta de fuentes chinas que mencionen a Marco Polo y sus servicios al Gran Kan. Hubo quien lo consideró un impostor que había compuesto el libro de memoria, reuniendo fragmentos de descripciones escuchadas a distintos viajeros por el lejano Oriente.
Lo seguro es que la obra tuvo un éxito fulgurante. La primera copia manuscrita por Rustichello se reprodujo cientos de veces y se tradujo al francés, al veneciano, al toscano y al latín. Más tarde, en los siglos XV y XVI, apareció impresa en alemán, español, inglés, bohemio, catalán y portugués.
Además de ser una lectura entretenida, llena de curiosidades y maravillas, el libro era una guía de viaje y un manual informativo de gran interés para los comerciantes de larga distancia que buscaban beneficios llevando sus mercancías hasta China o la India. El éxito de El Millón no se debió solo a la curiosidad, sino también a la búsqueda de ganancias económicas: Marco Polo no tenía mucho de poeta; antes que nada, era un mercader práctico, atento a las oportunidades de negocio.
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