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Monday, October 26, 2026

1968 abrió grietas en la España franquista y dejó asomar una época nueva

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«El 68 y el tardofranquismo»: ese fue uno de los lemas con los que el régimen trató de atraer al turismo en los años sesenta. Pero España no era tan diferente. Incluso bajo la dictadura, 1968 abrió grietas por las que asomó una época nueva.

Los ministros llevaban años ocultando que el general Franco debía ausentarse de vez en cuando del Consejo de Ministros para hacer sus necesidades. La edad no perdona, ni siquiera a quien está bajo palio. La tímida Ley de Prensa firmada por Fraga en 1966 pretendía sustituir la censura previa por la autocensura en los medios, pero parecía no servir de mucho.

Carrero Blanco, harto de lo que consideraba libertinaje, animaba al dictador a cortar de raíz «los escaparates de las librerías o la Feria del Libro abarrotados de obras marxistas o erotismo desenfrenado y la inmoralidad de los espectáculos, porque España es un país católico y el quebrantamiento de la moral del pueblo es la mejor manera de favorecer la acción subversiva que el comunismo fomenta».

Sus temores no carecían de fundamento: el cambio era imparable y 1968 fue una de sus claves, también en España. La época estaba marcada por una dicotomía: mientras el Che Guevara, el Mayo parisino, el rock y la revolución sexual de los hippies norteamericanos ocupaban el imaginario, continuaban la guerra de Vietnam y la invasión de Checoslovaquia. En España, además, persistían la censura y el exilio interior y exterior.

Más de tres millones de españoles emigraban del campo a las ciudades o apretaban los dientes en las estaciones de tren de media Europa, una Europa moderna que necesitaba mano de obra barata para sostener su economía. En casa, el «baby boom» empezaba a plantear problemas: faltaban aulas —y hasta aceras— para tantos niños. Había que escolarizar a 168.000 alumnos nuevos, mientras la Iglesia seguía optando por el método Ogino, que siempre esconde algo de divinidad.

Entre 1960 y 1970, el PIB español se duplicó: creció un 102% en términos monetarios. La agricultura pasó de representar el 24% del PIB al 13%; la industria, del 35% al 38%, y los servicios, del 41% al 49%. Pese a que el saldo migratorio de la década de 1960 fue negativo en más de un millón y medio de personas, la economía siguió creciendo hasta la crisis del petróleo de 1973.

Los «felices sesenta»: consumo y cambio social

La bonanza económica se apreciaba en las calles. De 32.000 automóviles producidos en 1958 se pasó a 500.000 en 1968, y se consolidó la industria de construcción de vehículos extranjeros en nuestro país. De poco sirvieron, en cambio, las cien mil toneladas de petróleo extraídas del yacimiento burgalés de Valdeajos: la esperanza de que España entrara en el grupo de países productores quedó en agua de borrajas.

Los frigoríficos, que en los años cincuenta eran cosa de ricos, llegaron también al medio millón de hogares. Y los televisores —tres millones— comenzaron a invadir las casas. Había que darse prisa en montar una buena parrilla de programas.

Triunfaron Un millón para el mejor —con el alcalde de Belmez— y Noches de Europa, con una joven Conchita Velasco. También los programas educativos escolares, con Marisa Medina y Don Pacopio, y Historia de la frivolidad, de Chicho Ibáñez Serrador y Jaime de Armiñán, premiada con la Rosa de Oro del Festival de Montreux.

Las compras a plazos, el «desarrollismo» de los planes del Gobierno y una nueva clase media, cada vez más aburguesada y menos inclinada a la revolución, transformaron la sociedad. La «década prodigiosa», como llegó a llamarse, alcanzaba su momento álgido.

La palabra «obrero» volvió a utilizarse en detrimento de la falangista «productor», que curiosamente englobaba tanto al patrón como al trabajador, dos patas de una misma banqueta. Regresaban las clases sociales y el lenguaje marxista, incluso en buena parte de la Iglesia de base: los jóvenes capellanes de Acción Católica se convirtieron en «curas obreros».

El régimen encarceló en aquellos años a casi doscientos sacerdotes por sus ideas renovadoras, más que en muchos países comunistas. Comisiones Obreras se creó al abrigo de asociaciones católicas. Sus afiliados se reunían en la sombra con empresarios cansados de la lentitud de los «bueyes del Vertical», como llamaban a los miembros del sindicato del régimen.

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Muchos curas se empeñaron en cambiar la Iglesia. Habían conocido el testimonio de misioneros en América y su labor en las «villas miseria» —no olvidemos que el actual papa Francisco se curtió en esa lucha y que algunos todavía le llaman el «Papa de los villeros»—. Los guiaba un lema: «Actuar para la gente, los desheredados de la Tierra, y no en favor del poder».

La vida ya no seguía igual

Los curas tenían más libertad de movimiento que los sindicatos o los obreros, y la aprovecharon. Algunos alentaron la creación de movimientos de trabajadores del campo; otros trataron de combatir la marginalidad en los nuevos barrios de las ciudades. Entre estos últimos estaba el falangista padre Llanos, sacerdote madrileño que más tarde se afilió al PCE.

Llanos reimpulsó las viejas ideas de Giner de los Ríos sobre el Teatro de La Barraca y las Misiones Pedagógicas. También se creó el Servicio Universitario del Trabajo (SUT), clausurado en 1968 por temor a nuevos desórdenes universitarios.

¿Qué tienen en común Cristina Almeida, Josep Borrell, Juan Goytisolo, Pasqual Maragall, Jaime Peñafiel, Vázquez Montalbán y Ramón Tamames? Todos fueron voluntarios del SUT, que pretendía acercar a los estudiantes a los obreros y campesinos de toda España.

Lo que empezó como una idea falangista para aproximar a jóvenes de distintos orígenes pronto se convirtió en una catapulta para futuros opositores al régimen. Los voluntarios descubrían con sus propios ojos la desigualdad y las entrañas de la pobreza. Aunque el Gobierno cerró el SUT en su intento de controlar la Universidad, el surco y la semilla ya estaban plantados.

Aunque el Gobierno cerró el SUT en su intento de controlar la Universidad, el surco y la semilla ya estaban plantados.

En la música, la copla tardaría años en volver. Los jóvenes la identificaban con la prehistoria de una época que querían borrar. Los Sirex, Los Mustang y cantantes como Miguel Ríos se instalaron en el pop y el rock con sus melenas y sus desmanes, contenidos, eso sí.

Joan Manuel Serrat —o Juan Manuel, como escribían los periódicos de la época— dio el do de pecho al negarse, en el último momento, a cantar una composición de Ramón y Manuel, el Dúo Dinámico. La canción pronto se hizo famosa por toda Europa y fue versionada en varios idiomas.

Un verso tan sencillo como «La, la, la» encerraba una declaración de intenciones sobre lo que ansiaba la sociedad española. Massiel aceptó el encargo, interrumpió una gira por México e hizo temblar de nervios a toda España hasta la última votación, la de Alemania. Esta le dio el estrecho margen de puntos que necesitaba para vencer a Cliff Richard y su «Congratulations».

¡Por fin, España ganaba Eurovisión! Massiel se convirtió, de paso, en la madrina del nuevo Seat 150, todo un honor. Julio Iglesias también saboreó el triunfo en el Festival de Benidorm, respaldado por la REM —la red de emisoras del régimen—, con «La vida sigue igual».

Estudiantes frente a los «grises»

Los Brincos y Los Bravos seguían la estela de The Beatles, mientras que otros, más contestatarios, importaron la chanson francesa y dieron paso a los cantautores. Primero llegó la Nova Cançó Catalana, con Serrat, Marià Albero, Miquelina Lladó y Joan Ramon Bonet, hermano de María del Mar; después, el movimiento se extendió por España con Víctor Manuel o Paco Ibáñez y, más tarde, llegó a Madrid con el colectivo Canción del Pueblo, formado por Elisa Serna, Pablo Guerrero y Adolfo Celdrán.

El germen del cambio estaba en la Universidad, todavía poco poblada por hijos de obreros y frecuentada sobre todo por los vástagos de funcionarios del régimen y de la clase media acomodada, que podían permitirse no trabajar. En 1968 había unos 135.000 estudiantes: 600 universitarios por cada 100.000 habitantes.

En febrero, Torcuato Luca de Tena advertía desde las páginas de ABC a los padres que enviaban a sus hijos a «centros de perversión donde cursan holgazanería y revueltas o se doctoran en ineptitud».

No todos los que decían haberlo hecho lo hacían, pero muchos estudiantes pasaban el día corriendo delante de los «grises» y, a veces, detrás de ellos, si el número lo permitía. También recibían el agua de «los botijos», como llamaban familiarmente a las tanquetas que rociaban con agua a presión a los manifestantes. A menudo, el agua llevaba una tinta que teñía la ropa de azul o rojo al cabo de unos minutos. Negar que se había participado en la protesta resultaba absurdo, tanto ante los padres como ante la policía.

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El Gobierno intenta frenar las movilizaciones

El Gobierno decidió que había llegado la hora de acabar con los «melenas». Destituyó —en realidad, dimitió— al ministro de Educación, Lora Tamayo, al que consideraba demasiado blando con las manifestaciones estudiantiles. El 11 de abril de 1968 nombró en su lugar a José Luis Villar Palasí, del Opus Dei, que creó las universidades autónomas con la intención de aumentar el control central.

Para los nostálgicos: Palasí fue el padre de la EGB y el BUP, de la educación obligatoria hasta los 14 años y de la UNED.

También destacó la participación de exiliados españoles en las multitudinarias manifestaciones del Mayo francés. En París, por ejemplo, el anarquista Cipriano Mera ayudó a los estudiantes franceses a diseñar barricadas, aprovechando su experiencia en el Madrid republicano.

Mientras tanto, en España, los trabajadores de empresas como Hunosa o Fasa-Renault se declararon en huelga y sufrieron una dura represión policial. El sector metalúrgico reclamaba libertad sindical y mejores salarios.

También quebró Manufacturas Madrileñas, empresa de la que era consejero Nicolás Franco, hermano del dictador. La rodeaban sombras de corrupción que, por supuesto, no salieron a la luz.

Juan Carlos de Borbón cumplió 30 años en 1968. Todos sabían que el brindis significaba algo más que celebrar una cifra: ya podía ser elegido legalmente según la Ley de Sucesión de 1947, una sucesión que Franco quería dejar «atada y bien atada».

Pese a las reservas de los camisas viejas de Falange, las simpatías del Opus —que había ocupado buena parte de los puestos preeminentes del Estado— y el apoyo de sectores del poder cercanos a Carrero Blanco y López Rodó encaminaban al príncipe a convertirse en heredero. Su padre, don Juan, no era una opción. Tampoco lo eran Carlos Hugo ni Alfonso de Borbón, que no se habían educado en España bajo la atenta mirada del Generalísimo, como Juan Carlos.

El 30 de enero había nacido el infante Felipe Juan Pablo Alfonso de todos los Santos, futuro Felipe VI, despejando las dudas sobre la continuidad monárquica. Aunque, según se decía, Franco ya había tomado la decisión tiempo atrás, no la hizo pública hasta el 16 de julio de 1969. Seis días después, las Cortes la aprobaron con 491 votos a favor, 19 en contra y 9 abstenciones.

La CNT seguía reconstruyéndose después de las continuas ofertas del régimen para que se hiciera cargo del Sindicato Vertical. La crisis del cincopuntismo de 1965 había supuesto un duro golpe.

Al PCE, por su parte, le crecían los enanos. Desde sus vacaciones en Crimea, Carrillo escribió una tímida queja al politburó del PCUS por la invasión de Praga. Dolores Ibárruri pidió prudencia antes de adoptar una posición, mientras Enrique Líster y Eduardo García empezaban a crear en Ivry, el 18 de septiembre de 1968, el Partido Comunista Obrero Español, demasiado cercano a Moscú.

Para ellos, lo ocurrido en Checoslovaquia era un «trágico error», pero nada más. Carrillo, siempre nadando y guardando la ropa, quería alejarse de la Unión Soviética y comenzó a reunirse con franceses e italianos para diseñar el experimento del eurocomunismo. La ruptura del PCE era un hecho. Quizá por eso, en noviembre de 1968, la agencia soviética TAS anunció que quería abrir una oficina en España.

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Adiós, Guinea, adiós

El 12 de octubre, Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo, se vistió de gala para la independencia de Guinea Ecuatorial y dejó la excolonia en manos de Francisco Macías. Este resultó ser un dictador de la peor calaña y el responsable de una enorme crisis económica e institucional en el país, que acabó aislado de la comunidad internacional y echando de menos la metrópoli.

Ese mismo día se inauguró la central nuclear José Cabrera, la primera de España y todo un símbolo de progreso.

Entretanto, Franco disfrutaba de pantanos, planes de autopistas, nuevas redes ferroviarias —que conectaban Madrid y París en 13 horas— y fiestas sindicales, entre ejercicios de gimnasia y bailes regionales. No ocultaba su preferencia por Richard Nixon, antiguo colaborador de la caza de brujas de McCarthy, para que las elecciones presidenciales estadounidenses de 1968 no trajeran cambios a peor.

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La peseta —palabra catalana que significa «piececita»— seguía siendo «femenina, coqueta, retrechera y agradable», como escribió Gómez de la Serna, aunque ese año cumpliera un siglo de vida.

Avances en la ciencia y el sexo

Christiaan Barnard, el cirujano sudafricano que realizó el primer trasplante de corazón, hizo buenas migas con Cristóbal Martínez-Bordiú, «el marqués que ustedes saben», como cantaría después Sabina, y visitó la plaza de las Ventas en mayo. Juntos realizaron con éxito un trasplante de un perro a otro.

El marqués de Villaverde no tuvo tanta suerte en solitario. El 18 de septiembre fracasó su operación al paciente Juan Rodríguez, de 39 años, con el corazón de Aurelia Isidro, fallecida en un accidente de tráfico. El marqués volvió a las primeras páginas de la prensa, que se hizo eco del resultado.

«La forma degenerada del impulso sexual se caracteriza por una especie de impotencia para el amor matrimonial», afirmaba el doctor López Ibor en su Libro de la vida sexual, publicado aquel año con gran escándalo. Quizá lo provocó que liberara a adolescentes —y no tan adolescentes— de los males de la masturbación y describiera con cierta normalidad usos y costumbres sexuales hasta entonces inimaginables en la España que iba del Imperio hacia Dios.

La masturbación ya no era pecado mortal y algunos curas se habían atrevido a despenalizar canónicamente el «magreo». Incluso empezaban a aparecer anuncios de compresas en la prensa, toda una revolución para la higiene de las mujeres, que seguían hirviendo paños, trapos o toallitas.

La píldora anticonceptiva, aprobada en Estados Unidos en 1960, llegaba a Europa y liberaba a las mujeres del embarazo en las relaciones sexuales. El proceso hacia la igualdad sexual había comenzado, aunque tímidamente. De momento, nadie hablaba de los efectos secundarios de su uso.

Los españoles esperaban con impaciencia noticias de quienes visitaban Europa. Si podían, estos traían en la maleta películas X, con actores y actrices ligeros de ropa y escenas de tocamientos preocupantes.

En 1968, la Asociación Cinematográfica de América introdujo las clasificaciones por edad: G, para todas las edades; M, clasificación para público adulto; R, que restringía la admisión de menores de 16 años, y —suenen los tambores— X, para películas destinadas a adultos.

Las copias se contrabandeaban entre chorizos y latas de conserva, bajo los asientos de los coches, en la ropa interior o en dobles fondos preparados para esquivar la mirada de los guardias fronterizos.

En España, aunque muchas grandes producciones norteamericanas se rodaban en el país, la censura seguía vigente y aún faltaban unos años para el destape de la década de 1970.

Un cambio en las conciencias

Mientras, a falta de sexo, las Olimpiadas de México —país de estirpe hispana— tampoco trajeron medallas, salvo las de Orantes y Santana en tenis. Quizá habría que haber llevado al Atleta Cósmico, un discóbolo lisérgico presentado por el artista Salvador Dalí para la ocasión.

Al menos, Pedro Carrasco y Manuel Calvo (padre de Manuel Calvo, hijo) continuaban su meteórica carrera en los cuadriláteros.

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1968 cambió muchas conciencias. Fue el comienzo de la ruptura con un sistema viejo y anquilosado que parecía inamovible, pero cuyos cimientos temblaron. En España, el régimen reprimió brutalmente los tímidos intentos de cambio y endureció aún más su política interior: Franco se había cerciorado de que, si dabas la mano, te tomaban el brazo. Así que ni brazo ni mano.

Sin embargo, el endurecimiento de la represión trabajó en contra del régimen: ya nadie se creía la hagiografía del NO-DO. La libertad era solo cuestión de tiempo, porque Mayo había florecido.

La libertad era solo cuestión de tiempo, porque Mayo había florecido.

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