Ulises y los límites del poder en la era del TikTok

Durante años nos preguntamos cómo limitar el poder. Quizás dentro de poco nos encontremos contestando por qué quisimos hacerlo en un primer momento.
Ulises pide a gritos que la tripulación le saque las sogas. Una, dos, tres veces. No hay caso. El canto que escucha a lo lejos lo enloquece, pero finalmente el barco sigue su rumbo. Las sirenas van a tener que esperar a otro.
Para los marineros, el momento debe haber sido de máxima tensión. Al final, el capitán es el que manda, y estaba ordenando que lo desataran. Pero también había sido el propio Ulises el que había dado a toda su gente la orden de que no lo desataran por nada en el mundo.
Nuestras democracias constitucionales son el mástil. O las sogas. O la decisión consciente de atar al capitán. Quizás son un poco las tres. Pero hay una diferencia importante con la La Odisea: el Ulises atado al mástil ya no es el Ulises que pidió que lo ataran. Y otra: nosotros tampoco somos la tripulación que lo ató. Sabemos que en algún momento eso pasó, sí, pero empieza a asomar la pregunta… ¿por qué?
Ni la imagen ni la analogía son nuevas. Pero, así como el tiempo pasa y las versiones cinematográficas de Troya y La Odisea se renuevan -Sean Bean ahora es Matt Damon, y todo eso-, quizás también es un buen momento para renovar algunas de las preguntas. Porque los capitanes y las tripulaciones -o las sociedades- también cambian con el tiempo.
El avance tecnológico de los últimos años acortó distancias y eliminó todo tipo de barreras. Pero también nos desacostumbró a cualquier tipo de tiempo de espera. ¿Quién no empieza a cargar de nuevo la página cuando no responde después de tres o cuatro segundos? No hace falta pensar en el mundo hace veinte años. Hace cuatro o cinco, nadie hubiera imaginado que una inteligencia artificial iba a poder resumir un informe de cien páginas en dos minutos, ni existía una generación de personas acostumbrada a saltar de un video a otro en un lapso de 6 segundos, sin terminar de ver ninguno.
En la era de TikTok, no hay tiempo para las fricciones, ni los procesos. Y aunque es evidente que el uso de la tecnología no genera una u otra preferencia partidaria, sí tiñe el entorno cultural dentro del cual ciertas promesas políticas se vuelven un poco más naturales. No hay ninguna novedad en que los líderes políticos tiendan a querer redibujar los límites. Pero puede haber una en el telón de fondo: quizás estamos perdiendo la intuición que hacía que esos límites parecieran razonables.
No me queda del todo claro que, dentro de unos años, nuestra sociedad occidental del siglo XXI vaya a seguir estando dispuesta a pagar los costos de transacción que implica que un juez pueda cautelar una medida del presidente, o que una cámara legislativa pueda demorar un proyecto que ya pasó por la otra, o que exista un límite que impide un mandato más. Todas esas herramientas, que desde la lógica constitucional son algo así como características del producto, desde el punto de vista de la eficacia instantánea pueden empezar a lucir cada vez más como fallas. El constitucionalismo se legitima en la medida en que podamos entender intuitivamente que, a veces, mayores limitaciones para la decisión en el corto plazo implica mejores resultados en el largo. La cultura digital en la que estamos inmersos, en cambio, lleva años orientándonos en sentido contrario.
“Quien salva a su país no viola ninguna Ley”, escribe Trump en X. El tuit es un éxito. Quizás los 132 mil retuits y más de 700 mil me gusta anticipan un debate del futuro cercano. Mientras algunos barcos no occidentales navegan cada vez más rápido, el escenario empieza a configurarse para que un Ulises contemporáneo pueda hacer su propuesta, extraordinariamente intuitiva, por cierto: “Esto sería más fácil si me quitasen algunas sogas”. Por supuesto, ningún Ulises pide que lo desaten para ser un tirano. En una sociedad desacostumbrada a la espera, puede alcanzar con menos: “Desátenme, que el otro Ulises exageraba”. Claro, hay soluciones que las democracias constitucionales tardan en brindar, y hay sirenas que cantan canciones excelentes. Si no fuera así, probablemente no habría Odisea.
En un libro que ya tiene casi cien años, Chesterton explicaba que cuando olvidamos por qué existe una restricción o una regla, empezamos a confundir nuestra ignorancia sobre su función con la evidencia de su inutilidad. ¿Estaremos empezando a transitar ese camino con los límites constitucionales? ¿Cómo se convence a una generación que crece en la era de TikTok de que algunas demoras, fricciones, o formas de impotencia del gobierno son deliberadas?
Ulises viene pidiendo que lo desaten desde hace más de dos siglos. Las sirenas son sirenas desde siempre. La pregunta con la que quizás nos toque enfrentarnos a nosotros es qué pasa cuando la tripulación se olvida de por qué existen las sogas.
Profesor de Derecho Constitucional y Estrategia Regulatoria de la Universidad Austral
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