Anorexia y bulimia aumentan un 71%: la contradicción de una sociedad obsesionada con adelgazar

Hace algunas semanas, distintos medios de comunicación informaron sobre un estudio publicado en la revista JAMA Psychiatry que reveló un aumento del 71% en el número de personas con anorexia y bulimia nerviosa a nivel mundial entre 1990 y 2023. Según las estimaciones, más de 18 millones de personas vivían con alguno de estos diagnósticos en 2023, una cifra que podría llegar a los 21,8 millones para 2050.
Las cifras son alarmantes, pero hay algo que veo con preocupación: ¿cómo es posible que nos escandalicemos ante el aumento de los trastornos alimentarios mientras seguimos celebrando y promoviendo muchas de las conductas que pueden estar detrás de ellos?
Todavía hay quienes niegan la magnitud del problema, pero estamos frente a un asunto de salud pública que exige mucha más atención, especialmente de quienes trabajamos en el ámbito de la salud. No basta con hablar de prevención si al mismo tiempo seguimos transmitiendo mensajes que refuerzan una relación dañina con la comida y nuestros cuerpos.
En redes sociales abundan recomendaciones sobre cómo reducir el apetito, evitar determinados alimentos, hacer ejercicio con fines estéticos o compensar lo que comimos durante el fin de semana. Y todavía es común escuchar las felicitaciones que recibe alguien cuando baja de peso, cuando no sabemos qué hay detrás de esa pérdida; si fue voluntaria, si responde a un problema de salud o si está asociada a conductas alimentarias de riesgo.
Desde mi experiencia clínica, una de las cosas que más me preocupa es precisamente esa normalización. Muchas conductas que reconocemos como señales de alerta de un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) no solo reciben aprobación social, sino que incluso son promovidas en atenciones de salud con enfoque pesocentrista. Saltarse comidas, ignorar las señales de hambre o hacer ejercicio para compensar lo que se comió pueden interpretarse como muestras de disciplina y fuerza de voluntad. Sobre todo, cuando quien las realiza tiene un cuerpo que, según los estándares sociales, debería adelgazar.
Los trastornos alimentarios son enfermedades multifactoriales. En su desarrollo intervienen factores biológicos, psicológicos y socioculturales, por lo que no sería correcto atribuirlos exclusivamente a los ideales de belleza. Pero tampoco podemos desconocer cuánto influyen esos ideales en la forma en que nos relacionamos con la alimentación y con nuestro cuerpo.
El mismo estudio muestra que las mujeres representan aproximadamente el 69% de los casos. Es difícil separar este dato de las exigencias estéticas que históricamente han recaído sobre nuestros cuerpos. Desde pequeñas aprendemos que debemos vigilar nuestro peso, que los cuerpos más robustos deben ser corregidos y que adelgazar suele ser motivo de reconocimiento.
Pero los TCA no son un problema exclusivo de las mujeres. Cerca del 31% de los casos corresponde a hombres, quienes tienden a consultar menos por problemas de salud mental. Otro dato que vale la pena mirar con atención es que aproximadamente el 41% de las personas afectadas tiene entre 10 y 24 años. La anorexia alcanza su mayor prevalencia entre los 15 y 19 años, mientras que la bulimia lo hace entre los 30 y 34. Esto también nos obliga a cuestionar la idea de que estamos hablando de enfermedades que afectan exclusivamente a adolescentes.
Otro prejuicio que sigue dificultando la detección de los trastornos alimentarios es la creencia de que solo afectan a personas delgadas. Los TCA pueden presentarse en personas de cualquier tamaño corporal. Sin embargo, quienes tienen un IMC clasificado como “sobrepeso” u “obesidad” suelen pasar inadvertidos, ya que sus cuerpos no coinciden con la imagen que históricamente se ha asociado a estos trastornos.
Los medios de comunicación también contribuyen a perpetuar este estereotipo cuando ilustran noticias sobre anorexia y bulimia con fotografías de mujeres delgadas midiéndose la cintura o mirándose al espejo. Como si bastara con observar el cuerpo de alguien para saber si tiene un trastorno alimentario, como si estas enfermedades fueran visibles a simple vista.
Pero hay una pregunta que no podemos seguir dejando fuera de esta conversación: ¿qué responsabilidad tiene el propio sistema de salud en la prevención de los TCA? En Chile todavía existen programas de prevención y tratamiento de la “obesidad” que promueven la pérdida de peso mediante restricciones alimentarias y el aumento de la actividad física. Estas recomendaciones pueden resultar perjudiciales cuando se realizan sin evaluar previamente la relación de las personas con la comida, su imagen corporal o sus antecedentes de conductas alimentarias de riesgo, especialmente considerando que algunas de estas prácticas también pueden ser manifestaciones de un trastorno de la conducta alimentaria.
Si realmente queremos avanzar en prevención, tenemos que empezar por revisar nuestras propias prácticas profesionales y los mensajes que transmitimos sobre alimentación y salud. Necesitamos mejorar la detección temprana y garantizar el acceso a tratamientos especializados. También hacen falta políticas públicas que aborden estas enfermedades de manera integral, sin reproducir el estigma de peso ni reducir la salud al tamaño corporal.
Y mientras hablamos de todo esto, seguimos dando tribuna a coaches de alimentación que ejercen sin formación profesional en salud y a profesionales que indican indiscriminadamente medicamentos para adelgazar, sin evaluar adecuadamente los riesgos. Pareciera que el éxito de una atención todavía se mide por los kilos que pierde un paciente, como si el fin justificara los medios, incluso cuando lo que está en juego es la salud y la vida de las personas.
Las cifras de esta investigación deberían hacernos reflexionar, pero no solo por lo que revelan sobre el aumento de la anorexia y la bulimia nerviosa. También por lo que dicen de la sociedad en la que vivimos y de las responsabilidades que tenemos frente a estas enfermedades.
Mientras sigamos asociando la delgadez con la salud y valorando a las personas por su capacidad de controlar lo que comen, difícilmente podremos avanzar en la prevención de trastornos que comprometen gravemente la salud física y mental, y que afectan también a niños, niñas y adolescentes desde edades tempranas.
Mientras aumentan los TCA, seguimos celebrando y normalizando conductas que pueden esconderlos, reforzarlos y perpetuarlos, sin cuestionarnos las consecuencias que tienen para quienes las practican.
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