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Tuesday, September 15, 2026

Teruel cambia el mapa de la paleontología mundial: descubren en España el primer diplodocus fuera de Norteamérica

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Unas vértebras de 150 millones de años encontradas en Teruel (España) han revelado el primer Diplodocus confirmado fuera de Norteamérica y ofrecen nuevas pistas sobre cómo los dinosaurios pudieron desplazarse entre continentes.

Recreación artística de un Diplodocus
Recreación artística de un Diplodocus. Ilustración de Carmelo López

Christian Pérez

Publicado por Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

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Durante casi siglo y medio, Diplodocus parecía tener una dirección muy concreta en el mapa del mundo jurásico. Desde que este célebre dinosaurio fue descrito en 1878, todos los restos confirmados del género procedían de Norteamérica y, concretamente, de la Formación Morrison, una extraordinaria ventana geológica al Jurásico Superior del oeste de Estados Unidos. Ahora, un conjunto de huesos encontrado a miles de kilómetros ha obligado a ampliar ese mapa. Y ha sido encontrado en España.

El protagonista procede de La Tejería, un yacimiento situado en El Castellar, en la provincia de Teruel. Allí, paleontólogos de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis recuperaron 14 vértebras de la cola excepcionalmente conservadas y varios huesos conocidos como arcos hemales o cheurones. El estudio anatómico y evolutivo de esos fósiles ha conducido a una identificación que hasta hace poco habría resultado extraordinaria: pertenecen a un diplodocus.

El animal vivió hace aproximadamente 150 millones de años y habría alcanzado unos 25 metros de longitud, unas dimensiones comparables a las de los grandes ejemplares norteamericanos. Pero el tamaño no es lo verdaderamente excepcional. Su importancia reside en el lugar donde murió. Es la primera evidencia confirmada del género Diplodocus fuera de Norteamérica.

La investigación, encabezada por Sergio Sánchez Fenollosa y publicada en Journal of Vertebrate Paleontology, plantea así una cuestión mucho mayor que la identificación de un dinosaurio: si el mismo género habitaba territorios situados a ambos lados del proto-Atlántico, ¿hasta qué punto estuvieron conectados aquellos ecosistemas?

Una cola de 150 millones de años guardaba las pistas

No hizo falta encontrar un esqueleto completo para reconocer al gigantesco saurópodo. Buena parte de las pruebas se encontraba precisamente en la anatomía de las vértebras caudales. Los investigadores estudiaron características muy específicas, desde grandes cavidades neumáticas en los huesos hasta profundos surcos longitudinales en su parte inferior.

También resultaron importantes la forma alargada de los centros vertebrales y las características de los cheurones, estructuras óseas situadas bajo las vértebras de la cola. La combinación de estos rasgos comenzó a estrechar el círculo hasta situar al ejemplar dentro de Diplodocus.

El equipo no se limitó a una comparación visual con fósiles conocidos. Los restos fueron incorporados a diferentes análisis filogenéticos, herramientas utilizadas para reconstruir las relaciones evolutivas entre organismos a partir de sus características. Tanto los análisis basados en máxima parsimonia como los realizados mediante inferencia bayesiana apuntaron hacia la misma posición.

El resultado sitúa al dinosaurio turolense dentro del género y próximo a Diplodocus hallorum. La coincidencia entre anatomía y análisis evolutivos es especialmente relevante porque convierte unos huesos de la cola en una prueba capaz de modificar la distribución geográfica conocida de uno de los dinosaurios más famosos.

Detalle de las vértebras caudales halladas y posición que ocupaban en la cola del Diplodocus
Detalle de las vértebras caudales halladas y posición que ocupaban en la cola del Diplodocus. Foto: Journal of Vertebrate Paleontology (2026)

El mapa de la paleontología europea suma un capítulo inédito: el hallazgo en Teruel amplía la huella del diplodocus más allá del continente americano.

El Atlántico que conocemos todavía no existía

Hace 150 millones de años, observar un mapamundi habría producido una considerable sensación de extrañeza. Pangea llevaba millones de años fragmentándose y el Atlántico se encontraba en sus primeras etapas de formación. Norteamérica y Europa no ocupaban sus posiciones actuales ni estaban separadas por el inmenso océano que hoy conocemos.

En ese escenario, la presencia de Diplodocus en la península ibérica adquiere otra dimensión. Los autores consideran que constituye una evidencia importante de episodios de dispersión y de intercambio de fauna entre Norteamérica y Europa durante el Jurásico Superior.

Una posible explicación se encuentra en las fluctuaciones del proto-Atlántico. Durante fases regresivas del nivel del mar pudieron aparecer conexiones terrestres temporales, cadenas de islas o territorios emergidos capaces de facilitar el desplazamiento de animales entre regiones que posteriormente quedarían mucho más aisladas.

No significa que un Diplodocus atravesara un océano semejante al Atlántico moderno. El paisaje era radicalmente diferente. Lo importante es que el fósil español refuerza la posibilidad de que existieran corredores intermitentes por los que las poblaciones de dinosaurios pudieron expandirse. Los continentes se estaban separando, pero las barreras entre sus faunas quizá todavía no eran definitivas.

Teruel era territorio de gigantes muy diferentes

El descubrimiento también transforma la imagen del Jurásico "español". El Diplodocus de El Castellar compartía una región en la que conocemos otros saurópodos gigantes, aunque anatómicamente muy distintos, como Turiasaurus y Losillasaurus.

Esta convivencia resulta particularmente interesante. Teruel no albergaba simplemente grandes herbívoros de cuello largo intercambiables entre sí, sino diferentes linajes de saurópodos que formaban parte de ecosistemas mucho más diversos de lo que podría sugerir la imagen popular de estos animales.

Los yacimientos de la zona han proporcionado además fósiles de terópodos, estegosaurios y ornitópodos. El paisaje del este de Iberia durante el Jurásico Superior debió de estar ocupado por comunidades complejas en ambientes próximos a antiguas zonas costeras.

El nuevo ejemplar añade ahora un componente inesperado a ese mosaico: un género considerado hasta este momento exclusivamente norteamericano. Teruel se convierte así en un lugar particularmente valioso para estudiar no solo qué dinosaurios vivían en Europa, sino también cómo se distribuían las faunas cuando el Atlántico apenas comenzaba a abrirse.

Los estudios sobre su anatomía sugieren que Diplodocus podía apoyarse sobre las patas traseras y elevar su enorme cuello para alcanzar la vegetación situada a mayor altura
Los estudios sobre su anatomía sugieren que Diplodocus podía apoyarse sobre las patas traseras y elevar su enorme cuello para alcanzar la vegetación situada a mayor altura. Foto: Wikimedia

Este primer ejemplar registrado en la península ibérica reescribe las rutas de dispersión de los grandes saurópodos durante el Jurásico.

De icono estadounidense a viajero intercontinental

Pocos dinosaurios son tan reconocibles como Diplodocus. Su diminuta cabeza en comparación con el cuerpo, su cuello extraordinariamente largo y, sobre todo, su enorme cola en forma de látigo lo convirtieron en uno de los grandes símbolos de la paleontología desde finales del siglo XIX.

Durante décadas, además, las reproducciones de sus esqueletos llegaron a museos de diferentes países y ayudaron a construir la imagen pública de los grandes dinosaurios saurópodos. Existe, por tanto, una curiosa paradoja: Diplodocus llevaba más de un siglo recorriendo museos de todo el planeta mientras sus fósiles auténticos seguían restringidos a Estados Unidos.

Los huesos de El Castellar rompen finalmente esa frontera paleontológica. Y lo hacen de una forma que trasciende al propio dinosaurio. El descubrimiento aporta una pieza nueva para reconstruir cómo la fragmentación continental condicionó la evolución y dispersión de los grandes vertebrados terrestres.

Los restos se conservan actualmente en el Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel, donde también pueden contemplarse. Son apenas unas vértebras y varios huesos de una cola gigantesca, pero cuentan una historia que atraviesa continentes: cuando Europa y Norteamérica comenzaban a separarse, sus dinosaurios todavía podían estar mucho más cerca de lo que imaginábamos.

Referencias

  • Intercontinental evidence of the iconic genus Diplodocus Marsh, 1878 (Dinosauria, Sauropoda), Journal of Vertebrate Paleontology (2026). DOI: 10.1080/02724634.2026.2718423
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