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Thursday, October 8, 2026

Por qué Gran Bretaña temía que la Alemania nazi invadiera Irlanda durante la Segunda Guerra Mundial

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Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el sentimiento anglófobo y la inclinación de parte de la élite política del joven Estado irlandés hacia la Alemania nazi hicieron temer a Gran Bretaña que su vecino se alineara con el Eje. Irlanda era, además, un enclave estratégico codiciado por ambos bandos.

Mientras las fuerzas alemanas estrechaban el cerco sobre la irreductible Gran Bretaña, en Londres crecía el temor a que el enemigo ocupara la vecina Irlanda antes de lanzar un ataque definitivo a través del canal de la Mancha.

La neutralidad irlandesa, bajo sospecha

Al comienzo de la guerra, Gran Bretaña sospechaba que el Estado Libre Irlandés podía abandonar su neutralidad y apoyar a la Alemania nazi. Una parte de la élite política del joven Estado había tomado partido discretamente por el Tercer Reich, y el sentimiento anglófobo había calado en un amplio sector de la población. Los británicos temían que su vecino se preparase para alinearse con el Eje.

En 1937, Irlanda se había separado unilateralmente de la British Commonwealth, constituida a principios de la década. El gesto pretendía simbolizar la ruptura de vínculos con lo que muchos irlandeses consideraban una potencia colonial.

En previsión de lo que pudiera ocurrir, el primer ministro Neville Chamberlain ofreció a las autoridades irlandesas, el 28 de junio de 1940, reconocer una Irlanda unida a cambio de que se adhirieran sin reservas a la causa aliada. La propuesta fue recibida con recelo: podía implicar el acantonamiento de tropas británicas en suelo irlandés y existía el temor de que permanecieran allí como ejército de ocupación una vez terminada la guerra.

La negativa confirmó lo acordado el 2 de septiembre de 1939, un día después del estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando una mayoría unánime de los miembros de la Dáil Éireann, la Cámara Baja irlandesa, declaró la neutralidad del país. Mientras tanto, muchos republicanos radicales seguían considerando que el enemigo de mi enemigo era mi amigo: en este caso, Alemania.

Cuando Winston Churchill ocupó el número 10 de Downing Street, criticó la postura irlandesa. La consideraba una afrenta y una equidistancia injustificable en un momento en que, a su juicio, había que tomar partido por los aliados o por el Eje.

Pese a las presiones británicas, Éamon de Valera, jefe de Gobierno del Estado Libre Irlandés, defendió siempre la neutralidad. También lo hizo al declarar The Emergency («La Emergencia»), un estado de emergencia que otorgaba poderes excepcionales al Gobierno y limitaba el ejercicio de derechos fundamentales. Con estas medidas se pretendía salvaguardar la neutralidad irlandesa.

Un enclave de importancia estratégica

Más allá de las declaraciones formales y de la retórica con que se buscaba contener a los nacionalistas irlandeses más extremistas, ambas naciones mantenían contactos al más alto nivel para neutralizar la amenaza alemana.

El Tratado anglo-irlandés, firmado en Londres el 6 de diciembre de 1921, permitió a los británicos conservar sus derechos sobre los puertos de la costa atlántica del Estado Libre Irlandés. Londres valoraba su importancia estratégica ante la llegada prevista de suministros procedentes de Estados Unidos, vitales para sostener el esfuerzo de guerra.

En ese contexto empezó a considerarse seriamente la posibilidad de invadir territorio irlandés para garantizar el acceso a los puertos. Desde el verano de 1940, la inteligencia británica había interceptado mensajes que apuntaban a una posible intervención alemana en la isla. Ante esa amenaza, Londres se planteó adelantarse a las intenciones del enemigo.

Sin descartar medidas excepcionales, los británicos optaron por conversar con los líderes irlandeses y los responsables de su servicio de inteligencia, con el objetivo de acercar posturas y coordinar esfuerzos. Los contactos se mantuvieron en secreto por razones políticas y estratégicas.

Los representantes del Fianna Fáil, partido fundado por De Valera, se mostraron hostiles a un posible acercamiento a Gran Bretaña. En cambio, los líderes del Fine Gael, partido de oposición de tendencia democristiana, optaron por la moderación y se mostraron receptivos.

Los británicos tantearon primero a Richard Mulcahy, líder del Fine Gael y general curtido en la Guerra de la Independencia irlandesa y en el posterior conflicto civil. Querían explorar la posibilidad de establecer un mando militar conjunto anglo-irlandés y confiaban en que un acuerdo con Mulcahy obligaría a De Valera a sumarse.

Irlanda en la Segunda Guerra Mundial — imagen 1

La iniciativa salió mejor de lo esperado: el jefe de Gobierno del Estado Libre Irlandés accedió, aunque expresó ciertas reservas para acallar las críticas de otros líderes de su partido. El 24 de mayo de 1940, Joseph Walshe, secretario del Departamento de Relaciones Exteriores, y el coronel Liam Archer, director del G2, el servicio de inteligencia del Estado Libre, se reunieron en Londres con oficiales militares británicos y responsables de los servicios de espionaje para perfilar una estrategia conjunta.

Walshe era considerado germanófilo, pero su presencia quedó compensada por la de Archer, que desde principios de la década de 1930 mantenía estrechos contactos con sus homólogos británicos.

Irlanda en la Segunda Guerra Mundial — imagen 2

Después de esta primera toma de contacto, hubo otros encuentros en Belfast y Dublín entre los mandos militares de ambos países. Durante las conversaciones, el general Daniel McKenna, jefe de Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa del Estado Libre, dejó claro que De Valera nunca aceptaría la presencia de fuerzas británicas en suelo irlandés para prevenir un posible ataque alemán.

Sin embargo, McKenna sí se mostró dispuesto a facilitar a Londres cualquier ayuda o información útil para desbaratar los planes enemigos. También colaboró Frank Aitken, ministro de Coordinación de Medidas Defensivas, encargado de supervisar los preparativos bélicos irlandeses.

Aitken defendía con firmeza la neutralidad. Por eso, junto con el general McKenna, abogó por reforzar las fuerzas armadas irlandesas para que pudieran defender por sí mismas las fronteras del país.

Irlanda en la Segunda Guerra Mundial — imagen 3

Tras arduas reuniones, ambas partes acordaron llamar «Plan W» a una posible intervención británica, que solo tendría lugar si Irlanda pedía ayuda después de sufrir un ataque alemán. En ese caso, John Maffey, representante británico en Dublín, debía ponerse en contacto con el general Sir Hubert Huddleston, al mando del distrito de Irlanda del Norte, cuyo cuartel general estaba en Belfast.

Huddleston avanzaría hacia el sur al frente de sus tropas para repeler la invasión alemana. La contraseña que Maffey debía darle para que se pusiera en marcha era «calabazas».

La contraseña que Maffey debía darle para que se pusiera en marcha era «calabazas».

El Plan Kathleen y los contactos con el IRA

Mientras se sucedían estos acontecimientos, los alemanes llevaban tiempo valorando la posibilidad de contar con el IRA (Irish Republican Army, «Ejército Republicano Irlandés») para sus planes de invasión de Gran Bretaña. En sus informes estratégicos consideraban Irlanda del Norte la provincia más vulnerable de su enemigo, capaz de convertirse en una base avanzada para futuros ataques aéreos y para preparar una fuerza anfibia que desembarcara en suelo británico.

El Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán dirigido por el almirante Canaris, se interesó por un plan concebido en abril de 1940 por Liam Gaynor, militante del IRA y antiguo funcionario en el Ulster. Gaynor proponía desembarcar a 50 000 soldados alemanes en Derry, al noroeste, o en Carlingford Lough, en la costa este, en coordinación con un alzamiento de milicianos del IRA a ambos lados de la frontera entre las dos Irlandas.

Stephen Hayes, jefe interino de la organización paramilitar en ausencia de Sean Russell, aprobó el plan y envió el documento a Alemania. Russell se encontraba entonces en Estados Unidos, donde buscaba apoyos para una campaña de sabotaje contra intereses británicos. El mensajero fue Stephen Carroll Held, un hombre de negocios establecido en Dublín y de ascendencia alemana por parte paterna.

Carroll llegó a Berlín el 20 de abril y se reunió con Kurt Haller, oficial del Abwehr, a quien entregó una copia del plan, bautizado como «Kathleen». También transmitió el deseo de Hayes de contactar con un agente alemán que pudiera ser enviado a Irlanda como oficial de enlace. Tras un breve análisis, el Abwehr dio su consentimiento. Carroll regresó por una ruta secreta a través de Bélgica, satisfecho de haber cumplido su misión.

Para los alemanes, la operación no suponía un riesgo excesivo, ya que todo su peso recaería en las fuerzas del IRA. A cambio, el resultado podía ser muy favorable para sus intereses estratégicos. Sin embargo, ambas partes interpretaban de forma distinta cómo debía llevarse a cabo.

Los irlandeses confiaban en el apoyo decisivo de las tropas alemanas. En Berlín, en cambio, no se contemplaba que el IRA ocupara el Ulster por la fuerza ni que lo hiciera el ejército expedicionario alemán. Los alemanes pensaban que unos desembarcos limitados obligarían a los británicos a tomar medidas que vulnerarían la neutralidad del Estado Libre Irlandés. Eso provocaría, según sus cálculos, un levantamiento generalizado y una lucha por el control del Ulster.

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Pese a las discrepancias, el Abwehr decidió seguir adelante y comprobar las posibilidades del plan sobre el terreno. El elegido fue Hermann Görtz, un avezado espía con amplia experiencia en suelo inglés. Doctor en Derecho Internacional, Görtz había visitado Irlanda en la década de 1920 y entrado en contacto con células vinculadas al nacionalismo irlandés más radical.

Durante aquella visita conoció a fondo la situación política del país y simpatizó con la causa del Estado Libre. Encontraba similitudes entre las humillaciones que, a su juicio, imponía el Tratado anglo-irlandés y las que se habían impuesto a los alemanes al término de la Primera Guerra Mundial.

Años más tarde, Görtz fue detenido en Gran Bretaña acusado de infringir la Ley de Secretos Oficiales. En realidad, fue juzgado por espionaje después de que su casera encontrara planos e información sensible sobre la base aérea de la RAF en Manston.

Durante el juicio no se pudo demostrar que trabajara para una potencia extranjera. Todo apunta a que actuó por su cuenta para impresionar a los responsables del Abwehr y conseguir un puesto en el servicio de inteligencia. Fue condenado a cuatro años de prisión y, en febrero de 1939, quedó en libertad y fue deportado a Alemania. Allí, su currículo le permitió cumplir su deseo de ser reclutado por el Abwehr.

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El 5 de mayo de 1940, Görtz fue lanzado en paracaídas sobre Irlanda. Allí contó con la ayuda de Stephen Carroll para ponerse en contacto con el IRA. Dos semanas después se reunió con Hayes en casa de su contacto para perfilar el plan.

Las diferencias de criterio no tardaron en aflorar. Görtz se sintió decepcionado y consideró que Hayes era un incompetente al frente de una organización mal estructurada y peor equipada. Hayes y Gaynor tampoco habían evaluado las dificultades que la operación presentaba desde la perspectiva alemana.

El plan exigía enviar miles de hombres y toneladas de material bélico a través de aguas controladas eficazmente por la Royal Navy.

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Es posible que estos desencuentros estuvieran detrás del registro que la Garda, la policía irlandesa, llevó a cabo en el domicilio de Carroll. Los agentes encontraron el paracaídas de Görtz y documentación comprometedora relacionada con el Plan Kathleen.

El agente alemán logró huir y permaneció escondido en casas de militantes del IRA hasta que fue detenido en noviembre de 1941. Antes de su captura, sus jefes en Berlín ya habían suspendido la operación. Internado en prisión, Görtz fue liberado al final de la guerra, pero en 1947 volvió a ser detenido para ser deportado.

Ante el temor de ser entregado a los soviéticos, el espía alemán ingirió una cápsula de cianuro que le provocó la muerte.

Ante el temor de ser entregado a los soviéticos, el espía alemán ingirió una cápsula de cianuro que le provocó la muerte.

Operación Verde: los planes alemanes para invadir Irlanda

Pese a estos reveses, los dirigentes del IRA seguían viendo a los alemanes como posibles aliados para lograr una Irlanda unida y librarse de la tutela británica. Sin embargo, nadie tenía claro hasta dónde estaba dispuesto a llegar cada bando.

Berlín analizaba la cuestión irlandesa desde una perspectiva estratégica más amplia. Si decidía enviar tropas a la isla, estas podrían servir de cabeza de puente para doblegar la resistencia en territorio enemigo. Además, su presencia retendría en el Ulster a las tropas británicas, que no podrían ser enviadas a otros escenarios bélicos.

En Londres, la cuestión irlandesa seguía causando preocupación. Los británicos estaban convencidos de que los irlandeses solicitarían ayuda si eran invadidos, pero también sabían que la presencia de soldados británicos en los campos y ciudades del Estado Libre sería ampliamente rechazada.

En medio de estas dudas, los alemanes empezaron a elaborar un plan para intervenir en Irlanda: la Operación Verde. Según algunas fuentes, el mariscal de campo Fedor von Bock presentó sus líneas generales en agosto de 1940, apenas unas semanas después de que se propusiera la Operación León Marino, la invasión prevista de Gran Bretaña.

Durante mucho tiempo, los historiadores han considerado que la Operación Verde no fue más que una maniobra para distraer a los británicos del verdadero objetivo alemán: desembarcar en las costas inglesas.

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Al margen de la controversia sobre la veracidad del plan, el general Leonhard Kaupisch, futuro comandante militar de la Dinamarca ocupada, recibió la orden de ponerlo en marcha. Los preparativos se aceleraron y un grupo multidisciplinar de expertos militares y analistas de inteligencia estudió en detalle la proyectada invasión.

Los especialistas reunieron datos de diarios, revistas, guías de viaje y postales. Al mismo tiempo, aviones alemanes de reconocimiento sobrevolaron sistemáticamente la isla para fotografiar puertos, playas y aeródromos.

El cuerpo expedicionario previsto estaba formado por 50 000 soldados, la misma cifra que Gaynor había considerado necesaria para invadir Irlanda. Las tropas partirían de los puertos franceses de Lorient, Saint-Nazaire y Nantes y desembarcarían en la franja costera comprendida entre Durgavan, en el sur de la isla, y la cercana ciudad de Waterford.

Las unidades de zapadores y artillería irían en vanguardia. Detrás avanzaría un ejército motorizado que se abriría paso hacia el interior y eliminaría los núcleos de resistencia de las fuerzas del Estado Libre que se atrevieran a hacerles frente.

Una vez ocupado todo el territorio, las autoridades militares alemanas impondrían el toque de queda y la ley marcial. Las dificultades de abastecimiento, derivadas del carácter insular del objetivo y de la presencia de buques de la Royal Navy en sus costas, obligarían a las tropas a incautar los recursos disponibles, desde combustible hasta ganado, para sobrevivir hasta la llegada de suministros y refuerzos.

Para que todo saliera según lo previsto, la Operación Verde y la Operación León Marino debían coordinarse con precisión: la primera empezaría inmediatamente después que la segunda.

Este planteamiento ha llevado a algunos estudiosos de la Segunda Guerra Mundial a preguntarse si el plan de invasión de Irlanda era en realidad ficticio y buscaba desviar la atención de los servicios secretos británicos de las verdaderas intenciones alemanas.

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En cualquier caso, la Operación Verde planteaba obstáculos difíciles de superar. Desde el principio, la Marina alemana fue la más crítica con el desarrollo previsto. En sus informes advirtió de que las nubes bajas persistentes y el tiempo húmedo de Irlanda dificultarían el apoyo aéreo a los buques de superficie que debían transportar a decenas de miles de soldados hasta las playas y respaldarlos después del desembarco.

Alemania disponía de pocos recursos navales, sobre todo teniendo en cuenta las necesidades de la Operación León Marino. Además, carecía de los barcos necesarios para escoltar a los transportes de tropas, que tendrían que navegar en mar abierto frente a las costas inglesas de Cornualles.

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También era necesario garantizar la llegada continua de suministros y mantener las comunicaciones. De lo contrario, las tropas desembarcadas podían quedar abandonadas a su suerte frente a las fuerzas británicas enviadas para repeler el ataque.

Ante estos desafíos, el almirante Raeder, comandante en jefe de la Kriegsmarine y una de las pocas personas que se atrevió a cuestionar las decisiones militares de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, exigió revisar la Operación Verde antes de seguir adelante.

Finalmente, los continuos aplazamientos de la Operación León Marino y su cancelación definitiva en 1941 dejaron los planes de la Operación Verde guardados en un cajón. Ese mismo año comenzó la invasión alemana de la Unión Soviética.

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