El misterio de las rocas de Malagón: por qué fueron grabadas una y otra vez durante 4.000 años, desde la Prehistoria hasta el siglo XIX
Descubre cómo dos rocas de Malagón guardan miles de años de marcas y grabados rupestres: un palimpsesto que une la Prehistoria con el año 1868.
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A menudo se representa la historia a lo largo de una línea temporal en la que cada periodo, reinado o evento ocupa una posición clara. Es un modo sencillo para explicar la cronología que no siempre refleja con exactitud los procesos históricos. ¿Y si la historia también pudiera contarse como la página de un cuaderno sobre el que se escribe una y otra vez, con las palabras y los trazos superponiéndose a lo largo de los siglos? Si sustituimos el papel por una losa de cuarcita, nos estaremos acercando a lo que sucede en dos yacimientos de origen prehistórico en la sierra de Malagón.
Un estudio reciente publicado en World Archaeology, firmado por Álvaro Ibero, Luis Benítez de Lugo Enrich y Álvaro Guzmán Sil, propone leer dos paneles rupestres de Malagón, en Ciudad Real, no solo como arte prehistórico, sino también como un palimpsesto cultural. Se trata de una superficie reescrita una y otra vez en la que cada generación añadió su huella o reinterpretó la ajena. Desde cazoletas milenarias hasta cruces grabadas en el siglo XVI, pasando por un nombre fechado en 1703 y la silueta de un jinete de 1868: todo convive en la misma piedra.
Un estudio reciente analiza dos grandes losas rupestres en Malagón. Se trata de superficies reescritas una y otra vez, desde la prehistoria hasta el siglo XIX, en las que cada generación añadió su huella o reinterpretó la ajena.
Dos rocas, dos maneras de habitar el paisaje
El estudio analiza dos enclaves con personalidades muy distintas. El primero, Piedralá, alberga un panel de cuarcita de aproximadamente 5,3 × 4,6 metros. Se sitúa en una ladera de unos 30° de inclinación, junto al arroyo homónimo y a unos 700 metros de la aldea. Se integra en un paso natural que comunica la montaña con la cuenca media del Guadiana y, al ubicarse en el fondo del valle, ofrece menos visibilidad panorámica.

El segundo, El Fraile y La Monja, es una losa casi horizontal de 5,2 × 3,5 metros, emplazada cerca de una zona elevada de la sierra, a unos 3,5 kilómetros de Malagón y con amplias vistas sobre la cuenca del Guadiana. Uno resguardado y ligado a una zona de paso, el otro dominante y panorámico: representan dos formas distintas de relacionarse con el territorio.
En Piedralá se han identificado figuras antropomorfas esquemáticas, círculos, círculos atravesados por cruces, composiciones reticulares, grandes trazos lineales y posibles motivos solares.
Cientos de signos: antropomorfos, círculos y más de 180 cazoletas
El repertorio grabado en ambis casos resulta muy rico. Piedralá reúne centenares de representaciones: figuras antropomorfas esquemáticas, círculos, círculos atravesados por cruces, composiciones reticulares, grandes trazos lineales y posibles motivos solares.
En El Fraile y La Monja dominan las cazoletas, pequeñas cavidades circulares excavadas en la roca. Se han documentado más de 180, junto a figuras esquemáticas, motivos circulares, posibles soliformes, trazos, cruces e inscripciones históricas. Las cazoletas son uno de los motivos más extendidos del arte rupestre europeo, pero también uno de los más esquivos: su forma sencilla no revela su función.
Los arqueólogos proponen 4.000 años de uso de Piedralà y El Fraile y La Monja.
Una cronología provisional de cuatro o cinco fases
Uno de los grandes problemas de estos dos conjuntos rupestres es que no existen dataciones directas de los grabados. La secuencia de uso propuesta, de al menos cuatro o cinco fases, se ha reconstruido mediante la comparación de motivos, las superposiciones observables, el contexto y los paralelos regionales.
Según esa reconstrucción, el uso de los paneles se extendería desde el Calcolítico final o los inicios de la Edad del Bronce (ca. 2000 a. C.) hasta la época contemporánea. Sin embargo, la atribución de los motivos prehistóricos a esos periodos es una inferencia comparativa, no una certeza. Con todo, los datos apuntan a una larguísima continuidad de uso.

El amanecer del solsticio sobre el Colmillo del Diablo
Uno de los aspectos más sugerentes de El Fraile y La Monja es su orientación. La configuración del panel permite plantear una relación visual entre el amanecer del solsticio de verano y el relieve conocido como Colmillo del Diablo.
Los autores del estudio, sin embargo, no afirman que el lugar hubiese funcionado como observatorio astronómico ni como altar solar. Sostienen que esa alineación pudo tener un valor simbólico o ritual, sin que por ello demuestre la existencia de un calendario, un culto solar organizado o un observatorio.
La arqueoastronomía ofrece una vía prometedora de investigación, sin que por ello ofrezca conclusiones cerradas. La alineación de un refugio, un megalito o una losa incisa puede ser fruto tanto del azar geográfico como de una intención deliberada.
Los arqueólogos sostienen que la alineación del panel de El Fraile y La Monja pudo tener un valor simbólico o ritual, sin que por ello demuestre la existencia de un calendario, un culto solar organizado o un observatorio.
Cruces, nombres y fechas: piedras que se cristianizan
Siglos después de los primeros grabados, las mismas superficies continuaron atrayendo la creatividad humana. En el conjunto, se documentan intervenciones históricas fechadas en 1550, 1703, 1865 y 1868, aunque no todas pertenecen al mismo panel.
En Piedralá, se ha detectado un nombre, fechado en 1550, asociado a una cruz cristiana. Su lectura como "Peinado" se considera probable, aunque no segura. En El Fraile y La Monja se conserva una inscripción de 1703, interpretada como "año de Dios de 1703", junto a otros nombres y cruces. La cadena no se detuvo en la época moderna. Piedralá conserva dos grandes figuras humanas vinculadas a las fechas de 1865 y 1868: una parece representar a una figura femenina con tocado; la otra, a una persona a caballo, también con tocado y lo que parecen ser unas riendas.
Según los investigadores, la reutilización cristiana de ambos paneles no implica necesariamente que quienes grabaron las cruces comprendieran el sentido original de los motivos prehistóricos. Más bien parece una apropiación de un lugar ya cargado de memoria, cuya importancia se reafirmaba con símbolos familiares. Tampoco está probada una relación directa entre estos grabados y el convento carmelita de Malagón.

El uso de los paneles entre los siglos XVI y XIX parece una apropiación de un lugar ya cargado de memoria, cuya importancia se reafirmaba con símbolos familiares.
Por qué importa la duración, no solo el origen
La principal aportación del estudio proviene del cambio de mirada que propone. Estos paneles no son fósiles de un momento remoto, sino testimonios de una relación sostenida durante milenios entre las comunidades humanas y un mismo punto del paisaje. La losa que hoy tocamos ha sido, sucesivamente, superficie prehistórica, espacio de expresión cristiana, retrato del siglo XIX y lugar de reunión. Malagón se convierte así en un archivo abierto de la memoria humana que demuestra que el grabado rupestre siguió siendo una práctica viva mucho después de la Prehistoria.
Referencias
- Ibero, Á., Benítez de Lugo Enrich, L. y Guzmán Sil, Á. 2026. "The persistence of memory: reuse and resignification of prehistoric petroglyphs in historical times. Two case studies from Malagón (La Mancha, Spain)". World Archaeology, 1–16. DOI: https://doi.org/10.1080/00438243.2026.2683508
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